Mio, Tuyo, Mi Secreto

Lo que no le correspondía sentir

Después del desayuno, Álvaro insistió en llevar a Noah a la guardería.

—Quiero presumir que ya no soy un visitante oficial —bromeó mientras ayudaba al niño a ponerse la mochila.

Clarissa aceptó.

El trayecto fue corto. Noah iba hablando sin parar desde el asiento trasero, explicándole a Álvaro quién era su mejor amigo, cuál maestra era la más estricta y por qué los viernes eran los mejores días.

Clarissa los escuchaba en silencio.

Por un momento, todo parecía… fácil.

Estacionaron frente a la guardería. Álvaro se bajó primero y abrió la puerta trasera para ayudar a Noah.

—¿Listo, campeón? —preguntó.

—¡Sí!

Noah tomó su mano sin dudar.

Ese gesto.

Natural. Espontáneo. Confiado.

Clarissa los observó mientras caminaban hacia la entrada.

Álvaro se agachó para despedirse del niño y luego lo dejó entrar con la maestra.

Después de despedir a Noah en la guardería, Álvaro volvió al auto con esa expresión tranquila que siempre llevaba cuando algo le importaba de verdad.

—Es buen niño —dijo mientras arrancaba.

—Lo es —respondió Clarissa, mirando por la ventana—. Y te adora —dijo sonriendo levemente.

—Eso espero.

Hubo un silencio cómodo mientras avanzaban por la avenida principal.

—¿A qué hora entras hoy? —preguntó él.

—A las ocho. Tengo reunión a media mañana.

Álvaro asintió.

Cuando llegaron al edificio corporativo, el contraste fue inmediato. Vidrios oscuros. Puertas automáticas. Movimiento constante de empleados entrando y saliendo.

Álvaro estacionó junto a la acera.

—Gracias —dijo Clarissa, recogiendo su bolso.

Él dudó un segundo.

—Si necesitas que pase por Noah hoy… puedo hacerlo.

Clarissa lo miró. No había insistencia. Solo disposición.

—Te aviso —respondió con una sonrisa sincera.

Álvaro salió para abrirle la puerta, un gesto antiguo, casi automático.

Y fue en ese momento cuando un vehículo negro se detuvo unos metros más atrás.

Oliver.

Había llegado temprano. Como siempre.

Bajó del auto con esa precisión habitual, pero algo en la escena frente a él lo obligó a detenerse.

Vio primero el gesto.

El hombre inclinándose ligeramente para escuchar algo que Clarissa decía. Ella riendo, apenas. Una cercanía natural. Sin tensión. Sin cuidado excesivo.

Luego vio el modo en que él le sostuvo la puerta.

No posesivo. No arrogante.

Familiar.

Oliver se quedó inmóvil unos segundos.

Clarissa no lo había visto aún.

Álvaro le acomodó un mechón de cabello que el viento había movido, con una naturalidad que hablaba de años.

Ese detalle.

Pequeño. Íntimo. Imperceptible para cualquiera.

Pero no para Oliver.

Clarissa giró entonces… y lo vio.

La sonrisa se le apagó un poco. No por culpa. Sino por sorpresa.

Oliver cerró la puerta de su auto con calma medida.

Su expresión era neutra. Demasiado neutra.

Álvaro notó la dirección de su mirada y siguió el gesto.

Oliver se acercó.

Cada paso calculado. Cada gesto bajo control.

Miro a Clarissa y luego miró a Álvaro.

—Buenos días, Clarissa —saludó, formal.

Luego miró a Álvaro.

—No sabía que tenía… compañía.

No era una pregunta. Era una evaluación.

Álvaro extendió la mano con naturalidad.

—Álvaro.

Oliver la estrechó.

—Oliver.

Ninguno sonrió.

El apretón fue correcto. Firme. Evaluador.

Silencio.

Clarissa sintió el cambio en el aire. No era hostilidad abierta. Era algo más contenido.

Oliver miró un segundo más de lo necesario la cercanía entre ellos.

—La reunión sigue en pie —dijo finalmente, dirigiéndose a ella—. No tarde.

Se dio la vuelta sin añadir nada más.

Pero esta vez no fue la frialdad lo que la inquietó.

Fue que desde que lo conocía, Oliver no parecía indiferente.

Y eso…

Eso era nuevo.

Álvaro observó cómo se alejaba.

—¿Es tu jefe? —preguntó.

—Sí.

—No parece muy simpático.

Clarissa exhaló despacio.

—No lo es.

✿ ✿

Oliver cerró la puerta de su oficina con más fuerza de la necesaria.

No fue un golpe. Pero tampoco fue casual.

Dejó el maletín sobre el escritorio, se quitó el saco y caminó hacia el ventanal. Desde allí podía ver la entrada del edificio, el flujo constante de empleados, autos que llegaban y se iban.

No los vio ya.

Pero la escena seguía ahí.

El gesto.

La mano de aquel hombre apartando el mechón de cabello del rostro de Clarissa con una naturalidad irritante.

No fue posesivo. No fue romántico en exceso.

Fue peor.

Fue cotidiano.

Oliver apoyó una mano en el vidrio.

No tenía derecho a reaccionar. No tenía historia con ella. No había promesas pendientes.

Solo una noche.

Una noche que ambos decidieron dejar atrás.

Entonces, ¿por qué ese gesto le había resultado tan incómodo?

Se obligó a racionalizar.

Tal vez era su pareja. Tal vez era simplemente alguien que ocupaba un lugar que no le correspondía cuestionar.

Y sin embargo…

La imagen volvió.

El modo en que ella sonrió. No una sonrisa formal. No la que usaba en reuniones.

Una sonrisa distinta. Más suave. Más libre.

Oliver apretó la mandíbula.

No era celos. No podía serlo.

Era… otra cosa.

Una sensación inesperada de desplazamiento. Como si hubiese llegado tarde a una historia que no sabía que quería leer.

Se apartó del ventanal y volvió al escritorio.

Intentó concentrarse en los informes. En cifras. En proyecciones.

Pero su mente insistía en reconstruir el momento.

¿Desde cuándo Clarissa tenía a alguien así en su vida?

¿Desde antes? ¿Desde después?

Y esa última pregunta lo detuvo.

Después.

El pensamiento fue inmediato. Incómodo.

Después de aquella noche.




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