Mis Dos Maridos

Capítulo 9

Capítulo 9

 

Supe aquella noche que el famoso hotelero Renaud Lambert era propietario de la cadena de hoteles Maison Favart, donde quedarse una noche costaba una pequeña fortuna. Había creado su imperio a fuerza de trabajo desde muy joven y a sus casi setenta años se veía fuerte y robusto y todavía viajaba el mundo haciendo negocios y creando relaciones empresariales.

—Es impresionante lo que ha logrado ese hombre —le comenté al señor Grimaldi quien no dejaba de presentarme como su esposa a cualquiera que lo saludara. Siempre con una sonrisa y un destello de orgullo que parecía no querer ocultar. 

—Más impresionado estoy contigo —respondió convencido.

Su comentario no me pasó desapercibido.

— ¿Por qué lo dice? No he hecho otra cosa que acompañarlo, sonreír, estrechar manos y tomarme unas copas de vino —riposté.

Él sonrió con algo de picardía, con una expresión distinta que no le había visto antes. Se acercó a hablarme puesto que la música dominaba la escena y el bullicio de los asistentes se había transformado en tal barrullo que apenas se podía sostener una conversación.

—Porque pese a tu juventud y al empleo que tienes, sabes desenvolverte muy bien en este ámbito. Te he estado observando y no he pasado por alto que sabes manejarte. Conoces cómo tomar correctamente una copa de vino, sabes el orden en que se utilizan los cubiertos, cumples con el protocolo a seguir, dominas varios idiomas y tienes un aire refinado y exquisito que no puedes ocultar.

Sus observaciones me impactaron. Sin embargo, no deseaba convertirme en el tema de conversación. Tampoco me apetecía poner en manifiesto mi antigua vida  ni deseaba hablarle de como antes estuve acostumbrada a vivir muchas veces lo que estaba viviendo esa noche. No quería presentarme de forma que me hiciera contarle de los penosos días que había vivido apenas unas semanas atrás. Tampoco me interesaba entrar en detalles sobre nada de mi pasado. Tener que explicarle que mi madre biológica me había abandonado y que luego mi padre lo hizo tiempo después, no me parecía un tema agradable para conversar en medio de una fiesta. Ni fuera de ella. Ni después. Ni nunca.

—Me parece que exagera —señalé con modestia.

—Soy muy observador, Katerina. Todo lo que te he dicho no me lo he inventado. Te he estado observando detenidamente…y no solo aquí…—añadió.

Sentí erizarse cada cabello de mi cuerpo al escucharlo decir aquello. ¿A qué se refería? ¿A dónde pretendía llegar con ese comentario? ¿No solo aquí, dijo? ¿Dónde entonces? ¿En la casa mientras hago los quehaceres? ¿En su habitación cuando preparo su alcoba, cambio sus sábanas y huelo el perfume que deja en su camisa? ¿En la ventana cuando le susurro una despedida cada mañana que sale a trabajar? ¿Será posible? Me avergoncé de solo imaginarlo.

—No entiendo.

La música, que hasta el momento había sido un tanto escandalosa, cambió a notas de música suave y relajante al oído. Ahora podíamos escucharnos mejor y pensé que aprovecharía el momento para aclararme aquello de que había estado observándome. No obstante, se puso de pie y me extendió su mano para invitarme a bailar. Titubeé sobre qué hacer pero muy pronto recapacité. No podía negarle una pieza de baile a mi “esposo” con el que estaba “recién casada y feliz”. Le extendí mi mano y la tomó con delicadeza para dirigirnos al centro del salón donde ya varias parejas se encontraban bailando acompasados bajos los acordes de la música cadenciosa.

—Me doy cuenta que cada mañana te asomas a la ventana para verme ir —soltó a quemarropa y yo agradecía que no lo dijo mirándome a la cara sino con su mejilla pegada a la mía mientras danzábamos la pieza de baile. De lo contrario, hubiera visto cómo se me subieron los colores al rostro.

—Señor…yo solamente…—intenté decir.

—Shsss…no pasa nada. Me encanta verte hacerlo.

—Es que me gustaría explicarle que…

Me sujetó fuerte por la cintura con una mano y con la otra apretó la mía para continuar con sus observaciones que no hacían más que avergonzarme.

—No hay nada que explicar. ¿Qué puede tener de malo que una esposa se despida de su esposo al éste irse a trabajar? —susurró a mi oído.

Me detuve en seco para decirle.

—Bien sabemos que no soy su esposa —recalqué.

Él no se inmutó. Volvió a dirigirme con los suaves compases de la música y seguimos el baile como si nada.

—Todavía no, Katerina…todavía no…—dijo y volvió a repetir dejándome confundida con aquella frase.

Regresamos a la mesa cuando terminó el baile. Había llegado el turno de saludar al invitado especial. Ese era el momento esperado de la noche y el motivo más importante por el que había asistido a aquella fiesta. Todavía yo me encontraba nerviosa por sus palabras durante el baile así que me gustó saber que el enfoque se desviaría a otros temas. Necesita tener ese alivio.

El señor Grimaldi me hizo seña para que le ayudara a comunicarse con el señor Lambert lo que hice con gusto. Hacía tiempo que no practicaba mi francés y me entusiasmaba la idea de hablarlo. En especial, me agradaba saber que sería de ayuda para él.

Comme c’est agréable de ter saluer ce soir —dije para romper el hielo.

El invitado hizo un gesto de agrado al escucharme dirigirme a él en su idioma. Una vez superado el primer escollo, su actitud fue relajada y favorecedora en todo lo que se habló después. La conversación fluía tranquilamente. Yo les servía de intérprete pero muy pronto me di cuenta que permeaba una camaradería entre ellos como si se conocieran desde siempre. Lo sentí como un buen augurio hacia empresas futuras. Además, ambos se esforzaron en no permitir que el idioma fuera un obstáculo y eso hizo más efectiva la interacción.

Expresó querer volver a reunirse para hablar sobre posibles negocios en un ambiente menos festivo y más sosegado. No quise que aquel ofrecimiento se quedara en palabras y se fuera a perder semejante oportunidad por lo que concreté una cita para el siguiente lunes en la mañana. Al final de la charla, se despidió con efusividad, esbozando una amplia sonrisa y reconfirmando su interés en continuar la charla sobre negocios.




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