El camino de regreso a casa fue más tranquilo.
Noah terminó agotado después de correr de un lado a otro del parque y hablar con cada perro que encontró en el trayecto. A mitad del camino comenzó a cabecear en el asiento trasero, abrazado al juguete barato que Álvaro le había ganado en una máquina del restaurante.
Clarissa observó al pequeño por el retrovisor y sonrió apenas.
—Cinco minutos más y cae rendido —murmuró.
Álvaro desvió una mirada breve hacia Noah y luego hacia ella.
—Eso también va para ti.
Clarissa soltó una pequeña risa cansada.
—Yo llevo años funcionando dormida.
—Sí, pero antes no mirabas por las ventanas como si esperaras que alguien apareciera.
El comentario le tensó el pecho otra vez.
Clarissa giró la vista hacia la calle iluminada.
—No estoy esperando a nadie.
Álvaro no respondió de inmediato.
Porque ambos sabían que eso no era exactamente cierto.
Cuando llegaron a la casa, Noah ya estaba prácticamente dormido.
Álvaro lo cargó con facilidad mientras Clarissa abría la puerta.
La escena le golpeó de una manera extraña.
La imagen de Noah dormido sobre el hombro de Álvaro. La tranquilidad doméstica. La sensación cálida de llegar a casa acompañada.
Por un instante, todo pareció peligrosamente parecido a una familia.
Y quizá por eso le dolió tanto pensar en Oliver justo en ese momento.
Subieron a Noah a su habitación entre susurros y pasos suaves.
El pequeño apenas abrió los ojos cuando Clarissa le quitó los zapatos.
—¿Ya llegamos…?
—Sí, campeón —susurró ella.
—El tío Álvaro maneja rápido…
Álvaro soltó una risa baja.
—Eso es una acusación grave.
Noah sonrió medio dormido antes de acomodarse entre las sábanas.
Minutos después, ambos salieron de la habitación en silencio.
La casa quedó en calma.
Álvaro se apoyó ligeramente contra la pared del pasillo mientras Clarissa cerraba despacio la puerta del cuarto.
—Ahora sí —dijo él suavemente—. ¿Qué está pasando?
Clarissa tardó unos segundos en responder.
Porque estaba cansada.
Cansada de contener. De esquivar. De fingir que Oliver no estaba removiendo cosas que creía enterradas.
Caminó hasta la cocina y se sirvió un poco de agua antes de hablar.
Álvaro no la presionó.
Esperó.
—¿Recuerdas que te dije que conocía a mi jefe de antes? —murmuró ella finalmente.
Él asintió despacio.
Clarissa apretó el vaso entre las manos.
—No fue exactamente un “nos conocíamos”.
El silencio se volvió más atento.
—Entonces, ¿qué fue?
Ella cerró los ojos un instante.
Y cuando volvió a abrirlos, decidió decir una verdad a medias.
—Fue alguien con quien… tuve algo hace años.
Álvaro no reaccionó de inmediato.
Pero Clarissa vio el momento exacto en que conectó piezas dentro de su cabeza.
—¿Él es la razón por la que estás así?
Ella soltó una risa suave, agotada.
—No lo sé.
Y era la verdad más honesta que había dicho en días.
Álvaro la observó unos segundos largos.
—¿Te hizo daño?
La pregunta fue tan directa que la dejó inmóvil.
Porque la respuesta era complicada.
No. Sí. Tal vez ahora.
—No —susurró finalmente—. Ese es el problema.
Álvaro frunció levemente el ceño.
Clarissa bajó la mirada hacia el agua dentro del vaso.
—Si hubiera sido horrible… sería más fácil.
El silencio cayó otra vez entre ellos.
Y aunque Álvaro todavía no sabía ni la mitad de la historia…
por primera vez empezó a entender que Oliver Ferlan no era solo un problema laboral.
Era algo mucho más peligroso.
Álvaro permaneció en silencio unos segundos más.
No parecía molesto. Ni celoso.
Solo… preocupado.
—¿Y él qué quiere ahora? —preguntó finalmente.
Clarissa soltó aire lentamente.
—No lo sé.
Pero sí lo sabía.
Oliver quería respuestas. Quería reabrir algo que ella llevaba años obligándose a mantener enterrado.
Y lo peor era que cada vez que él la miraba…
una parte de ella quería dejarlo hacerlo.
—¿Te está presionando? —insistió Álvaro.
Clarissa levantó la vista de inmediato.
—No de esa forma.
Aunque la imagen de Oliver encerrándola entre el escritorio y sus brazos cruzó su mente en el peor momento posible.
Álvaro lo notó.
Notó la pausa. El cambio mínimo en su expresión.
Y eso bastó.
Se enderezó apenas, cruzándose de brazos.
—Clarissa.
Ella negó suavemente con la cabeza antes de que pudiera seguir.
—Puedo manejarlo.
—Eso no responde lo que pregunté.
El tono seguía siendo tranquilo. Pero más firme.
Clarissa guardó silencio.
Y Álvaro entendió más de lo que ella quería decir.
El ambiente cambió apenas.
No incómodo. Más serio.
—¿Ese hombre sabe de Noah?
La pregunta cayó entre ambos como una piedra.
Clarissa sintió el estómago tensarse.
—No.
La respuesta salió demasiado rápido.
Álvaro la sostuvo con la mirada.
—¿Y vas a decírselo?
Ella abrió la boca… y se dio cuenta de que no tenía respuesta.
Porque hasta hacía unos días, la idea ni siquiera existía.
Oliver era un recuerdo. Una noche perdida en otra vida.
Ahora era un hombre parado frente a ella todos los días. Un hombre que empezaba a mirarla demasiado. A recordar demasiado.
Y Noah…
Noah tenía sus ojos.
Clarissa apoyó lentamente el vaso sobre la encimera.
—No puedo pensar en eso ahora.
Álvaro pasó una mano por su nuca, observándola con atención.
—Clarissa… si ese hombre es importante—
—No lo es.
La interrupción fue inmediata.
Demasiado inmediata.
Álvaro no respondió enseguida.
Porque la intensidad de su reacción había dicho más que las palabras.
Clarissa cerró los ojos un segundo.