La noche no fue suficiente.
Clarissa lo comprendió cuando abrió los ojos y vio que el reloj apenas marcaba las cinco y veinte de la mañana.
Había dormido.
Pero no descansado.
Permaneció unos segundos inmóvil, mirando el techo de su habitación mientras intentaba recordar cuándo había sido la última vez que se sintió tan agotada.
La respuesta llegó sola.
Antes de que Oliver Ferlan reapareciera en su vida.
Soltó una exhalación lenta y se incorporó.
La casa seguía sumida en el silencio.
Se puso una bata ligera y caminó hacia la cocina.
El aroma del café llenó el ambiente pocos minutos después.
Normalmente disfrutaba esos momentos de calma antes de que Noah despertara.
Aquellos minutos eran suyos.
Pero esa mañana ni siquiera el café consiguió tranquilizarla.
Porque cada vez que intentaba concentrarse en otra cosa, la voz de Oliver volvía.
"¿Él es importante para usted?"
"No terminó."
"Porque me pareció verla hace unas horas."
Clarissa cerró los ojos un instante.
No.
Tenía que detener aquello.
No podía permitir que Oliver siguiera entrando en espacios de su vida que no le pertenecían.
Lo que más la enfurecía era que él actuaba como si aquella noche fuera una historia pendiente.
Como si fuera un recuerdo romántico que el destino había decidido devolverles.
No tenía idea.
Ni la más mínima idea.
De todo lo que vino después.
De todo lo que ella había tenido que enfrentar sola.
Del miedo.
De las dudas.
De las noches en vela.
De Noah.
El sonido de unos pasos pequeños la sacó de sus pensamientos.
Clarissa levantó la vista.
Noah apareció en la entrada de la cocina abrazando su peluche.
El cabello despeinado.
Los ojos aún cargados de sueño.
Y una sonrisa que le derritió el corazón.
—Buenos días, mamá.
La tensión acumulada en el pecho se aflojó de inmediato.
—Buenos días, campeón.
Noah caminó hasta ella y apoyó la cabeza contra su costado.
Clarissa le acarició el cabello.
Y por un instante, todo volvió a sentirse sencillo.
Real.
Porque aquello era su realidad.
No Oliver.
No el pasado.
No una noche bajo la lluvia.
Noah.
Siempre Noah.
—¿Vas a trabajar hoy? —preguntó él como siempre lo hacía.
—Sí.
—¿Y yo a la guardería?
—También.
Noah hizo una mueca dramática.
—Qué tragedia.
Clarissa soltó una risa.
—Sobreviviremos.
El niño sonrió satisfecho.
Y durante unos minutos hablaron de cosas simples.
De dinosaurios.
De helados.
De que Álvaro prometió volver a visitarlo durante el fin de semana.
Cosas normales.
Cosas que la ayudaban a respirar.
Pero mientras ayudaba a Noah a terminar el desayuno, una decisión comenzó a tomar forma dentro de ella.
Firme.
Inevitable.
Porque estaba cansada.
Cansada de esquivar conversaciones.
Cansada de reaccionar.
Cansada de sentir que Oliver marcaba el ritmo de todo aquello.
No.
Se acabó.
Si él quería seguir removiendo el pasado, iba a escuchar una verdad que llevaba demasiado tiempo guardándose.
Una hora más tarde dejó a Noah en la guardería.
Lo vio correr hacia sus compañeros.
Lo vio girarse para despedirse con la mano.
Y sintió el mismo amor feroz de cada mañana.
Luego volvió al auto.
Y condujo hacia la empresa.
La decisión seguía ahí.
Intacta.
Esperándola.
Cuando llegó al edificio, saludó a recepción como siempre.
Tomó el ascensor.
Atravesó el piso ejecutivo.
Pero no fue hacia su oficina.
Esta vez no.
Sus tacones resonaron con firmeza sobre el suelo pulido mientras avanzaba por el pasillo.
Directo hacia la oficina del CEO.
La secretaria levantó la vista al verla acercarse.
—Buenos días, señorita Aragón.
—Buenos días.
—El señor Ferlan tiene su agenda completa esta mañana.
Clarissa sostuvo su carpeta contra el pecho.
—Entonces tendré que robarle cinco minutos.
La secretaria pareció sorprendida.
Pero antes de que pudiera responder, la puerta de la oficina se abrió.
Oliver apareció al otro lado.
Llevaba una carpeta en la mano.
Parecía dispuesto a salir.
Y se detuvo al verla.
El silencio cayó entre ambos.
Breve.
Tenso.
Peligroso.
Los ojos de Oliver recorrieron su rostro.
Como si entendiera de inmediato que algo era diferente.
—Señorita Aragón.
Clarissa sostuvo su mirada.
Por primera vez en días, no sintió deseos de escapar.
—Necesito hablar con usted.
La secretaria observó la escena sin disimular su curiosidad.
Oliver mantuvo los ojos sobre Clarissa unos segundos más.
Luego abrió la puerta por completo.
—Entre.
Y por la forma en que su voz se volvió más grave...
ambos sabían que aquella conversación no iba a parecerse a ninguna de las anteriores.
La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave.
El sonido pareció aislarlos del resto del mundo.
Oliver dejó la carpeta sobre su escritorio, pero no se sentó.
Clarissa tampoco.
Durante unos segundos se observaron en silencio.
Midiéndose.
Como si ambos supieran que aquella conversación llevaba demasiado tiempo acumulándose.
—¿Qué ocurre? —preguntó Oliver finalmente.
Su tono era tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Clarissa sostuvo la carpeta contra su pecho unos segundos más antes de dejarla sobre una silla cercana.
Necesitaba las manos libres.
Necesitaba no parecer a la defensiva.
—Quiero que esto termine.
Oliver frunció apenas el ceño.
—¿Esto?
—Las preguntas. Las insinuaciones. Las llamadas a medianoche.