Mis Dos Maridos

Capítulo 7

Capítulo 7

 

— ¿Y si todo está bien por qué los nervios? —preguntó mamá apenas le dije que todo estaba bien y que el señor tomaría el desayuno en su oficina. Mi madre sabe leerme como a un libro.

— ¿Nerviosa yo? Es que creo que todavía tengo el susto de pensar que le había pasado algo. Eso es todo —respondí mientras iba colocando el desayuno en la bandeja.

Ella torció la boca en una escéptica mueca. Estoy segura que no logré convencerla. No le di tiempo a que siguiera sacando conclusiones y tomé la bandeja para dirigirme a la oficina del señor Grimaldi.

Él ya se encontraba allí pero no estaba sentado tras su escritorio como de costumbre. Se encontraba de pie frente a la ventana que tiene vista a la terraza, su vista clavada en el paisaje pero el pensamiento parecía alejado de todo aquello. Un rayo de sol le caía justo en los ojos pero no parecía molestarle. Me dio la sensación de que estaba preocupado por algo.

—Con su permiso, señor. Aquí le traje el desayuno —intenté hablarle en voz suave para no interrumpir cualquiera que fuera su pensamiento en aquel momento.

Me dio las gracias todavía mirando hacia afuera y sin voltearse a mirar. Pero cuando iba a marcharme me pidió que no me fuera. Entonces se volteó a verme.

— ¿Creías que me había muerto? —preguntó con una expresión que no pude descifrar.

—Discúlpeme, señor. Es que no es normal que usted duerma hasta tan tarde. ¿No tiene que ir a trabajar hoy? —respondí.

—Hoy no. Tengo otro asunto importante pero ya será en la noche.

Lo escuché sin responder nada y solo asentí con la cabeza en señal de que había comprendido. Cuando me disponía a irme para dejarlo desayunar, me retuvo con una observación inesperada.

—He notado como eres de apegada a tu mamá —me soltó el señor Grimaldi tomándome por sorpresa con su observación.

—Así es, señor. Solo nos tenemos la una a la otra. Mi madre es todo para mí.

—Entonces ¿Crees que estará de acuerdo en que me acompañes a una fiesta esta noche? ¿Tendrá algún inconveniente?

Aquello era lo último que hubiera esperado escuchar. ¿Acompañarlo a una fiesta? ¿Yo? La expresión anonadada de mi cara debió alertarlo de la sorpresa que me significaba aquella propuesta. Me quedé mirándolo perpleja.

— ¿Cómo ha dicho?

Él sonrió. Tomó el café de la bandeja y lo llevó a sus labios. La taza estaba humeante y tras la humareda pude ver sus ojos clavados en mí.

—Déjame contarte. Hoy no iré a trabajar porque hoy es la convención anual de empresarios hoteleros. Es una actividad importante que se celebra cada año. No iría a no ser por la importancia de hacer relaciones comerciales y negocios. Pero cada año es un tormento y me cuesta más asistir.

No sabía que decir pero tampoco quería quedarme muda frente a él y con cara de tonta.

— ¿Puedo preguntarle por qué, señor?

—Porque es un evento al que todos asisten con sus respectivas esposas o parejas y bueno…yo siempre aparezco solo y tengo que soportar las constantes preguntas y bromas sobre por qué nunca llevo a nadie. A decir verdad, la situación ya es molestosa. A veces hasta ponen en duda mi hombría…me imagino que comprendes lo que quiero decir.

—Comprendo, señor…

—Entonces se me ocurrió que quizás tú me puede ayudar.

— ¿Yo, señor? ¿De qué manera? —pregunté.

—Acompañándome. Solo que no una simple acompañante. Eso daría pie a otra ronda de preguntas sobre si somos parejas, cuando será el matrimonio, tu juventud les llamará la atención y ese tipo de cosas. La situación seguiría siendo molestosa. Quizás hasta peor…

Yo no respondía nada. Estaba tratando de comprender su propuesta y no atinaba a digerirla con rapidez.

— ¿Qué propone entonces?

Hubo una pausa de su parte. Devolvió la taza de café a la bandeja y miró otra vez por la ventana. Ahora el sol se asomaba en todo su esplendor y le iluminaba el rostro por completo.

Por mi parte, tenía los nervios asaltándome por todas las esquinas. ¿Qué me iba a decir? ¿Qué propondría? ¿Qué idea le rondaba por la mente?

Entonces despegó la vista de la ventana y me miró. Una suave brisa se coló por el pequeño resquicio de la ventana que no estaba cerrado por completo. Aunque aquella brisa me produjo un poco de frio, fue escuchar su propuesta lo que me dejó helada.

— ¿Quieres ser mi esposa falsa?

No pude dar crédito a mis oídos. Di un paso atrás y tropecé con la pared. El golpe fue leve pero logró sacudirme.

— ¿Qué quiere decir eso exactamente? ¿Ir juntos a esa fiesta y hacernos pasar por esposos?

Él ladeó la cabeza.

—Más o menos, eso es.

Negué con la cabeza. Su intención me pareció absurda por decir lo menos.

Pero él no se rindió y se dispuso a convencerme.

—Míralo de esta forma. Es un trabajo adicional de unas pocas horas por el que, por supuesto, recibirás un pago extra. No te requiere demasiado. Solo llegaremos juntos, saludaremos a algunos y charlaremos con otros. El invitado especial es un empresario francés y la velada seguro girará en torno a su figura y todos querrán hacerlo sentir bienvenido. Yo me encargaré de esa parte. Mientras, tú puedes reunirte con el resto de las damas. Pero no te asustes, no te dejaré sola mucho rato y te iré a rescatar pronto. Todo será cuestión de unas horas y el próximo día lo puedes tomar libre para descansar. ¿Qué te parece? ¿Me ayudaras?

Odiaba tener que decirle que no. Era la primera vez que me pedía un favor que no tuviera que ver con mis labores cotidianas. Y a decir verdad, la idea no me disgustaba. Hacía mucho tiempo que no iba a una fiesta ni confraternizaba con nadie. Mi mundo se había reducido a mi madre y yo.

—Tendré que avisarle a mi madre y solo iré si ella está de acuerdo —advertí.

—Por supuesto, no faltaría más. Ve y consúltale y regresa para decirme que te ha dicho —respondió animado y solo entonces se sentó a tomar su desayuno.




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