Mis Dos Maridos

Capítulo 2

Capítulo 2

 

Mi madre no es mi madre. Quiero decir, no biológicamente. Es tan solo mi tía, hermana menor de mi padre Randolf al que apenas recuerdo. Mi padre me dejó al cuidado de mi tía cuando se vio solo conmigo tras el abandono de mi madre biológica de quien no conozco nada, ni siquiera su nombre. Me cuentan que él me cuidó hasta que volvió a enamorarse y esa nueva mujer no me quería en sus vidas. Entonces, mi padre optó por dejarme al cuidado de su hermana quien igual desde siempre me amó como a una hija y con quien él sabía yo estaría bien, cuidada y protegida.

—Te enviaré dinero para su cuidado y educación. No les faltará nada y vendré a verla cada vez que pueda —fue la promesa que le hizo antes de marcharse.

Nos dejó bien ubicadas en una casa amplia, con grandes habitaciones, buenos muebles y armarios repletos de ropa de distintos tamaños para usar según yo fuera creciendo. Incluso a veces nos enviaba una señora para que ayudara en los quehaceres domésticos.

Mi madre me cuenta que no fue fácil para él dejarme atrás y que aparte de su nueva esposa otras circunstancias lo obligaron a ponerme en sus manos. No le gusta hablar mucho sobre ese tema pero, sea como sea, por nebulosas o legítimas que hayan sido sus razones, no lo puedo aceptar y mucho menos perdonar.

Nunca regresó a verme. Apenas alguna llamada esporádica o tal vez una postal en navidad. Tan solo cumplió con la parte monetaria y se desligó de nuestras vidas. El dinero para vivir nunca nos faltó. Llegué a asistir a buenas escuelas, tomé clases de ballet, siempre tuve para ir al teatro y asistir a los conciertos de mis artistas favoritos. El precio que pagué por todos aquellos lujos fue no tenerlo a mi lado.

Así crecí, amada por mi tía y rechazada por mi verdadera madre y eventualmente también por mi padre.

Por eso, a mis veintidós años, puedo afirmar con plena seguridad no tengo más familia que ella.

Se llama Lucrecia…o bueno. Algunos días se llama así. Otros días, si está leyendo alguna novela en la cual se identifica con la protagonista, me pide que la llame por el nombre de ella. Así es como a veces me dice que la llame Catalina, La Grande, Anna Karenina, Madame Bovary, Jane Eyre, y nombres similares. Yo la complazco siempre y cuando no se me olvide, que es la mayoría de las veces.

—Mamá, espérame aquí en el auto hasta que yo regrese y te cuente como me fue. Con un poco de suerte, hoy mismo conseguiremos trabajo las dos. ¡Deséame mucha suerte, mamita!

Me puse mi mejor ropa. A pesar de nuestra situación, me las ingeniaba para siempre estar limpia y con ropa presentable. Mi madre utilizaba la lavandería del mismo hotel sin que nadie se diera cuenta que no era ni huésped ni trabajadora del lugar. El personal era rígido con las personas ajenas al hotel pero ella se las ingeniaba y era bastante lista puesto que de allí salía con la ropa lavada y olorosa. También usábamos sus baños puesto que los que quedan cerca de la piscina tenían muy poca vigilancia.

 —Con esa carita y lo inteligente que eres sé que lo lograrás. Aquí te espero…—me despidió.

Me fui directo a tomar el autobús con el último saldo que le quedaba a mi tarjeta de transporte, suficiente para ir y volver. Ya no nos quedaba casi nada más por empeñar, el dinero se iba diluyendo como agua entre las manos. Habíamos pasado de una buena casa, a un modesto apartamento, luego a un motel de cuarta y finalmente viviendo en El Chustro. La situación era desesperada y urgente.

Deslicé la tarjeta por la ranura con el último saldo que le quedaba, solo tenía para ir y regresar. Nada más, la cuenta en cero. Ese era el pensamiento que tenía en mente mientras miraba a través de la ventana el  paisaje que me llevaba a la prueba con mi suerte. Jamás imagine que algún día estuviera deseando servir en una casa y que lo viera como mi  única salvación. Pero así nos llevaba la vida. Mis cuatro años universitarios parecían irse por el caño ante la falta de un buen empleo. Pero ahora, lo único que importaba era conseguirnos un techo seguro y a eso me dirigía.

Cuando llegué, me pareció que tal vez la dirección estaba errónea. Me bajé del autobús y solo vi un edificio que se veía a medio construir. Era grande y podía apreciarse que se convertiría en un gran centro de trabajo pero ni siquiera estaba terminado y claramente no era una casa como hubiera esperado. De todas formas, toque a la puerta y esperé.

Nadie se asomó en unos minutos así que volví a intentarlo. Esa segunda vez, sentí unos pasos y la puerta se abrió.

Lo que vi de frente solo lo había visto antes en las películas de cine.

Frente a mí tenía un hombre maduro, alto y sumamente atractivo. Le calculé algunos cuarenta y cinco años. Llevaba el cabello peinado hacia atrás y unas finas líneas plateadas, apenas perceptibles lucían sobre sus sienes. Los ojos eran de un gris verdoso, muy profundos y penetrantes, la mandíbula cuadrada, el cuerpo atlético y bien proporcionado. Me quedé hechizada de tal forma que enmudecí.

Por fortuna, él rompió el hielo.

— ¿Le puedo ayudar en algo, señorita? —me preguntó sacándome de mi estado hipnótico pero volviéndome a hechizar con la profundidad de su voz varonil.

—Buenos…días…-tartamudeé- He venido a solicitar un puesto de trabajo pero creo que me han dado mal la dirección. Esto no es una casa…—atiné finalmente a explicar.

Él sonrió y me dio la impresión que la calle entera se iluminó con su sonrisa y con la blancura de sus dientes alineados y perfectos.

—Podría ser…pero a ver… ¿Qué puesto es el que quiere solicitar? —preguntó.

—En verdad son dos puestos…—aclaré.

— ¡Vaya que eres audaz! —volvió a sonreír.

—Vengo a solicitar el de chica de limpieza para mí y el de cocinera para mi madre…pero…

Mi observó curioso.

— ¿Pero qué? —inquirió poniéndome cada vez más nerviosa con su voz, su presencia y con todo lo que viniera de él. Me sentía pequeñita ante su figura que lucía imponente bajo el marco de la puerta.




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