Mio, Tuyo, Mi Secreto

Lo que quedó atrás

Al llegar a la casa ya Álvaro los esperaba.

Noah corrió hacia él apenas salió del auto.

La casa se llenó de risas apenas entraron.

Noah no tardó en contarle a Álvaro todo lo que había ocurrido durante el día, desde una discusión por un juguete hasta el dibujo que había hecho en la guardería.

Álvaro lo escuchaba con verdadera atención, haciendo preguntas y exagerando algunas reacciones hasta conseguir que el niño se riera.

Clarissa los observaba desde la cocina mientras terminaba de preparar algo sencillo para cenar.

La escena era familiar.

Cómoda.

Álvaro siempre había sido así.

No necesitaba esforzarse para formar parte de sus vidas.

Simplemente estaba.

—Mamá —llamó Noah desde la mesa—. Álvaro dice que el dinosaurio que dibujé parece real.

—Porque lo parece —respondió Álvaro con absoluta seriedad.

Clarissa negó con la cabeza, divertida.

—No le sigas la corriente.

—Yo solo estoy reconociendo el talento.

Noah soltó una carcajada.

Clarissa sonrió.

Por unos minutos consiguió olvidarse de todo.

De la empresa.

De la conversación con Oliver.

Hasta que Álvaro la observó con más detenimiento.

—¿Estás bien?

La pregunta fue sencilla, demasiado sencilla.

Clarissa bajó la mirada hacia el plato que tenía delante.

—Sí.

Álvaro no insistió.

Nunca lo hacía.

Solo la observó unos segundos más antes de cambiar de tema.

Y esa era precisamente una de las cosas que Clarissa más apreciaba de él.

Álvaro sabía cuándo preguntar.

Y también cuándo simplemente quedarse.

Después de cenar, Noah quiso enseñarle su dibujo nuevamente.

Álvaro lo acompañó hasta su habitación.

—¿Vas a venir mañana? —preguntó el niño.

—Si tu mamá me invita.

Noah miró hacia la puerta.

—Mamá.

Clarissa soltó una pequeña risa.

—Puedes venir.

—Entonces volveré.

Álvaro se inclinó y le dio un beso en la frente.

—Duerme, campeón.

Cuando salió de la habitación, encontró a Clarissa en el pasillo.

—Está feliz de tenerte de vuelta —dijo ella.

—Yo también estoy feliz.

Sus miradas se encontraron.

Por un instante, ninguno dijo nada.

Álvaro fue el primero en romper el silencio.

—Y tú deberías intentar descansar un poco.

Clarissa sonrió débilmente.

—Lo intentaré.

—No es una respuesta muy convincente.

Ella soltó una pequeña risa.

—Buenas noches, doctor.

—Buenas noches, Clarissa.

Álvaro tomó su chaqueta.

Antes de salir, se detuvo.

—Si necesitas hablar...

Clarissa lo miró.

—Lo sé.

Él asintió.

No hizo más preguntas, simplemente salió.

Clarissa cerró la puerta detrás de él.

La casa volvió a quedar en silencio.

Noah ya dormía.

Y ahora sí estaba sola con sus pensamientos.

Se dejó caer en el sofá.

Cerró los ojos.

Nunca había esperado volver a verlo.

Esa era la razón por la que nunca había sentido la necesidad de contarle sobre Noah.

No había sido una decisión cruel.

Ni un intento de castigarlo.

Ni porque quisiera borrar al padre de Noah.

Simplemente porque nunca creyó que tendría que enfrentarse a él.

Para ella, aquella noche había terminado cuando cerró la puerta del auto y se marchó.

Nunca volvió a saber de él, no supo siquiera qué había ocurrido con su vida.

A veces, durante los primeros meses, se preguntaba qué habría sido de aquel hombre.

Si tenía novia.

Si estaba comprometido.

Si tendría una esposa.

Si tendría hijos.

Si alguna vez habría vuelto a pensar en ella.

Si aquella noche había sido una excepción.

O si simplemente buscaba una aventura.

Nunca tuvo respuestas.

Y con el tiempo dejó de buscarlas.

Después llegó Noah.

Y su mundo cambió por completo.

Desde entonces, Oliver dejó de ser una pregunta.

Se convirtió en un nombre que no necesitaba volver a pronunciar.

Hasta ahora.

Clarissa abrió los ojos.

Lo más absurdo era que, después de tantos años, él parecía ser quien necesitaba respuestas.

Y ella era quien tenía todas las piezas.

Pero no podía dárselas.

Porque no sabía qué quería Oliver.

No sabía si aquella insistencia nacía de la culpa, de la curiosidad, del deseo o simplemente de haber encontrado un recuerdo que ahora le resultaba difícil ignorar.

Y tampoco sabía qué ocurriría si algún día descubría la verdad.

Su mirada se dirigió hacia el pasillo.

Hacia la habitación de Noah.

El corazón se le apretó.

No.

Oliver no podía entrar en esa parte de su vida solo porque acababa de recordar.

Ella había construido todo aquello sin él.

Y pensaba protegerlo.

Aunque para hacerlo tuviera que volver a convertirse en la mujer que había sido aquella noche:

Una mujer que sabía marcharse antes de que alguien pudiera pedirle que se quedara.

Solo que ahora había algo que entonces no tenía.

Un hijo que dependía de ella.

Y por él, Clarissa estaba dispuesta a mantener aquel secreto a cualquier precio.

—No —dijo en voz alta.

Negó con la cabeza.

—Jamás sabrás de él —susurró, con un temblor en la voz que ni ella misma reconoció—. Él es mío… mi secreto.




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