Clarissa permaneció inmóvil varios segundos después de que la puerta se cerrara.
El silencio de la oficina se volvió insoportable.
No porque estuviera sola.
Sino porque aún podía sentirlo ahí.
La cercanía.
La voz baja.
La forma en que había pronunciado cada recuerdo como si hubiese estado esperándolo durante años.
Cerró los ojos un instante y soltó el aire lentamente.
Maldita sea.
Se llevó una mano al cuello, intentando recuperar el control de su respiración. El corazón seguía golpeándole demasiado rápido.
No debía afectarle así.
Habían pasado años.
Años.
Y aun así, bastaron unos minutos para que Oliver derrumbara la versión ordenada que ella había construido de aquella noche.
Porque hasta ahora había sido fácil convencerse de algo: él no la recordaba.
Había sido solo una mujer más. Una noche más. Un error aislado en la vida de un hombre como él.
Pero no.
Recordaba la lluvia.
El auto.
Las palabras exactas que ella dijo antes de marcharse.
Clarissa abrió los ojos de golpe.
—No… —susurró para sí misma.
No podía permitirse volver ahí.
Se apartó del escritorio y caminó hacia el ventanal de la oficina. Abajo, la ciudad seguía moviéndose con normalidad. Personas entrando y saliendo del edificio. Autos. Luces.
Todo seguía igual.
Excepto ella.
Porque Oliver no había salido de esa oficina como un jefe provocando tensión.
Había salido como un hombre que todavía sentía algo por una noche que debió desaparecer hace mucho tiempo.
Y eso lo cambiaba todo.
Su teléfono vibró sobre el escritorio.
El sonido la sacó abruptamente de sus pensamientos.
Lo tomó rápido, casi agradecida por la interrupción.
Álvaro.
La tensión en su cuerpo cedió apenas al leer el nombre.
Contestó de inmediato.
—Hola.
—¿Interrumpo? —preguntó él con ese tono tranquilo que siempre lograba bajarle el ritmo al mundo.
Clarissa cerró los ojos apenas un segundo.
Necesitaba normalidad.
Necesitaba respirar.
—No… bueno, sí. Un poco —admitió, apoyándose contra el borde del escritorio.
Álvaro soltó una risa suave al otro lado de la línea.
—Eso sonó preocupante.
Y lo era.
Solo que no podía explicarlo.
¿Cómo se suponía que iba a decirle que el padre de Noah acababa de acorralarla en su oficina recordándole exactamente cómo gemía bajo la lluvia dentro de un auto?
Imposible.
—Solo ha sido un día largo —respondió finalmente.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Él tiene algo que ver? —preguntó Álvaro entonces, más serio.
Clarissa abrió los ojos lentamente.
—¿Quién?
—Tu nuevo jefe, el hombre de esta mañana.
La pregunta llegó demasiado rápido.
Demasiado cerca.
Ella apretó el teléfono un poco más fuerte.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque desde que lo viste en la mañana te pusiste rara.
La preocupación en la voz de Álvaro fue genuina. Familiar. Segura.
Y por primera vez en todo el día, Clarissa sintió culpa.
Porque mientras un hombre intentaba cuidarla… otro acababa de sacudirle el alma entera.
—Estoy bien —mintió suavemente.
Pero mientras lo decía, la voz de Oliver volvió a atravesarle la memoria:
“No terminó.”
Y el problema era precisamente ese.
Que una parte de ella empezaba a temer que tuviera razón.
—Clarissa.
La voz de Álvaro volvió a llamarla, suave, paciente.
Ella se dio cuenta de que había permanecido demasiado tiempo en silencio.
—¿Mm?
—No estás bien.
No fue una pregunta.
Fue una conclusión.
Clarissa cerró los ojos un instante.
Álvaro siempre había tenido esa capacidad irritante de leerla demasiado rápido. Incluso en la universidad, cuando ella fingía que podía con todo, él era el primero en notar las grietas.
—Solo estoy cansada —respondió finalmente.
Del otro lado de la línea hubo un pequeño silencio.
—Llamaba para decirte que paso por ustedes a las siete y media, surgió algo de imprevisto, sabes cómo es esto.
Clarissa se quedó pensativa.
Álvaro representaba estabilidad. Calma. Un lugar seguro.
Mientras que Oliver… Oliver era una tormenta que recién comenzaba.
Clarissa apoyó la frente un momento contra el vidrio frío del ventanal.
—Está bien, me da tiempo para ir a casa y cambiarme —murmuró.
Álvaro sonrió al otro lado de la llamada. Ella pudo escucharlo.
—Entonces nos vemos luego.
El nudo en el pecho aflojó apenas.
—De acuerdo y gracias.
—No tienes que agradecerme por querer estar con ustedes.
Otra vez esa sensación.
Calidez. Presencia. Tranquilidad.
Todo lo contrario a la manera en que Oliver la hacía sentir.
—Salgo en una hora —dijo ella, recuperando algo de estabilidad—. Paso por Noah y te aviso.
—Perfecto. Y Clarissa…
Ella esperó.
—Sea lo que sea que esté pasando, no tienes que cargarlo sola.
El pecho le dolió un poco.
Porque si Álvaro supiera la verdad… nada volvería a sentirse simple.
—Lo sé —susurró.
Colgó antes de que él pudiera notar demasiado.
La oficina volvió a quedar en silencio.
Pero esta vez el silencio no la protegió.
Porque apenas dejó el teléfono sobre el escritorio, la memoria regresó otra vez.
Oliver inclinado hacia ella.
La lluvia golpeando el techo del auto.
Su voz baja diciendo:
“No terminó.”
Clarissa apretó los ojos.
No.
Tenía que detener eso ahora.
Tomó aire profundamente y volvió a colocarse la chaqueta. Reordenó los documentos sobre el escritorio. Obligó a sus manos a recuperar precisión.