Mio, Tuyo, Mi Secreto

Una conversación sin limites

✿ ✿

El silencio al otro lado duró apenas un segundo.

Pero fue suficiente para reconocer su respiración.

—Pensé que no ibas a responder.

La voz de Oliver sonó más grave que de costumbre. Más íntima.

Como si hablarle de noche cambiara algo.

Y quizás lo hacía.

Clarissa cerró los ojos un instante.

—¿Qué quiere, señor Ferlan?

Hubo una pausa breve.

—Es tarde para seguir llamándome así.

El corazón le dio un golpe incómodo.

Porque esa frase no sonó arrogante.

Sonó personal.

Demasiado personal.

Clarissa se obligó a mantener firme la voz.

—Entonces no debería estar llamándome a esta hora.

Del otro lado, Oliver soltó una exhalación baja.

No exactamente una risa.

Algo más cansado.

—Llevo una hora intentando dejar de pensar en usted.

La confesión cayó tan directo que Clarissa dejó de respirar un segundo.

Su mano se tensó alrededor del teléfono.

—Eso no es mi problema.

—Empieza a serlo.

El silencio volvió a extenderse.

Peligroso. Denso.

Clarissa caminó lentamente hacia el ventanal de la sala, necesitaba moverse.

—No debería haber llamado.

—Probablemente no.

—Entonces, ¿por qué lo hizo?

Oliver tardó unos segundos en responder.

Y cuando habló, su voz sonó distinta.

Más honesta de lo que ella esperaba.

—Porque me pareció verla hace unas horas.

El corazón de Clarissa se detuvo un instante.

Sus dedos se tensaron alrededor del teléfono.

—¿Disculpe?

—En un restaurante —continuó él con calma—. Cerca del parque central.

Clarissa dejó de respirar por un segundo.

Así que sí era él.

—No sabía que frecuentaba ese lugar, señor Ferlan —respondió, obligándose a sonar serena.

—No lo frecuento.

Otra pausa.

—Pero usted estaba ahí.

El aire cambió de inmediato.

Porque Oliver no estaba preguntando.

Estaba confirmando.

Clarissa intentando mantener el control.

—¿Me siguió?

La pregunta salió antes de que pudiera detenerla.

Del otro lado hubo un pequeño silencio.

—No.

La respuesta llegó firme.

Demasiado rápida para ser ofensiva. Demasiado lenta para tranquilizarla.

—Entonces fue casualidad.

Oliver soltó una exhalación baja.

—Eso intento decidir.

Y esa frase…

esa frase era mucho más peligrosa que cualquier otra cosa que pudiera haber dicho.

Porque no sonó como una coincidencia.

Sonó como una confesión.

Clarissa cerró los ojos apenas un instante.

—No debería pensar demasiado en eso, señor Ferlan.

—¿Y usted? —preguntó él con calma—. ¿Lo está pensando demasiado?

El pecho le dio un golpe incómodo.

Demasiado directo. Demasiado preciso.

—Esto no tiene sentido.

—Entonces dígame por qué sigue hablando conmigo.

El silencio volvió a caer entre ambos.

Oliver esperó apoyado contra el ventanal de su apartamento, con el vaso de whisky todavía en la mano.

Podía imaginarla perfectamente. De pie. Tensa. Intentando mantener el control.

Y quizá lo más perturbador era que la imaginaba demasiado bien.

—¿Qué quiere que le diga? —preguntó Clarissa al final, más cansada que molesta.

Oliver bajó la mirada hacia las luces de la ciudad.

—Que fue una casualidad.

Ella no respondió.

Porque ambos sabían que no estaba hablando del restaurante.

Ni del parque.

Ni siquiera de la llamada.

Hablaba de ellos.

De aquella noche.

De la forma en que seguían encontrándose una y otra vez, incluso cuando ninguno parecía dispuesto a admitirlo.

—¿Y lo fue? —preguntó Clarissa en voz baja.

Oliver dejó escapar una exhalación lenta.

—Eso intento decidir.

El silencio se tensó.

—¿Qué se supone que significa eso?

Él tardó unos segundos en responder.

No porque no supiera qué decir.

Sino porque estaba eligiendo cuidadosamente cuánto revelar.

—Significa que cuando la vi con ellos... usted parecía feliz.

Clarissa frunció apenas el ceño.

Ellos.

No “ese hombre”. No “su acompañante”.

Ellos.

Como si Oliver hubiera observado más de lo debido.

—¿Y eso le molesta? —preguntó antes de poder detenerse.

La pregunta quedó suspendida.

Peligrosa.

Del otro lado de la línea, Oliver guardó silencio demasiado tiempo.

Y cuando habló, su voz sonó más baja.

Más honesta.

—Todavía no decido qué es exactamente lo que me molesta.

El corazón de Clarissa volvió a acelerarse.

Porque esa respuesta no era fría. No era corporativa. No era segura.

Era personal.

Demasiado.

Clarissa apoyó una mano contra el borde del ventanal.

Necesitaba terminar esa conversación antes de que se volviera algo peor.

—Es tarde —dijo finalmente—. Y mañana tenemos trabajo.

Oliver sonrió apenas al escuchar el intento de distancia en su voz.

Pero ya era tarde para fingir que aquello seguía siendo solo trabajo.

—Claro —murmuró—. Trabajo.

La manera en que pronunció la palabra hizo que el aire cambiara otra vez.

Clarissa cerró los ojos con cansancio.

—Buenas noches, señor Ferlan.

Y entonces ocurrió.

Oliver habló antes de que ella pudiera colgar.

—¿Él es importante para usted?

El silencio fue inmediato.

Brutal.

Clarissa abrió los ojos lentamente.

Porque esa pregunta… esa pregunta no tenía nada de profesional.

Nada.

Y Oliver lo sabía perfectamente.

Clarissa sintió cómo el pulso le golpeaba con fuerza en la garganta.

Por un instante pensó en no responder.

Sería lo más inteligente. Lo más seguro.

Pero el problema era que Oliver ya había dejado de hacer preguntas inocentes.

Y ambos lo sabían.

—No creo que eso sea asunto suyo —respondió finalmente, manteniendo la voz estable.




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