Clarissa cerró la puerta de su oficina y permaneció unos segundos apoyada contra ella.
No respiró profundamente.
No intentó calmarse.
Simplemente cerró los ojos.
Había dicho lo que necesitaba decir.
Entonces, ¿por qué sentía que acababa de abrir una herida que llevaba años intentando mantener cerrada?
Se apartó de la puerta y caminó hasta su escritorio.
Segundos después Lucía tocó la puerta.
—¿Todo bien?
Clarissa dejó la carpeta sobre la mesa.
—Sí.
La respuesta salió demasiado rápido, Lucía la observó unos segundos.
—No parece.
Clarissa esbozó una sonrisa cansada.
—Solo fue una conversación incómoda.
No era mentira, solo omitía demasiado.
Se sentó finalmente en su silla y encendió la computadora.
La pantalla se iluminó frente a ella.
Correos.
Informes.
Presentaciones.
Trabajo.
Todo aquello que debería haber sido suficiente para mantener su mente ocupada.
Pero no lo consiguió.
Porque cada vez que intentaba concentrarse, escuchaba nuevamente su propia voz.
«Usted recuerda una noche. Yo tuve que vivir las consecuencias.»
Había dicho demasiado, quizá mucho más de lo que pretendía, pero no podía retractarse.
Oliver tenía que entender que no podía tomar aquella noche y convertirla en algo hermoso solo porque ahora le resultaba conveniente recordarla.
Él no sabía nada, no sabía lo que había pasado después, no tenía idea de cuántas noches había pasado despierta.
Ni siquiera sabía el miedo que había sentido, no sabía cuánto había cambiado su vida.
Pero sobre todo… no sabía de Noah.
Clarissa cerró los ojos.
El rostro de su hijo apareció inmediatamente en su mente.
Su sonrisa, sus pequeñas manos.
La manera en que corría hacia ella cuando salía de la guardería.
Todo lo que había construido durante esos años, lo que había protegido, lo que había hecho sola.
Abrió los ojos.
No.
Oliver no podía entrar ahí.
No aún, ella no estaba preparada.
Quizá nunca lo estuviera.
Tomó el teléfono y revisó la hora.
Faltaban varias horas para salir.
Intentaría concentrarse.
Por Noah, por ella, incluso por la vida que había construido lejos de aquella noche.
A las seis en punto, Clarissa cerró su computadora.
Había conseguido trabajar, más o menos.
No había vuelto a ver a Oliver durante el resto de la jornada y agradecía que así fuera.
Tomó su bolso y salió de la oficina.
En el ascensor, el teléfono vibró.
Un mensaje de Álvaro.
¿Ya saliste?
Clarissa sonrió sin querer.
Sí. Voy por Noah.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Perfecto. Te espero después.
Clarissa guardó el teléfono.
Esa simple conversación le produjo algo que no había sentido en todo el día.
Tranquilidad.
Álvaro no exigía respuestas, no removía el pasado, no la hacía cuestionarse, simplemente estaba.
Y quizá eso era exactamente lo que necesitaba.
Cuando llegó a la guardería, Noah corrió hacia ella apenas la vio.
—¡Mamá!
Clarissa se agachó y lo recibió entre sus brazos.
Lo abrazó con fuerza, un poco más de lo habitual.
—Hola, amor.
Noah la miró con curiosidad.
—¿Estás cansada?
Clarissa sonrió.
—Un poquito.
—Entonces hoy yo te voy a cuidar.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Ah, sí?
—Sí. Porque soy tu hijo.
Clarissa sintió un nudo cálido en el pecho.
Lo abrazó nuevamente.
—Entonces tengo mucha suerte.
Noah sonrió.
Mientras caminaban hacia el auto, Clarissa se prometio que esa noche no pensaría en Oliver.
Ni en sus recuerdos, ni siquiera en aquella noche.
Pero sabía que era una promesa difícil de cumplir.
Porque desde que Oliver regresó todo se ha vuelto un caos. Aquella vida tranquila que conocía ya dejó de existir.