Mis Dos Maridos

Capítulo 6

Capítulo 6

 

Se sentí increíble vivir allí. Mamá y yo nos levantábamos temprano a realizar nuestras labores. Ella preparaba el desayuno y yo lo servía. Luego regresaba a recogerlo todo y limpiar la loza.  A veces él tomaba sus comidas en el salón comedor, si estaba cargado de trabajo lo hacía en su oficina y en ocasiones le gustaba comer en la terraza. El señor Grimaldi no tenía las exigencias de otros patrones, jamás nos alzaba la voz, no hablaba de mal modo ni hacia pedidos descabellados. Eso era a lo que en cierto modo nos habíamos preparado a recibir porque es lo que se cuenta de las casas que tienen servicio pero en nuestro caso todo fluía con tranquilidad. Incluso, a pesar de ser una casa tan grande, su limpieza no me significaba un exceso de trabajo.

—Cocinar para una sola persona es mucho más fácil que para una familia entera —decía mi madre.

—Y limpiar una casa donde no hay niños ni mascotas ni nadie que la ensucie también es mucho más fácil —añadía yo para mi propio alivio.

Como no hubo manera que mamá tomara habitación propia, compartíamos juntas todo el día y la noche. Intercambiábamos impresiones, nos ayudábamos mutuamente y hablábamos mucho sobre él.

—No te parece que es muy extraño que un hombre como él sea tan solitario —me comentaba mi madre por lo bajo, cuando el señor Grimaldi ya se había marchado a trabajar y nos encontrábamos a solas ella y yo.

—A ver, madre… ¿Qué quieres decir?

—Pero, ¿es que no te has fijado? Llevamos ya un tiempo trabajando aquí y apenas recibe visitas, el teléfono nunca suena con llamadas para él y lo más importante…no tiene mujer siendo tan guapo…—soltaba mi madre con aquella tonalidad que siempre empleaba cuando algo le parecía un misterio.

Era cierto. Era un hombre solitario y de pocas palabras. En el mes que ya llevábamos trabajando allí, apenas sabíamos nada de él. Era amable, eso sí. Siempre daba los buenos días y no se retiraba a sus habitaciones sin antes agradecer que todo estuviera ordenado. Tampoco olvidaba alabar las artes culinarias de mi madre a las cuales había caído rendido como le vaticiné. Pero ya nada más.

Se levantaba temprano cada mañana, Se ejercitaba en el propio gimnasio que tenía en la casa y luego desayunaba. Después se daba un baño y salía vestido de la casa con traje y corbata, lustrosos zapatos italianos y un maletín donde cargaba su computadora portátil. Yo me asomaba por la ventana del piso superior para verlo partir y desde allí le susurraba una despedida: “Adiós, señor Grimaldi.” 

Luego regresaba en la tarde o ya entrada la noche. Mamá siempre le tenía la cena preparada aunque en ocasiones avisaba que tendría algún asunto de negocios y no comería en casa.  Comencé a extrañarlo aquellas noches en que no llegaba a cenar. Me había acostumbrado a verlo. A reconocer el sonido del motor de su auto al llegar, escuchar el tintineo de sus llaves en la cerradura, a escuchar sus pasos por el pasillo, a su saludo si nos encontraba todavía despiertas, a sus miradas furtivas, a su silencio, a respirar su propio aire.

—Eso no significa nada, mamá. Hay gente que elige la soledad porque así les gusta. No hay nada malo en eso.

—No estoy diciendo que lo haya, Kat. No me malinterpretes. Pero con lo rico y atractivo que es al menos una esperaría una cola en la puerta para verlo o un teléfono que no dejara de sonar preguntando por él.

No podía  negar que las deducciones de mi madre tenían algo de lógica.

—Quizás ve a su gente en la calle y prefiere reservar su casa a la privacidad. Y bueno, en cuanto al teléfono, seguro lo llaman al celular, mamá. Esa gente no es como nosotros, ellos siempre tienen saldo en su teléfono. Mejor aún, tienen planes de llamadas ilimitadas. ¿Recuerdas que antes nosotras lo teníamos? Mucho más lo tendrá un hombre como él. ¿Te has fijado que su teléfono es el último modelo IPhone? No sé cómo lo ha hecho, ni siquiera ha salido al mercado y ya lo tiene.

A mamá le brillaron los ojos con la sola mención del teléfono.

—A propósito de eso, Kat… ¡Esa plataforma que me instalaste en el teléfono es todo un éxito! ¡Tiene unas novelas que ni te cuento! —me dijo igual de entusiasmada que un chiquillo en navidad.

—No me lo tienes que jurar, madre. Hasta te he visto llorar con algunas…

—Es que esos hombres son todos unos malvados y prepotentes, Kat. ¡Le hacen una de cosas a la protagonista que ni te cuento! ¡Madre mía!

— ¡Ajá! ¿Y ellas luego los perdonan? —pregunté aun sabiendo la respuesta.

— ¡Pues, claro! Al final se tienen que quedar juntos. ¡No faltaba más! Después que me he bebido las lágrimas llorando por ellos no puede ser que no queden juntos.

— ¿Y ninguno muere? ¿O quedan separados? —pregunto.

— ¡Claro que sí! Algunas autoras son bien malvadas y los matan o los dejan juntos con la otra.

— ¿Entonces?

—Entonces lloro más…—me responde.

—Ay, mamá. Me alegro que hayas encontrado algo en que entretenerte pero no llores por novelas. Mira que nuestra vida es más patética que todas esas novelas.

—No digas eso, Kat. Nuestra vida ha mejorado mucho. Y todo gracias al señor Grimaldi que nos ha salido tan buen patrón.

Me quedó escuchándola. Tiene toda la razón. Todo es gracias a él. Nuestra vida ha dado un giro para bien gracias a él. Sé que lo voy a extrañar cuando me vaya y ya no lo vea más.

***

Aquella mañana cuando desperté no hubiera imaginado jamás lo que iba a suceder. Eran cerca de las diez de la mañana y el señor Grimaldi aún no se despertaba. Era un jueves, día de trabajo en que él solía comenzar su rutina desde muy temprano, como cada día de la semana. Solo se tomaba el domingo para descanso y en ocasiones ni siquiera eso.

— ¡Ay, madre mía! Mira la hora que es y el señor que todavía no se levanta —expresaba mamá en tono de alarma.




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