Mio, Tuyo, Mi Secreto

El peligro de sentirse a salvo

Noah siguió hablando durante todo el trayecto a casa, sentado en su sillita mientras movía las manos para explicar alguna historia imposible sobre dinosaurios astronautas.

Clarissa lo escuchaba con una sonrisa suave, agradecida por el ruido inocente que llenaba el auto y mantenía su mente lejos de cierta oficina en el piso ejecutivo.

Cuando llegaron a casa, Noah salió corriendo apenas ella abrió la puerta.

—¡Tengo que enseñarle mi dibujo al tío Álvaro!

Clarissa dejó las llaves sobre la mesa y soltó el aire lentamente.

La casa olía a tranquilidad. A rutina. A vida real.

Y lo necesitaba.

—Primero cámbiate la ropa —le recordó mientras se quitaba los tacones—. No pienso llevar a un pequeño gremlin lleno de témpera por toda la ciudad.

Noah soltó una carcajada antes de desaparecer escaleras arriba.

Clarissa se quedó sola en la sala apenas unos segundos.

Los suficientes para que el silencio volviera a llenarse de recuerdos.

“Ahora sí me recordó.”

Cerró los ojos un instante.

Todavía podía sentir el calor de la cercanía de Oliver. La forma en que había pronunciado cada palabra como si quisiera arrancarle la verdad a la fuerza.

Se llevó una mano al rostro y respiró hondo.

No.

No iba a permitir que eso invadiera su casa también.

Subió a cambiarse antes de que su mente volviera a traicionarla.

Minutos después apareció con ropa más cómoda: jeans claros, una blusa sencilla y el cabello recogido de manera descuidada.

Mucho más ella.

Mucho menos “señorita Aragón”.

Cuando bajó, Noah ya la esperaba sentado en el sofá con los tenis puestos al revés.

—Creo que algo salió mal ahí —comentó ella divertida.

—Es moda.

Clarissa rio por primera vez en todo el día.

Y justo en ese momento, el timbre sonó.

Noah prácticamente salió disparado.

—¡TÍO ÁLVARO!

Clarissa apenas alcanzó a abrir la puerta antes de que el pequeño se lanzara sobre él.

Álvaro lo atrapó con facilidad entre risas.

—Hola, terremoto.

—¡Vamos por helado!

—Veo que alguien tiene claras las prioridades.

Clarissa observó la escena desde la entrada.

Álvaro levantó entonces la mirada hacia ella.

Y por un segundo, su expresión se suavizó apenas.

—Hola —dijo tranquilo.

Ella le devolvió una pequeña sonrisa.

—Hola.

Simple.

Fácil.

Seguro.

Tan diferente de todo lo que había sentido hacía apenas una hora que resultaba casi irreal.

Álvaro frunció levemente el ceño al verla mejor.

—Tu día sí estuvo horrible.

Clarissa soltó una pequeña risa cansada.

—Ni te imaginas.

Él pareció querer preguntar más.

Pero Noah tiró de su mano antes.

—¡El helado, tío!

Álvaro suspiró dramáticamente.

—He sido secuestrado por un dictador de cuatro años.

Noah levantó los brazos victorioso.

Y mientras ellos salían primero hacia el auto, Clarissa se quedó atrás unos segundos, observándolos.

La tranquilidad de esa escena le aflojó algo en el pecho.

Tal vez todavía podía mantener separados sus mundos.

Tal vez Oliver Ferlan solo era una tormenta pasajera.

Pero mientras cerraba la puerta de la casa, una sensación incómoda volvió a instalarse lentamente dentro de ella.

El trayecto estuvo lleno de conversaciones caóticas gracias a Noah.

Que si el mejor sabor de helado era chocolate. Que si los doctores podían curar dinosaurios. Que si Álvaro debía comprarse un perro “grande y feroz” para protegerlos.

Álvaro siguió cada tema con absoluta seriedad, como si estuvieran discutiendo asuntos de estado.

Y Clarissa, desde el asiento del copiloto, se encontró relajándose poco a poco.

De verdad relajándose.

La ciudad brillaba bajo las luces de la noche mientras avanzaban entre calles llenas de restaurantes y cafeterías aún abiertas.

Por primera vez en días, el pecho dejó de sentirse tan apretado.

Terminaron entrando a una pequeña hamburguesería familiar cerca del parque central.

No era elegante. No era sofisticada.

Pero olía a pan recién hecho y papas fritas, y Noah prácticamente celebró cuando vio el menú infantil.

—Quiero la hamburguesa gigante.

—La gigante mide más que tu cabeza —comentó Clarissa.

—Entonces necesito practicar.

Álvaro soltó una carcajada.

—Ese argumento fue impecable. Creo que ganó.

Se sentaron en una mesa junto a la ventana.

Noah quedó en medio de ambos, completamente feliz, dibujando con crayones sobre el mantel de papel mientras esperaba la comida.

Álvaro observó a Clarissa unos segundos antes de hablar.

—Te hacía falta salir.

Ella levantó la mirada de su vaso.

—¿Tan mal me veía?

—Peor esta mañana.

Clarissa suspiró apenas.

—No quería arruinar la noche hablando del trabajo.

—No tienes que contarme nada si no quieres.

Y ahí estaba otra vez.

Eso que hacía diferente a Álvaro.

Nunca presionaba. Nunca invadía.

Solo estaba.

Noah levantó la vista de pronto.

—Mamá trabaja mucho.

Álvaro sonrió.

—Eso ya lo sé.

—Y se pone seria así —el niño frunció el ceño exageradamente, imitándola.

Clarissa soltó una risa avergonzada.

—Gracias por exponerme públicamente.

—Es mi deber.

Álvaro observó cómo ella reía.

De verdad reía.

Y algo en su mirada se suavizó un poco más.

La comida llegó poco después, y durante un rato todo fue simple.

Papas fritas robadas del plato ajeno. Ketchup en las mejillas de Noah. Historias absurdas del hospital contadas por Álvaro para hacerlo reír.

Normalidad.

Una peligrosamente reconfortante.

Hasta que ocurrió.

Fue apenas un instante.

Clarissa levantó la vista distraídamente hacia el ventanal…

Y se congeló.

Al otro lado de la calle, detenido junto a un auto oscuro, estaba Oliver.




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