Capítulo 4
Lo seguí hasta su oficina. El espacio no era demasiado amplio, apenas un rectángulo con baldosas blancas y un ventanal pequeño, pero todo parecía nuevo y recién estrenado. Todavía se sentía en el aire el olor que despiden las cosas nuevas. De una pared colgaba un documento enmarcado que autenticaba la Ley de Vehículos y Tránsito y en otra pared colgaba igualmente enmarcada la Carta de Derechos y Deberes del Conductor.
Él se acomodó detrás de su escritorio y la butaca rechinó suave bajo su peso. Me ofreció asiento y se dispuso a hablar. A pesar de la pequeñez del lugar, él se veía imponente desde donde estaba.
—Lamento los inconvenientes, señorita. Mi nombre es Matteo Alvize y soy el director de la empresa remolcadora. Hemos hecho un contrato con la ciudad para atender los asuntos vehiculares. Aunque su madre no lo crea, nuestra agencia está para ayudarles —fue lo primero que dijo.
Todas sus palabras me sonaron huecas y programadas pero otra vez debí hacer uso de la razón sin apasionamientos. Sabía que para recuperar el auto, necesitaba tener a este hombre de mi lado.
—Le pido que la disculpe. La pobre está muy alterada con este asunto.
—No se preocupe, lo comprendo —respondió.
Algo pasó de repente porque luego ya no dijo nada más. Me quedé esperando que me ofreciera alguna solución, que me explicara el modo de recuperar el auto sin que tuviera que desembolsar dos mil dólares. Sin embargo, se quedó mirándome absorto. Recorría con su vista cada detalle de mi rostro, de mi total apariencia. Sus ojos clavados en mí como si de pronto hubiera caído en un hechizo que no podía romper.
— ¿Sucede algo? —pregunté comenzando a inquietarme.
Al escucharme sacudió la cabeza como despertando de su languidez.
—No…nada…disculpe…—se excusó avergonzado.
Yo no tenía tiempo para perder así que ignoré el asunto y fui directa a lo que me interesaba.
—Como ya sabe, nosotras no tenemos esa cantidad de dinero, señor Alvize. Pero me gustaría saber cómo podemos hacer para no perder el auto. ¿Existe alguna forma de que lo retengan aquí por un tiempo hasta que podamos conseguir el dinero? Le ruego, que comprenda que no podemos darnos el lujo de perderlo —intenté sonar convincente pero sin que pareciera un ruego.
Él suspiró profundo. Quise creer que deseaba ayudarnos porque necesitaba creer en algo que me dijera que la vida no era tan cruel con nosotras.
—La ley les permite un mes para recuperarlo. En ese tiempo su auto quedará bajo nuestra custodia. Le será devuelto en cuanto hayan hecho los pagos correspondientes.
Casi brinco de mi asiento.
— ¿Solo un mes? ¡Será imposible reunir ese dinero en tan poco tiempo! ¿Está seguro que no pueden extendernos el plazo?
Apretó los labios y negó con la cabeza.
—Lo lamento, solo tienen un mes o quedará embargado en el depósito de autos. La ley es rígida en su intento de sacar de las calles los vehículos no autorizados…—afirmó. No parecía dispuesto a transigir y mis esperanzas de llegar a un acuerdo se fueron al piso.
Me puse de pie molesta.
—Pues regresaremos en un mes. ¡No vamos a perderlo! —le aseguré. Me parecía que si lo afirmaba de aquella manera de algún modo se convertiría en realidad.
Él también se puso de pie.
—Lo lamento…
—No lo lamente. No necesitamos su lástima. Le juro que volveremos con el dinero —volví a asegurarle- ¿Podemos al menos sacar nuestras cosas?
—La ley establece…. —comenzó a decir.
— ¡Al diablo con la ley! —ladré enojada. Se me había acabado la paciencia y los buenos modales también se acabaron.
—Señorita, por favor…
— ¡Por favor nada! ¿Es que no ve que nos está despojando de lo poco que tenemos? ¿Es que las leyes las hacen solo para hundir más al que ya está abajo?
No respondió. Creo que mi súbito reclamo lo tomó por sorpresa. Otra vez, se quedó mirándome fijo sin decir nada.
— ¿Qué tanto me ve? —pregunté enfadada.
Esta vez respondió.
—Veo que es usted muy hermosa. Que nadie pensaría que ese auto es todo lo que tiene. Además veo que es una pena que una mujer como usted no tengan donde vivir.
— ¿De dónde saca eso?
—Su madre misma lo dijo…
Lo había olvidado. Pero de todas formas, no quería su compasión. Menos aquella que sospechaba venía acompañada de despropósitos.
—No le haga caso a mi madre, está alterada. ¡Claro que tenemos donde vivir! ¡No faltaría más! —aseguré otra vez imaginando que si lo repetía muchas veces se convertiría en realidad.
Me dirigí hacia la puerta para marcharme pero él me detuvo.
—Si no tiene donde pasar la noche…puedo ofrecerle un sitio para…
Escuchar aquello me hizo entrar en cólera.
—Pero… ¿Qué se ha creído usted? —le grité. En ese momento ya no me importaba nada.
—No lo tome a mal, señorita. La invitación la extiendo a su madre, por supuesto. Es que no puedo creer que una joven tan hermosa como usted…
No le di tiempo a terminar. Lo interrumpí furiosa.
—Escúcheme bien. No necesito su caridad, ni su casa, ni su lástima. Cuídeme el auto y ya nos volveremos a ver porque le juro que regresaré por él —le espeté y salí deprisa de allí cerrando la puerta con tal fuerza que parecía me quedaría con el pomo en la mano.
Afuera mi madre me esperaba ansiosa.
—Vámonos, madre. No tenemos nada que hacer aquí – dije tomándola por el brazo y dirigiéndonos a paso vivo hacia la salida.
— ¿Qué pasó? ¿Nos van a devolver El Chustro? —preguntó angustiada, caminando apresurada para mantenerse a la par de mi ritmo.
—No, mamá.
— ¿Entonces?
—Vámonos de aquí. Tenías razón, esos guapos son de lo peor.
— ¿Por qué lo dices? ¿Paso algo, hija? —su angustia se acrecentaba.
—El muy descarado me invitó a quedarme en su casa.
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Editado: 11.03.2024