Mis Dos Maridos

Capítulo 3

 

Capítulo 3

 

No podía esperar a decírselo a mamá. Sentía tal regocijo en pensar que ya no viviríamos en el auto que el corazón me brincaba de emoción. En cuanto me bajé del transporte público, me dirigí deprisa a decirle. Pero a la vida le parecía que no habíamos sufrido suficiente. El corazón se me fue a los pies al ver que El Chustro no estaba allí.

Miré a todos lados. Dudaba demasiado que mamá se hubiera ido manejando a ningún lugar siendo que apenas tenía gas y el sello de matrícula estaba vencido. Ambas sabíamos que era un error manejarlo en esas circunstancias. Un tropel de dudas comenzó a desfilarme por la cabeza. ¿Tendría alguna emergencia? ¿Y si se lo robaron? ¿Se llevaron también a mi madre? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está el auto? ¿Dónde está mi madre? Las lágrimas comenzaron a bajarme por las mejillas y el terror se apoderaba de mí.

Busqué mi teléfono para marcarle cuando recordé que me había dicho que el suyo ya no tenía saldo. Intenté de todas formas pero sin éxito. Estaba comenzando a desesperarme pero pronto me di cuenta que debía mantener la calma y actuar con serenidad. La desesperación es mala consejera y no me permitiría pensar con claridad y eso era vital en ese momento.

Caminé por todo el estacionamiento, cuidándome de hacerlo de manera casual para no levantar sospechas. Luego de varias vueltas me di por vencida. Ni mi madre ni el auto estaban allí. Aunque no me gustase la idea no veía otro camino que dirigirme al cuartel de la policía. Tal vez allí podrían ayudarme.

—Vengo a reportar una desaparición —dije por saludo, sin ánimo para otra cosa que no fuera ir al grano.

El guardia me miró indiferente. Seguro con frecuencia atiende este tipo de casos y ya vive hastiado de lo mismo. Lo imagino cansado de denuncias frívolas de desapariciones de gente que simplemente se fue de juerga sin avisar y que luego regresaban como si nada. Pero ese no era nuestro caso. Mi madre nunca haría tal cosa.

— ¿Se trata de un menor o de una persona adulta? Le recuerdo que en caso de adultos debe pasar un mínimo de veinticuatro horas para proceder con el reporte.

—Se trata de mi madre —respondí.

— ¡Que curioso! Por lo general, son los padres los que reportan a sus hijos —replicó con un aire de burla que no me gustó pero preferí abstenerme de comentarios. Me observó por unos breves segundos y me preguntó por la última vez que la había visto.

—Esta mañana. Hará cosa de unas tres o cuatro horas —respondí.

Entonces su cara se trastornó en enojo. Tenía unos documentos en sus manos que aventó sobre una mesa.

— ¿Me está hablando en serio? ¿No ha visto a su madre por tres o cuatro horas y ya viene a hacer un reporte? —el enojo se le transmitía por todas partes, en el tono exasperado de su voz, su semblante enrojecido y en la manera que arrojó aquellos papeles sobre la mesa.

—Verá…lo que pasa es que…—intenté explicar.

— ¿Ya buscó bien en la casa? ¿En el patio? ¿Le preguntó al resto de la familia? ¿Amigos? ¿Vecinos? —hablaba tan rápido que parecía escupir las palabras.

—Le ruego que me deje explicarle…—hablé con serenidad, necesitaba tener a este hombre de mi lado dispuesto a ayudarme y no lo iba a lograr si me alteraba.

Le conté sobre las circunstancias. Sentí algo de vergüenza al tener que admitirle lo precaria de nuestra situación. Además, estaba consciente que también debía admitirle que nos estábamos quedando sin autorización en un lugar privado.

—Pero hoy he conseguido empleo para las dos y nos vamos a ir de allí. Iba a decírselo pero no la encontré. Espero pueda comprender mi situación. No hay casa donde buscarla, ni patio, ni amigos, ni vecinos. Solo somos ella y yo.

Me escuchó sin interrumpir y pareció compadecerse.

—Por lo que me has contado, jovencita, su auto bien pudo ser confiscado. El día de hoy se llevó a cabo por toda la ciudad una ordenanza de remolque de autos no autorizados. Seguro se lo llevó la grúa municipal y se encuentra ahora mismo en el depósito público —me informó con cierto pesar.

— ¿Dónde queda eso? ¿Cómo lo puedo recuperar? Seguro ahí está mi madre…—la ansiedad volvía a apoderarse de mí y al mismo tiempo me tranquilizaba saber que aquello no representaba un peligro mayor.

El guardia rebuscó entre los mismos papeles que había aventado poco antes sobre la mesa y tomó uno de ellos que luego me extendió.

—Aquí está la dirección. Se trata de un sistema nuevo en la ciudad que ahora opera bajo un contrato privado. Deberás arreglártelas con ellos si quieres recuperar tu auto, seguro tendrás que pagar un buen dinero. Nosotros no tenemos nada que ver con eso.

Leí la dirección con cuidado. Por fortuna, no era demasiado lejos de allí y podría ir caminando. El Chustro no me interesaba tanto como encontrar a mi madre. Le di las gracias al policía quien al despedirse me deseó suerte.

Me tomó cerca de una hora llegar y desde lo lejos pude divisar a mi madre. No logro explicar la tranquilidad que me causó verla. Apresuré mis pasos para llegar a ella. Se notaba alterada y según me fui acercando pude ver a un joven hombre con el cual mi madre parecía tener alguna discrepancia.

— ¡Mamá! ¡Qué bueno que te encuentro! ¡Valiente susto el que me pegaste cuando no te encontré a ti ni al auto! —le dije, abrazándola, tan aliviada de verla que no reparé en ver con quien discutía.

—No te preocupes, cariño. Estoy muy bien. Es solo que este joven insiste en que no va a devolvernos El Chustro si antes no saldamos no sé cuántas multas...—replicó con enfado mientras dirigía una mirada furiosa al hombre.

Entonces volteé la mirada para observarlo y se me encendieron las mejillas al ver lo guapo que era. Tendría algunos treinta años como mucho, de complexión fuerte y atlética con la camisa un tanto ceñida que le marcaban los músculos de sus brazos. Su cabello era castaño de suaves olas y la piel bronceada por el sol. Llevaba gafas oscuras que no me permitieron apreciar sus ojos pero el resto de su perfil parecía una estatua esculpida con esmero. Mi madre me sacó del encanto con sus reclamos.




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