Capítulo 8
No tuve que invertir ni un solo centavo en arreglarme para la fiesta porque conservaba muchos vestidos y zapatos de aquella época en que vivíamos mejor y yo podía darme el lujo de comprar ropa de marca y calzado fino. Lo que no tenía eran ocasiones para lucirlos y ahora se me presentaba una que me hacía sentir entre nerviosa y entusiasmada.
Me maquillé con esmero y mi madre me arregló el cabello. Al final, ella hasta parecía más alegre que yo de que pudiera tener un rato de solaz y diversión.
—Te ves radiante —me dijo visiblemente emocionada.
Cuando bajé la escalera, él ya me esperaba en la sala. Estaba de pie de espaldas a mí pero se volteó a verme en cuanto sintió el ruido de mis tacones bajando las escaleras.
Se quedó boquiabierto cuando me vio. La expresión de su cara me hizo sonrojarme y sentí un calor subirme desde los pies hasta colocarse en mis orejas.
Él también lucia estupendo con un traje smoking negro y corbata de lazo. Los zapatos relucientes, el peinado hacia atrás y con un suave perfume varonil que emanaba de su cuerpo.
—Estoy impresionado. Te has transformado en otra mujer…—expresó sin poder sacarme la vista de encima. Luego me tomó del brazo y nos dirigimos en su magnífico auto hacia el salón donde se llevaría a cabo la convención.
— ¿A dónde nos dirigimos? —pregunté para hacer conversación y aplacar así un poco los nervios.
—Este año han elegido uno de mis hoteles para la convención. Iremos al Imperial International Hotel & Casino. ¿Lo conoces?
No pude menos que sonreír ¡Por supuesto que lo conocía! Había vivido unos días en su estacionamiento.
—Si —respondí.
Pude notar que él también buscaba hacer conversación. Quizás al igual que yo sentía que debíamos hablar para que la noche fuera relajada.
— ¿Cómo lo conoces? ¿Alguna vez te hospedaste en mi hotel?
—No precisamente…pero lo conozco.
Hubo un breve silencio pero pronto reanudó la charla.
— ¿Eres de la ciudad? ¿Dónde vivías antes de llegar a mi casa?
No deseaba mentirle pero tampoco quería decirle toda la verdad. No quería ventilar mi situación ni contarle la historia triste para que tomara lástima de mí. Barajeé mis opciones y me decidí por hablar a grandes rasgos sin dar demasiado detalles.
—Viví mucho tiempo en las estancias que quedan a la entrada de la ciudad pero en los últimos tiempos estuvimos en El Chustro…—me arrepentí de decir aquello en cuanto las palabras salieron de mi boca pero ya estaba hecho y no lo podía desdecir.
— ¿El Chustro? ¿Es un hotel? No lo conozco…
—Y espero que nunca lo conozca, es de lo peor. No fue buena esa experiencia, le daría 0 estrellas —le aseguré.
Seguimos conversando cosas triviales. Yo no me atrevía a preguntarle nada personal aunque me moría de ganas por saber. Había decidido disfrutar la noche. Quería conocer gente nueva, conversar con ellos, bailar, tomarme un par de copas y sentir que aunque fuera por una noche, podía volver a vivir la vida como lo hice antes. Anhelaba tener un respiro.
Llegamos al lugar y ya se encontraba bastante concurrido. Las mesas estaban hermosamente preparadas con delicados arreglos florales y pequeñas fuentes de agua. A un extremo se encontraba la cena estilo buffet y sobre la tarima una banda en vivo animaba la fiesta. Me gustó el ambiente de inmediato y así se lo hice saber.
—Me alegra que así sea. En cuanto a mí, solo me interesa hacer alguna conexión con el invitado francés a fin de concretar algún negocio. Todo lo demás no me interesa – Hizo una pausa y luego añadió: Aunque con tu compañía todo me parece mejor.
Nos ubicamos en un lugar céntrico desde donde teníamos buena vista de todo el que llegaba. Los saludos fueron incontables y muchos no pudieron ocultar la sorpresa que les causaba cada vez que el señor Grimaldi me presentaba como su esposa.
— ¿Hablas en serio, Frank? Pero… ¿Cuándo te casaste? —preguntó uno de sus colegas.
—Bueno, no importa. Permíteme felicitarte y, con tu permiso y el mayor de los respetos, déjame decirte que tienes una hermosa esposa —intervino otro.
Este tipo de comentarios se repitió toda la noche. A tal punto que sin ponernos de acuerdo ya sabíamos que teníamos que decir y cómo actuar para que no les quedara la menor duda de que habíamos contraído nupcias y yo era la señora Grimaldi. No negaré que me agradaba como se escuchaba en sus labios cada vez que lo decía:
“Les presento a mi esposa, la señora Katerina Grimaldi.” Era un sueño de presentación.
También notamos ciertos gestos en algunos donde nos miraban con asombro aunque se abstenían de comentar. Tal vez le chocaba la diferencia de edades o simplemente se negaban a creer en un matrimonio del que nunca se enteraron y al que nadie fue invitado. De todas formas, ninguno dijo nada y luego de la inicial sorpresa, seguían disfrutando la fiesta sin dar exceso de pensamiento al asunto.
— ¿Cómo la estás pasando? —me preguntó mientras nos acomodábamos en nuestro lugar a la mesa.
—Estupendamente —respondí con la mayor sinceridad.
Un camarero llegó a verter vino en nuestras copas y él propuso un brindis sin pérdida de tiempo.
—Por la mujer más hermosa de esta fiesta. Gracias por aceptar la invitación —dijo haciendo chocar su copa contra la mía mientras nos mirábamos con intensidad, pareciendo que no existiera nadie más a nuestro alrededor. El calor de su mirada me hacía estremecer, su cercanía me despertaba deseos que hasta entonces desconocía.
De pronto, la música fue interrumpida para anunciar con toda fanfarria la llegada del invitado especial.
“Con ustedes, el señor Renaud Lambert”
Una lluvia de aplausos siguió al anuncio y el invitado se dirigió a los presentes. Era un señor maduro de rostro afable y cabellos completamente blancos. Sonreía con algo de nerviosismo pero mantenía su porte aplomado.
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Editado: 11.03.2024