Oliver permaneció varios minutos inmóvil después de que Clarissa salió de su oficina.
La puerta seguía cerrada frente a él. El eco de su perfume todavía parecía suspendido en el aire.
“Fue un error.”
La frase seguía golpeándole la cabeza con una insistencia irritante.
Tomó el dossier del escritorio y lo abrió sin realmente leerlo. Las palabras se mezclaban frente a sus ojos.
Porque no estaba pensando en la campaña.
Estaba pensando en cómo había temblado la respiración de Clarissa cuando mencionó la lluvia.
Se pasó una mano por la mandíbula y soltó el aire lentamente.
Necesitaba despejarse.
Por eso terminó aceptando una cena informal con un socio extranjero que llevaba días insistiendo en reunirse fuera del entorno corporativo.
Nada importante. Una conversación rápida. Whisky caro. Negocios.
O eso intentó convencerse.
La reunión terminó antes de lo esperado.
Y quizás por eso terminó conduciendo sin rumbo fijo por la ciudad.
La noche estaba húmeda. Las luces de los semáforos se reflejaban sobre el pavimento todavía mojado por una lluvia ligera que había caído más temprano.
Oliver avanzaba distraído, con una mano sobre el volante y la mente demasiado lejos de la carretera.
Hasta que la vio.
Primero fue solo una silueta detrás de un ventanal iluminado.
Luego distinguió el cabello. La forma de inclinar la cabeza al reír.
Clarissa.
El pie se le aflojó apenas sobre el acelerador.
Giró lentamente el rostro hacia el restaurante.
Y entonces vio el resto.
El niño sentado junto a ella. El hombre frente a ambos.
La escena lo golpeó de una manera inesperadamente física.
No porque ella estuviera acompañada.
Sino por cómo se veía.
Relajada.
Cálida.
Real.
Nada en esa imagen se parecía a la mujer contenida y fría que lo enfrentaba en la oficina.
Ahí parecía otra persona.
O quizá… la verdadera.
Oliver disminuyó aún más la velocidad.
El niño decía algo mientras movía las manos con entusiasmo. Clarissa rio. Y el hombre —Álvaro— la observó con una familiaridad que despertó algo oscuro e inmediato dentro de él.
No supo cuánto tiempo permaneció mirando.
Probablemente demasiado.
Porque en un momento, Clarissa levantó la vista hacia el ventanal.
Y lo vio.
El impacto fue instantáneo.
Incluso desde la distancia pudo reconocer el cambio en su expresión.
Oliver sintió el impulso absurdo de entrar.
De acercarse. De confirmar quién era ese hombre. De entender por qué la idea de ella compartiendo algo tan cotidiano con alguien más le resultaba insoportable.
Pero no lo hizo.
Siguió conduciendo.
Aunque la imagen no salió de su cabeza.
Y quizá por eso, varios minutos después, cuando volvió a detenerse en un semáforo cerca del parque…
los vio otra vez.
Esta vez caminaban.
El niño iba en medio de ambos, sosteniéndoles las manos mientras hablaba sin parar.
La escena era sencilla.
Ridículamente sencilla.
Pero algo en el pecho de Oliver se tensó con fuerza.
Porque no parecían improvisados.
Parecían acostumbrados.
Como una pequeña unidad perfectamente armada donde él no tenía lugar.
El niño soltó una de las manos para correr hacia un perro unos pasos adelante.
Clarissa sonrió automáticamente.
Ese gesto suave. Instintivo.
Oliver apretó apenas la mandíbula.
Y entonces ocurrió algo peor.
Clarissa levantó la vista.
Otra vez.
Sus ojos se encontraron a través del parabrisas iluminado por las luces de la ciudad.
Solo un instante.
Pero fue suficiente.
Porque esta vez ella supo con certeza que era él.
Y Oliver también entendió algo incómodo mientras el semáforo cambiaba lentamente a verde:
No había sido casualidad quedarse mirando.
Detrás de él, un automóvil tocó la bocina con impaciencia.
Oliver apartó finalmente la mirada y avanzó.
Pero no muy lejos.
Terminó estacionándose un par de calles después, junto a una acera casi vacía.
El motor quedó encendido unos segundos más antes de apagarlo.
Y entonces el silencio dentro del vehículo se volvió insoportable.
Apoyó ambas manos sobre el volante y cerró los ojos un instante.
Ridículo.
Eso era exactamente lo que estaba haciendo.
Observando a una mujer con la que compartió una sola noche hacía años como si tuviera algún derecho sobre ella.
Como si esa imagen —ella riendo con otro hombre y un niño entre ambos— hubiera despertado algo legítimo.
Pero lo había hecho.
Y lo irritaba no entender por qué.
Oliver apoyó la cabeza hacia atrás lentamente.
La escena seguía reproduciéndose en su mente.
Clarissa relajada. Clarissa sonriendo. Clarissa fuera de la oficina.
Y el niño.
Otra vez el niño.
Algo en él seguía llamándole la atención, aunque no terminaba de entender qué.
Tal vez la manera en que se aferraba a la mano de Clarissa.
Oliver encendió el auto y empezó a conducir.
Esta vez no volvió a mirar atrás.
Pero la imagen permaneció adherida a su cabeza durante todo el trayecto.
Clarissa riendo. El niño sujetando su mano. Ese hombre caminando junto a ellos como si perteneciera allí.
Como si ya tuviera un lugar en su vida.
Oliver apretó apenas la mandíbula.
No le gustaba la sensación que aquello le provocaba.
Y le gustaba todavía menos no entenderla.
Cuando llegó a su apartamento, la ciudad ya estaba completamente sumergida en la noche.
El silencio del lugar lo recibió de inmediato.
Oscuro. Ordenado. Impecable.
Vacío.
Dejó las llaves sobre la mesa y aflojó el nudo de la corbata mientras caminaba hacia el ventanal.
Desde ahí, las luces de la ciudad parecían lejanas. Pequeñas.
Se sirvió un whisky.