Capítulo 10
— ¿Es en serio eso de que vas a ir con el señor Grimaldi a trabajar a su oficina? —preguntó mamá moviendo la cabeza en señal de negación y sin poder creerlo.
Yo le devolví la mirada con igual escepticismo.
— ¿Y por qué no? A ver… ¿Acaso no dices siempre que tengo demasiada preparación para estar haciendo de sirvienta? Bueno, pues ésta es mi oportunidad. El señor Grimaldi me lo ha pedido y aunque sea solo por un día, estaré más que feliz de ayudarlo —expuse con el mayor convencimiento que pude reunir.
La noche anterior al regresar de la fiesta, encontré a mamá luchando contra el sueño pero ya medio dormida. La temperatura ha comenzado a descender con la llegada del invierno y ella estaba echa un ovillo bajo las cobijas. Todavía tenía en su mano el teléfono celular, seguramente cabeceaba leyendo alguna novela de esas a las que se ha vuelto adicta. Creo que al final los ojos la traicionaron cerrándosele.
Intenté hacer el menor ruido posible abriendo la puerta despacio para que su rechinido no la despertara. Me escurrí como pude hasta el cuarto de baño para ducharme y cambiarme a mi ropa de dormir. Luego me metí en la cama con extremo cuidado y total silencio. Intenté conciliar el sueño pero mi mente se negaba a relajarse pensando en todo lo que había acontecido aquella noche. Había sido, sin lugar a dudas, una noche mágica. Todo en ella me pareció fantástico. Hacía mucho tiempo que no tenía una salida tan amena e inolvidable. Recreaba en mi mente cada momento, cada palabra, cada segundo que pasé en su compañía y supe que jamás lo olvidaría. Sus ojos, sus manos, la manera en que me miraba y prestaba atención a todo lo que le decía como si fueran las cosas más extraordinarias que jamás hubiera escuchado. Luego el baile, sus palabras a mi oído y finalmente, la magnífica conversación que entablamos con el señor Lambert para posibles negocios.
A la mañana siguiente, mamá me preguntó por todo. Le conté como pasamos la velada y como todo fue increíble.
— ¡Todo me gustó! ¡Todo lo recordaré por siempre! —expresé feliz.
Terminé por contarle como el haber estudiado en el liceo francés me había venido de maravillas con el invitado más importante de la noche y las posibles buenas relaciones que podrían establecerse en el futuro.
Mamá me escuchó sin interrumpir, compartiendo mi entusiasmo y asintiendo con una sonrisa en los labios en señal de que se alegraba que la hubiera pasado bien. Pero su entusiasmo decayó cuando le conté que el lunes acompañaría al señor Grimaldi a su oficina. Le aclaré que solo sería por una vez pero mamá es un hueso duro de roer. Altamente suspicaz y de pensamiento rápido como pocas personas podrían ser.
—Hummm…—dijo con los dientes apretados y expresión poco convencida.
— En la tarde estaré de vuelta y todo seguirá igual que siempre —le aseguré.
—No sé…hay algo que no me gusta —insistía.
No quería ir sin que ella me diera su visto bueno. Habíamos pasado demasiadas cosas juntas y yo no soportaba la sola idea de hacer algo con lo que ella no estuviera de acuerdo.
—Lo que me inquieta en verdad no es que acompañes al patrón a su oficina. Me parece bien que lo ayudes si es que te lo ha pedido de favor. Lo que me inquieta es otra cosa, Kat…es otra cosa.
Luego se quedó en silencio y ya no dijo más. Su expresión, sin embargo, hablaba por ella. Se notaba que algo no le cuadraba del todo, algún asuntillo le rondaba el pensamiento.
—A ver, mamá… ¿Y me lo vas a decir o estas esperando a que yo lo adivine? —finalmente pregunté para acabar con el misterio.
Entonces lo soltó sin mucho preámbulo.
—Es tu cara, Kat…son tus ojos…es el brillo que veo en ellos cuando hablas de él…
Creo que me sonrojé. ¿Qué era lo que veía mi madre que yo todavía no me había percatado?
—No entiendo… ¿Qué quieres decir? —pregunta insulsa que salió de mi boca temiendo que su respuesta me dijera cosas que yo no pudiera comprender.
—El señor Grimaldi parece ser un buen hombre, es noble con nosotras y ha sido nuestra salvación cuando peor estábamos. No se puede negar que es un excelente patrón y debemos estar agradecidas por eso…pero…—dejo la oración en el aire y sin concluir llenándome con eso de zozobra.
Yo sabía que siempre luego de un “pero” venía un problema.
— ¿Pero qué, mamá? No me dejes en ascuas y dime que es lo que estás pensando —pedí, casi imploré aunque temía lo próximo que fuera a decirme.
—Es un hombre mayor, Katerina. Muy mayor para ti, casi te dobla la edad. Y esa emoción que veo en tus ojos cuando me hablas de él y esa devoción con que lo admiras puede estar causándote una emoción equivocada, una confusión… —afirmó con aplomo.
Por un segundo me turbé. No sé si fue que no comprendí o que no quise comprender lo que me decía.
—No entiendo… ¿Qué estas queriéndome decir? —otra vez el pánico se apodera de mí. Temo lo próximo que dirá y al mismo tiempo necesito escucharlo. Mamá me conoce mejor de lo que me conozco yo misma. Ella sabe interpretar cada una de mis palabras y puede detectar el brillo de mis ojos al primer destello.
—Te lo diré sin rodeos…Creo que te estás enamorando del patrón —soltó a quemarropa.
Casi caigo al suelo de la impresión.
— ¡Mamá! ¿Cómo se te ocurre? —ladré nerviosa.
—No se me ocurre nada, hija. Es lo que veo. Y te advierto que hasta cierto punto lo comprendo…
Me quedé escuchando atenta.
—El señor Grimaldi hasta ahora se ha comportado muy bien. Es amable, generoso, y tranquilo. No es prepotente ni déspota como pueden ser algunos señores de su posición. Además, es un hombre muy guapo y elegante para su edad. No me sorprende que todavía provoque suspiros entre las mujeres. Pero, escúchame bien, Katerina…- me tomó por los hombros antes de proseguir, asegurándose que la miraba a los ojos cuando me hablaba – No lo conocemos. No sabemos nada de su pasado, nunca nadie lo llama ni lo visita, ni siquiera su hija, si es que tiene una porque tampoco la hemos visto ni hay fotos de ella en la casa ¿No te da eso que pensar?
#3784 en Novela romántica
#1151 en Novela contemporánea
bigamia, amor romance dudas odio misterio, inseguridad confusión
Editado: 11.03.2024