Mis Dos Maridos

Capítulo 12

Capítulo 12

 

 

—Tengo una buena noticia que darte, mamá —le dije animada. Estaba loca por contarle sobre la oportunidad de empleo que me estaba ofreciendo el señor Grimaldi, quería contagiarla con mi alegría.  

—Entonces andamos en las mismas…yo también tengo una buena noticia que darte —respondió.

Hacia tanto tiempo que no pasábamos cosas buenas ni teníamos buenas noticias que darnos que me pareció casi milagroso ver que al fin nos tocaba la buena fortuna.

—Pero, mejor habla tú primero que si no lo haces, explotas —dijo en tono jocoso al notar mi ansiedad por contarle.

Estábamos en la cocina y mamá daba los últimos toques a la cena. Un olor riquísimo se desplazaba por todo el aire como suele suceder cada vez que prepara sus platillos. Interrumpió lo que estaba haciendo y nos sentamos a la mesa a conversar.

—Pues quiero contarte que hoy me fue estupendamente bien trabajando en la oficina del señor Grimaldi. ¡Tanto así, que me ha ofrecido quedarme a trabajar con él! —exclamé feliz.

— ¿Lo dices en serio? ¡Qué maravillosa noticia! —respondió mamá eufórica, apretando sus manos entre las mías en reafirmación a sus palabras.

—Casi no lo puedo creer. Estoy contenta, mamá. Creo que al fin podemos ir dando por terminado los malos tiempos que vivimos y comenzar una nueva y mejor vida.

—Así es, hija. Ya era hora porque la verdad hemos trabajado mucho y lo merecemos. A propósito, de eso también se trata mi buena noticia…

— ¿Qué quieres decir? ¿De qué se trata? —pregunté llena de curiosidad.

—Fíjate que hoy estaba contando nuestro dinero. Ya sabes, el que estamos ahorrando. Pues bien, creo que ya tenemos suficiente para encontrar una casa y mudarnos.

Me sentí contrariada al escucharla. Fue una acción involuntaria que no pude evitar. Mi sonrisa quedó pasmada en mi rostro y el corazón se me fue a los pies. La idea de irnos de allí me causaba confusión y tristeza.

—Pero, no sé…quizás no debemos irnos. Aquí estamos bien, lo tenemos todo, estamos felices. ¿Por qué irnos? —solté aquella retahíla de cuestionamientos sin que mediara un pensamiento. Tan solo salió por mi boca toda la desazón que me causaba la idea de irme.

Mamá se puso de pie y se cruzó de brazos sin dejar de mirarme.

—Explícame entonces, Katerina. ¿Cuál fue la parte del plan que yo no entendí? Porque hasta donde recuerdo quedamos en trabajar aquí hasta que juntáramos el dinero que necesitábamos para irnos. ¿Dónde fue que me perdí en la historia? —ripostó mamá con ese tono que siempre emplea cuando quiere recalcar lo obvio.

Yo igual me levanté de la silla para responderle pero mis argumentos no le hacían ninguna mella.

—Pero ya conseguí un mejor trabajo sin necesidad de irnos. Aquí estamos cómodas y ahora ganaré más dinero y también…

—Ay, mira Katerina que yo te conozco bien…

El tono de sus palabras me estaba comenzando a poner nerviosa.

— ¿Qué quieres decir? —inquirí con la voz temblorosa.

— ¿De verdad quieres que te lo diga? Pues te lo diré. No quieres irte de esta casa porque quieres estar cerca de él,  porque te estas enamorando del señor Grimaldi.

Sus palabras me impactaron dejándome aturdida. Tuve que volver a sentarme en la silla porque sentí desfallecer avergonzada.

— ¡Mamá! ¿Cómo se te ocurre?

—No se me ocurre de la nada. Te desvives por él. Hasta te cambia la voz cuando lo mencionas. Llevo tiempo observándote, Kat  y es bueno que sepas que hay tres cosas en la vida que no se pueden ocultar: la pobreza, la gordura y el amor.

— ¿De dónde sacaste eso, madre? ¿De alguna de esas novelitas que lees? ¡Es absurdo! —reclamé todavía nerviosa, todavía negándome a aceptarlo.

—Lo saqué de ti misma, tus palabras y tus acciones me lo dijeron. Y te digo otra cosa…ahora sí que nos tenemos que ir —sentenció contundente.

—No entiendo tu prisa. ¿Por qué el afán?

— ¿Es que te lo tengo que explicar? No es correcto, no es conveniente y tampoco tenemos  necesidad de quedarnos. Es muy peligroso que vivas bajo el mismo techo del hombre de que estás enamorada.

—No insistas con eso.

— ¡Y tú no insistas en negarlo! No iremos de aquí. Si quieres trabajar con él en su oficina me parece bien pero de que nos vamos, nos vamos.

Cuando mamá habla de esa manera no existe argumento que pueda convencerla. Nada que haga o diga logrará que cambie de opinión. La conozco lo suficiente para saber que ni los ruegos, ni las explicaciones ni nada la hará cambiar de parecer. Mi alegría ahora se veía empañada por el hecho inevitable de mudarnos. Así que desistí de la posibilidad de quedarnos y opté por obedecer sin réplicas aunque aquella decisión me causara una tristeza infinita.

Aquel mismo día comencé a buscar un lugar a donde irnos. El dinero nos alcanzaba para un apartamento con al menos dos recámaras o tal vez una casa modesta. Marqué varios que no quedaban lejos de la casa para que así se hiciera fácil que mamá siguiera trabajando utilizando transporte.

Mi primer día de trabajo fue fascinante y agotador. Tenía mucho que aprender pero el señor Grimaldi era paciente y me explicaba de manera sencilla de modo que pudiera entender. Aunque mis estudios universitarios eran en Biomédica, pude emplear muchos de los conocimientos que obtuve en clases. Cuando terminó el turno y llegada la hora de marcharnos, me vi en la obligación de rechazar que me llevara de regreso a la casa.

—Señor Grimaldi…le agradezco pero tengo algo que decirle…

— Bueno, bueno…-interrumpió- ¿Qué tal si comienzas a llamarme Frank? -preguntó divertido- Lo digo porque ahora somos compañeros de trabajo y ya no tenemos que llevar tanto formalismo.

Aunque admitía que tenía razón sabía que me costaría acostumbrarme.

—Lo intentaré…señor…Frank.

— ¿Lo ves? Así está mucho mejor… ¿Y qué era lo que me ibas a decir? —preguntó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.