El whisky quedó intacto sobre mesa.
Porque algo cambió.
El recuerdo ya no era un collage de luces, piel y lluvia. Ya no había sombras convenientes donde esconder los detalles.
Ahora la veía.
Con claridad.
El rostro de Clarissa emergió completo, nítido, como si estuviera sentada frente a él.
La forma exacta de sus ojos. No solo el color, sino la manera en que lo miraban: atenta, curiosa, sin pedir nada. La curva leve de su sonrisa, más irónica que coqueta. Ese gesto casi imperceptible cuando escuchaba con atención, como si el mundo pudiera callarse para dejar hablar a quien tenía delante.
Recordó su voz.
No el tono seductor que uno espera de una noche así, sino algo más bajo, más real. Una voz que no fingía. Que no prometía.
Y entonces lo entendió.
No había sido el vino. Ni la música. Ni siquiera el deseo inmediato.
Había sido ella.
Tal como era. Sin adornos. Sin estrategia.
Recordó el momento exacto en que lo miró antes de subir al auto. Ese segundo suspendido en el que no preguntó quién era él ni a dónde iba. Solo decidió.
Y esa decisión —simple, silenciosa— lo había marcado más de lo que quiso admitir.
Oliver pasó una mano por su rostro, exhalando lento.
Porque ahora, al unir ese recuerdo con la mujer que se sentó frente a él esa mañana… Todo encajaba con una precisión inquietante.
La misma firmeza contenida. La misma manera de sostener la mirada sin desafiar, pero sin ceder. La misma calma tensa de quien ha aprendido a no depender de nadie.
Clarissa Aragón no era una coincidencia.
Nunca lo había sido.
Se levantó y caminó hacia el ventanal. Las luces de la ciudad brillaban como puntos lejanos, indiferentes.
—Maldita sea… —murmuró, más para sí que para el silencio.
Porque el problema ya no era el pasado.
El problema era que, por primera vez, recordarla con tanta claridad lo obligaba a preguntarse qué había pasado después.
Y sobre todo…
Qué había pasado sin él.
Oliver apoyó las manos sobre la ventana y bajó la cabeza unos segundos.
Lo que más lo perturbaba no era recordarla.
Era preguntarse por qué no lo había hecho antes.
Porque esa noche existió. Lo sabía. No había sido un sueño ni una invención conveniente del presente.
Entonces… ¿por qué su mente la había archivado como algo irrelevante?
Buscó respuestas que no dolieran.
Tal vez porque en ese entonces no significó nada. Una noche sin consecuencias. Un acuerdo silencioso entre dos adultos que no pidieron explicaciones ni dejaron promesas.
Él había sido claro consigo mismo: no quería complicaciones. Venía de semanas tensas, decisiones familiares, una vida que se le cerraba como un traje demasiado ajustado.
Y sí.
Hubo alguien más.
No una historia de amor ardiente. Más bien una relación correcta, conveniente, ya encarrilada hacia un compromiso que todos esperaban. Una mujer adecuada para el apellido Ferlan. Una vida diseñada.
Aquella noche, Clarissa había sido solo un respiro. Un paréntesis. Un lugar donde no tuvo que ser nada más que un hombre cansado.
No la recordó después porque no debía hacerlo.
Porque recordarla implicaba admitir que había algo genuino en medio de todo ese desorden. Y eso… no encajaba con el rumbo que ya llevaba trazado.
Oliver cerró los ojos.
Tal vez por eso su rostro se había vuelto difuso con el tiempo. Porque su mente eligió borrar lo que no podía integrar.
Porque fue más fácil reducirla a una silueta que aceptar que, incluso entonces, ella había sido distinta.
—No significó nada… —murmuró, como si al decirlo pudiera convencerse.
Pero la frase no se sostuvo.
Porque si realmente no hubiera significado nada, no estaría ahora recordando el modo en que ella se fue sin mirar atrás. Ni la calma con la que aceptó que aquello no tendría mañana. Ni esa extraña sensación de haber sido elegido… solo por esa noche.
Oliver se incorporó lentamente.
El problema no era haberla olvidado.
El problema era que ahora ya no podía hacerlo otra vez.
Porque verla de nuevo había despertado una pregunta incómoda, una que nunca se había permitido formular:
¿Y si no la recordó… no porque no importara, sino porque importó demasiado en el momento equivocado?
Y esa posibilidad —silenciosa, insistente— empezó a pesarle más que cualquier decisión de negocios.
Oliver caminó por el apartamento sin rumbo fijo.
El reloj marcaba pasada la medianoche, pero el sueño no parecía una opción. La ciudad brillaba abajo, distante, indiferente a la tormenta que se le había instalado en el pecho.
Pensó en Clarissa.
Y, sin querer, pensó también en la otra mujer.
No recordó su rostro con precisión. Eso fue lo primero que lo incomodó.
Recordó rutinas. Agendas compartidas. Conversaciones prácticas. El futuro dicho en plural porque era lo correcto, no porque lo deseara con urgencia.
Habían estado encaminados. Comprometidos, incluso, aunque la palabra nunca pesó igual para él que para el resto.
Aquella noche con Clarissa no fue una traición pasional ni un arrebato romántico. Fue algo más simple. Más honesto.
Un escape.
Y tal vez por eso su mente la guardó lejos. Porque no podía permitirse comparar.
Porque reconocer lo fácil que había sido estar con Clarissa implicaba aceptar lo forzado que era todo lo demás.
Oliver se sirvió otro whisky, pero no bebió.
—¿Qué hiciste después? —se preguntó en voz baja—. ¿Dónde fuiste?
No sabía nada de ella. Ni apellido completo. Ni historia. Ni consecuencias visibles.
Para él, Clarissa había desaparecido tal como había llegado: sin exigir espacio, sin dejar huellas.
O eso creyó.
Apoyó una mano en el vidrio del ventanal. Su reflejo le devolvió una expresión que no le gustó: inquietud. Expectativa. Algo peligrosamente parecido al arrepentimiento.