Capítulo 11
Aquella mañana me fui temprano junto al señor Grimaldi a su oficina. La calefacción del auto tardó un poco en lograr una temperatura agradable pues debía luchar contra el frio que se recrudecía con cada día que pasaba de aquel invierno. Lo que se asomaban eran temperaturas gélidas y se pronosticaba un temporada alta de tormentas de nieve. Aunque llevaba gruesos guantes de lana, froté mis manos una con la otra luego de acomodarme el cinturón de seguridad en el asiento del pasajero de aquel formidable auto. El señor Grimaldi iba al volante. Se veía relajado y el clima parecía no afectarle manteniendo siempre el rostro afable y una perenne sonrisa.
— ¿Lista para la aventura de hoy? —preguntó mientras hundía el botón que abría los portones de la mansión. Un vaho salió de su boca al hablar pero él parecía inmune a todo aquello.
—Más que lista, diría que estoy un poco ansiosa...—respondí.
Se mostró sorprendido.
— ¿Eso por qué? —me dirigió una fugaz mirada como queriendo examinar mi rostro antes de recibir contestación.
—Temo defraudarlo. Sé que esta reunión con el señor Lambert es muy importante y me da miedo no poder ayudarlo como usted espera.
—No pienses eso. El solo hecho de acompañarme hoy ha hecho que valga la pena el intento. Ya verás…—respondió infundiéndome ánimo.
—Eso espero, señor.
Seguimos el camino charlando animadamente. Comienzo a darme cuenta que la elocuencia que mostró la noche que lo acompañé a la fiesta no fue producto de las copas sino que, en efecto, es un gran conversador, muy animado y que incluso se le oye alegre al hablar. La imagen que hasta entonces tenía de él como un hombre serio, callado y hasta misterioso, se va disipando a medida que nuestra amistad se va fortaleciendo.
Llegamos temprano pese a la congestión vehicular. Su oficina queda en el piso número diez de un gran rascacielos. Me impresiona su tamaño pero me causa aún más conmoción ver cómo la gente lo saluda con un respeto que raya en la reverencia.
—Buenos días, señor Grimaldi —lo saludan todos, desde el personal que trabaja tras el mostrador del vestíbulo hasta la última persona que encontramos al paso antes que finalmente entremos a su oficina.
—Todo el mundo lo conoce, señor Grimaldi —suelto una vez ya estamos adentro y me voy deshaciendo de mi abrigo y removiendo los guantes.
Se detuvo a mirarme.
—Todo el mundo me saluda, queras decir. No me conocen, solo me saludan —aclaró.
Era cierto. Asentí en señal de que comprendía y él me sonrió. Me gusta verlo sonreír. Me hace feliz ver ese instante de alegría que puedo provocarle con una palabra o una acción.
Comenzamos la mañana de trabajo con una explicación del plan que pretendía desarrollar con el señor Lambert. Me detalló los pormenores de la asociación a la que aspiraba. Un nuevo concepto de hotel boutique de esos que prefieren las altas esferas y que se distinguen por su exclusividad. El interés que tenía puesto en este proyecto era enorme y la importancia de que se lograra era todavía mayor. Intenté concentrarme en todo lo que me decía, absorbiendo cada dato con el propósito de sentirme preparada por las posibles dudas o preguntas que pudieran surgir. Él me lanzaba preguntas aquí y allá para corroborar que había comprendido y no fallé en mis respuestas ni una sola vez.
—Eres buena estudiante. Has comprendido a la primera —me señalaba cada vez que acertaba en mis respuestas.
Sus elogios alimentaban mi deseo de hacer todo bien y para cuando llegó el señor Lambert ya me sentía preparada no solo para traducir sino además para explicar el proyecto por completo. Así de confiada me sentía junto a él.
El señor Lambert llegó puntual a la cita. Vino acompañado de un joven asistente quien se mantuvo a distancia pero siempre atento y se aseguraba que todo fluyera con normalidad.
—Bonjour! —saludó al llegar.
—Merci d’etre venu. Aujourd’hui est un grand jour —respondí con entusiasmo.
Luego de los saludos iniciales pasamos rápidamente a la acción. Yo me mantenía en carácter de traductora pero con frecuencia el señor Grimaldi me animaba a que explicara cosas relacionadas al proyecto.
Al cabo de un rato y notando que la reunión llevaba un buen camino, se acercó a mi oído con discreción para hacerme un comentario.
“Eres buena llevando negocios”
Escucharlo decir aquello me animó y me brindó la confianza que necesitaba para hacerlo todo bien y no defraudarlo. Lo tomé como una buena señal de que el negocio iba por buen camino.
El señor Lambert estuvo muy cooperativo, prestaba atención a todo, asentía con la cabeza y observaba con interés el plano de construcción del futuro hotel.
“No tengo experiencia previa en negocios pero haré todo lo posible para que este proyecto se concrete” —ofrecí determinada. Hacía mucho tiempo que no tenía un reto como aquel y me propuse llevarlo a feliz término.
El tiempo pasó volando. Estimamos gastos y calculamos ganancias. En ocasiones, solo repetía lo que el señor Grimaldi me decía, pero en otras añadía información que hiciera más atractiva la oferta de asociación. Al final del día, creo que lo logramos.
El señor Lambert se despidió muy animado con la perspectiva de volvernos a reunir. La próxima vez con un contrato en mano listo para firmarse.
“J’ai aimé travailler avec vous” —dijo al despedirse y algo dentro de mí me gritaba que era cierto. Se había sentido cómodo con la propuesta y se llevaba una buena impresión de nosotros.
No bien se hubiera retirado de la oficina junto a su asistente y la puerta se hubiera cerrado, el señor Grimaldi mostró su euforia. Me tomó súbitamente por la cintura y me ciñó en un inesperado arrebato de agradecimiento.
—Este proyecto parece que va a concretarse y todo ha sido gracias a ti…—dijo.
#3778 en Novela romántica
#1150 en Novela contemporánea
bigamia, amor romance dudas odio misterio, inseguridad confusión
Editado: 11.03.2024