Mis Dos Maridos

Capítulo 14

Capítulo 14

 

Otras personas podrán pensar que mi boda fue triste pero para mí fue un día maravilloso. En aquella pequeña sala estábamos solamente mamá, Frank y yo. No hubo marcha nupcial ni un gran salón adornado con flores exquisitas. Tampoco tuve un séquito ni una limosina que me esperara a la salida. Apenas si tomamos fotos con nuestros propios teléfonos celulares.

La ceremonia la ofició el juez Miller quien es a su vez el mejor amigo de Frank y a quien conocí aquel mismo día.  Pero ni la sobriedad del lugar ni la falta de invitados o de una gran fiesta pudo opacar la alegría de nuestros corazones. Estábamos enamorados y felices y, hasta donde sé, eso es todo lo que se necesita para casarse. Lo demás son adornos que no podrán nunca sustituir el significado del verdadero matrimonio.

Frank me había preguntado qué tipo de boda prefería y yo mismo le había dicho que una discreta y sin pompas ni fiestas. No tenía un padre que me llevara al altar, tampoco amigas que sirvieran de damas porque las pocas que tenía fueron desapareciendo conforme mi situación económica iba empeorando. Si acaso me quedaban algunas, ya les había perdido el rastro con el pasar del tiempo. Le dije que si tenía a mamá a mi lado y lo tenía a él, eso era todo lo que necesitaba.

Frank, por su parte, me contó que su hija no respondió sus llamadas cuando le quiso contar sobre su futuro matrimonio. Me daba cuenta lo mucho que le dolía hablar de ella. Aproveché el momento para indagar sobre la madre de su hija pero solo me dijo que ella lo abandonó y se marchó con otro hombre. No la había vuelto a ver ni sabía nada de ella desde entonces.

—Desde hoy en adelante, atrás quedaran nuestras tristezas. Nuestras vidas comienzan en este día  y seremos muy felices —le prometí. Nunca le había hecho a nadie una promesa como aquella y tenía toda la intención de cumplirla.

—Así será, mi amor. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida —me respondió.

Yo le creí, quise creerle porque lo necesitaba, porque con él se abriría un nuevo capítulo en mi vida que había estado llena de abandonos y tan falta de una figura masculina. Al fin conocía el amor de un hombre y fue entre sus brazos que conocí otra manera de amar. Me convertí en mujer. Pero no en una de tantas sino en su mujer. Y no imaginaba que la vida pudiera ser más feliz.

Aquellos primeros días fueron gloriosos. Frank se tomó unos días para estar juntos y disfrutar nuestro amor. Aprovechamos para organizar nuestro viaje de bodas. Había elegido ir a Grecia porque ese país siempre me había parecido fascinante. Nos iríamos en cuanto él regresara de su viaje de negocios.

— ¡Como quisiera que nos fuéramos a Grecia hoy mismo! —le dije entre suspiros de amor una tarde que dábamos un paseo en su auto.

La temperatura había comenzado a descender, el frio se acrecentaba con cada minuto.  Pronto comenzó a nevar y caían copos de nieve sobre el cristal.  Él iba manejando con la vista fija en el camino y atento al volante, pero con su mano libre me acariciaba la mejilla.

—A mí también me apetece. Los días lejos de ti se me harán una eternidad. Pero no te preocupes. Será cuestión de unos días y pronto estaré de vuelta —replicó lamentándose tanto o más que yo.

— ¡Entonces nos iremos a conocer Grecia! —exclamé jubilosa.

—Así será…hasta el fin del mundo iría si es junto a ti —dijo mientras tomaba mi mano y la llevó hasta sus labios para besarla.

La inesperada nevada arruinó nuestro paseo y decidimos volver a la casa.

—Vaya, que ciencia tan inexacta es la meteorología. No se había anunciado nieve para hoy —dijo mientras tomaba la curva que nos regresaría a la casa.

—Tal vez sea mejor. Así podré preparar tu equipaje y ya desde mañana me sentaré frente al calendario a contar los días que faltan para tu regreso —dije risueña.

Al oírme decir aquello sonrió de una manera melancólica. Me dio la impresión que le enternecía escucharme decir aquellas cosas como si hiciera mucho tiempo que no escuchaba algo parecido o como quizás nunca antes nadie le había dicho. Yo le profesaba mi amor de mil maneras y aquellas palabras de reafirmación parecían hacerle un nostálgico bien.

A la mañana siguiente, su vuelo salía temprano. Yo le había dejado todo listo para que no tuviera que andar buscando nada a última hora. Me aseguré que tuviera la cédula, boleto de avión y pasaporte a la mano.  En su maleta puse varios cambios de ropa suficiente para los tres días que estaría afuera, su afeitadora y demás artículos de aseo. A modo de sorpresa, escondida entre sus ropas coloqué una nota cariñosa que escribí a mano. Quise imaginar lo feliz que se pondría cuando la encontrara.  

— ¡Cuídate mucho! Te voy a extrañar como si te fueras por un año entero...—le dije, acurrucándome sobre su pecho.

Él pasaba su mano por mis cabellos con delicadeza y ternura.

—Odio tener que separarme de ti. Pero pensar que serán solo tres días y luego nos iremos de viaje juntos me da el ánimo que necesito. Quiero que aproveches estos días para prepararte para irnos a Grecia. Piensa en eso y ya verás que la espera será más dulce.

—Lo haré, no lo dudes. Solo que todavía no te has ido y ya te extraño…

—Y yo a ti —dice y da un beso en la cabeza porque todavía estoy acurrucada sobre su pecho y no encuentro como separarme de él.

—Me llamas o me envías un mensaje en cuanto llegues. No estaré tranquila hasta que lo reciba ¿Esta bien?

—Descuida, lo haré. Y también pensaré en ti todos estos días. Y te llamaré en cada oportunidad que tenga.

— ¿Lo prometes?

—Por mi vida.

Por fin me retiro para que pueda tomar su equipaje. Afuera lo espera el taxi que lo llevará al aeropuerto. Montó su maleta en la cajuela y antes se subirse al auto se volteó a verme.

 Me dijo adiós con la mano y me lanzó un beso al aire que yo recibí en mi corazón.




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