No debería importarle.
Esa fue la primera mentira del día.
La sala de juntas estaba llena. Pantallas encendidas. Gráficos proyectados. Voces que iban y venían. Todo funcionaba con precisión.
Pero Oliver no estaba realmente allí.
Estaba en ese gesto.
En la mano de ese hombre subiendo al cabello de Clarissa esa mañana. En la forma en que él —Álvaro— inclinó apenas la cabeza cuando ella le dijo algo antes de bajar del auto. En la naturalidad.
No fue un beso.
No fue nada explícito.
Pero fue íntimo.
Y eso era peor.
—¿Señor Oliver? —la voz del director financiero lo devolvió al presente.
Asintió. Dio una respuesta automática. Precisa. Fría.
Nadie notó nada.
Excepto él.
Porque cuando Clarissa tomó la palabra, algo cambió.
La observó.
No como antes.
No como un hombre que intenta medir distancia.
Sino como alguien que busca señales.
Estaba impecable. Profesional. Segura. Pero ese día… había algo más liviano en ella. Una serenidad distinta.
Como si no estuviera sola.
Como si alguien la esperara después.
Y esa idea lo irritó más de lo que debía.
Cuando terminó su intervención, sus miradas se cruzaron apenas un segundo.
Ella no sonrió.
No bajó la mirada.
No buscó nada.
Y aun así, algo en ese silencio le dolió.
La reunión terminó cerca del mediodía.
Todos se levantaron. Conversaciones cruzadas. Papeles que se cerraban. Puertas que se abrían.
Clarissa recogió su carpeta. Su teléfono vibró.
Oliver no debería haberse fijado.
Pero lo hizo.
Porque ella no miró la pantalla con indiferencia.
La miró con suavidad.
Una que no había mostrado en toda la mañana.
No respondió de inmediato. Se apartó unos pasos. Contestó en voz baja.
—Hola…
Su tono cambió.
Más cálido.
Más cercano.
Oliver no alcanzó a escuchar todo. Solo fragmentos.
—Sí… ya terminó.
—No, no te preocupes.
—A las seis está perfecto.
—Noah va a estar feliz.
Noah.
La palabra cayó con peso.
Clarissa sonrió. De lado. Íntima.
Y ese gesto no era profesional.
No era corporativo.
No era para nadie en esa sala.
Era para quien estaba al otro lado de la llamada.
El hombre de esa mañana.
No necesitaba que lo dijera. Lo sabía.
Cuando cortó, se giró… y lo encontró mirándola.
Oliver no apartó la vista esta vez.
Tampoco ella.
El aire entre ambos cambió.
Ya no era solo tensión.
Era algo más primitivo.
Territorio.
Y por primera vez, la idea de que Clarissa tuviera una vida en la que él no existía… le resultó insoportable.
El silencio se sostuvo un segundo más.
Luego Oliver dio un paso hacia ella.
No fue invasivo.
Fue calculado.
—Clarissa.
Ella no retrocedió.
—¿Sí, señor Ferlan?
Profesional. Correcta.
Él inclinó apenas la cabeza. La distancia entre ambos seguía siendo prudente. Visible. Intachable.
Pero su voz bajó medio tono.
—Curioso… —dijo, como si estuviera comentando algo sin importancia— cómo algunos recuerdos vuelven cuando uno menos lo espera.
Ella no respondió de inmediato.
Solo lo miró.
Atenta.
—Hay noches —continuó él— que parecen insignificantes… hasta que dejan de serlo.
El aire cambió.
No mencionó fechas.
No dijo dónde.
No dijo cómo.
Pero no hacía falta.
Clarissa entendió.
Lo supo por la forma en que él sostuvo su mirada esta vez. No había duda. No había vacío.
Había memoria.
—No se de que habla, pero creo que no todas las noches significan lo mismo para todos —respondió ella con calma.
No fue un ataque.
Fue una línea.
Oliver sostuvo esa respuesta como si la midiera.
—Eso depende —replicó— de cuánto tiempo tarde uno en recordarlas.
El teléfono de ella seguía en su mano.
El nombre que había iluminado su expresión minutos antes parecía ahora una provocación silenciosa.
Clarissa cerró la carpeta.
—¿Hay algo más que necesite, señor Ferlan?
Formal. Distante.
Él dio medio paso atrás.
—Por ahora… no.
Pero la forma en que lo dijo no fue cierre.
Fue advertencia.
Ella se marchó primero.
Oliver la observó irse.
Y esta vez no había confusión en su memoria.
Recordaba la noche.
Recordaba su voz en la oscuridad.
Recordaba la manera en que ella había dicho que no esperaba nada.
Recordaba que él tampoco.
Y, sin embargo…
Ahora lo esperaba todo.
Clarissa no tembló. No titubeó.
No permitió que nada en su rostro delatara lo que aquella frase había hecho dentro de ella.
“Hay noches que parecen insignificantes… hasta que dejan de serlo.”
Caminó hacia la puerta con paso firme.
La abrió.
Salió.
Y solo cuando el pasillo la envolvió en su silencio corporativo, el aire le faltó un segundo.
No sabía.
No sabía que él recordaba.
Durante años había creído que aquella noche había quedado suspendida en un espacio ambiguo. Un error. Un momento aislado. Algo que solo ella había cargado en silencio.
Pero no.
Él la recordaba.
Y no lo había dicho por casualidad.
Llegó al ascensor y presionó el botón con más fuerza de la necesaria.
Las puertas tardaron demasiado.
Su mente no.
La memoria regresó sin permiso.
La lluvia.
La penumbra.
La cercanía que no estaba planificada.
Su voz baja.
El modo en que él la miró esa vez, sin jerarquías, sin distancias.
Había sido humano.
Había sido real.
El ascensor se abrió. Entró. Las puertas se cerraron.
Y ahí, sola, la máscara cayó apenas un centímetro.