Capítulo 17
Mamá y yo nos miramos con asombro. La expectativa de lo que pudiera pasar cuando abriéramos la puerta crispaba nuestros nervios. Podían ser buenas o malas noticias, quizás el fin de la espera.
—Yo abro, hija. Sea lo que sea, tenemos que enfrentarlo —expresó mamá con acierto.
Se asomó a la mirilla antes de abrir y su rostro denotó extrañeza.
—Es una mujer, una chica joven como de tu edad…
No pude imaginarme quien podría ser. No tenía amigas que me visitaran. Solo rogaba que no fuera periodista porque no me sentía de ánimos para conversar con nadie. Ni quería que la desaparición de Frank se volviera un circo mediático.
—Hazla pasar. No la hagas esperar que está frío allá afuera —indiqué al tiempo que me acerqué a la puerta para recibirla.
Nunca en la vida lo hubiera esperado. Conocía a aquella mujer. De hecho, la conocía desde hacía mucho tiempo. Estudiamos juntas en el liceo francés. Era la hija de Frank.
— ¡Alyssa! —dije con un sobresalto.
Ella entró sin darle tiempo a mi madre de invitarla a pasar. Se sacudió las botas sobre la alfombra y se desabrochó el abrigo, no como una visita sino como quien llega a su propia casa.
—No encontré mi juego de llaves y tuve que tocar…—soltó despreocupada- Veo que sabes mi nombre. ¿De dónde me conoces?
Su presencia en la casa me hizo sentir incómoda desde el primer instante, desde que me dirigió las primeras palabras. Había algo en la manera desdeñosa que nos miraba que no terminaba de gustarme.
—Te recuerdo del liceo. Estudiamos juntas algún tiempo —respondí.
— ¡Ah! Sí. Me parece haberte visto…¿Katerina, cierto? —dijo sin interés, como quien suelta una frase casual solo por decir algo.
Mamá no pudo ocultar su desaprobación a los modos altaneros de Alyssa, a su manera tan ligera de comportarse en medio de la situación tan terrible que vivíamos. Me miró como queriendo decirme que apurara aquella conversación para que la chica se largara.
—Me imagino que sabes que…—intenté decirle pero ella me interrumpió con brusquedad.
— ¿Qué cosa? ¿Qué te casaste con mi padre? ¡Por supuesto que lo sé! Y no puedo estar más en desacuerdo…
Hasta ese momento mi madre había guardado silencio limitándose a observar. No obstante, el comentario le sentó mal.
—Su padre es un hombre bastante grandecito como para poder elegir con quien se casa —espetó mi madre y temí que los ánimos se caldearan por lo que intervine antes que Alyssa alcanzara a responder.
—No creo que este sea el momento apropiado para hablar de esas cosas. Lo verdaderamente importante es que Frank aparezca. Ya llevamos mucho tiempo sin noticias y es una angustia insufrible.
Alyssa no se inmutó. Sus ojos divagaron por la sala observándolo todo, desde el piso, las paredes y hasta los muebles.
—No seas ingenua, Katerina. A estas alturas, no va a aparecer. Papá debe estar muerto —sentenció sin un ápice de dolor.
La frialdad de sus palabras me causó malestar.
—Pero… ¿Qué está diciendo? ¿De dónde saca eso? Además ¿Por qué lo dice así? ¿Es que no le conmueve? ¡Es la vida de su padre de la que estamos hablando! —vociferó mamá sacada de sus casillas, con los ojos desorbitados por la rabia.
Alyssa la miró con desdén de arriba abajo.
—Escúcheme bien, señora. No tengo que darle explicaciones de nada. Si a estas alturas mi padre no ha dado señales de vida es porque debe estar en el fondo del mar —ripostó con saña.
— ¡No! ¡No digas eso! ¡Mientras no confirmen su muerte, Frank estará vivo! —le grité.
Ya no me importaba guardar las formas. Estaba furiosa con esa hija ingrata salida de la nada, sin escrúpulos, sin corazón. Que nunca lo visitaba ni lo llamaba. Que llegó sin un gramo de consideración para con su padre ni respeto alguno hacia mi persona.
—Mire, señorita…si ha llegado a esta casa solo a mortificar, le ruego que se marche —dijo mamá, levantando el brazo señalándole la puerta.
Alyssa sonrió malévola a la vez que negaba con la cabeza.
—Mire usted, señora…las que se van a ir son ustedes dos —sentenció enérgica.
— Pero… ¿Qué te has creído? ¡Esta es mi casa! ¡Soy la esposa de Frank! No me iré de aquí hasta que aparezca y sea él quien me lo pida —respondí con la misma vehemencia que ella demostraba.
Alyssa ya se había desprendido de su abrigo y se paseaba por la sala cual domadora de leones. Recordaba bien aquella escena. En el liceo llegué a verla vapulear a compañeras de clase.
—Te equivocas, querida. Esta es mi casa, mi herencia. Soy hija única y tú has sido su esposa… ¿Cuánto tiempo? ¿Un mes? ¡Ja! Pobre diabla…
Mamá no se contuvo y la enfrentaba sin miramientos.
— ¡Pobre diabla serás tú! ¡Y ahora mismo te vas de esta casa! —atacó con rabia, mirando a Alyssa quien no se inmutaba ni parecía tomarla en serio.
Por mi parte, intenté hacerla entrar en razón.
—Escúchame, Alyssa. No quiero armar una guerra contigo. En estos momentos lo más importante es que tu padre aparezca. Ya luego veremos todo lo demás.
Alyssa guardó silencio aunque sin quitarme la vista de encima. Sentía su desprecio de una manera casi palpable. No solo en sus palabras sino también en su mirada despectiva. Era como si me odiara sin siquiera darse la oportunidad de conocerme.
Aproveché aquel silencio para hacerle ver lo que era obvio aunque ella no lo viera de igual forma.
—Tu padre podría estar vivo en alguna parte. Quizás aparezca en cualquier momento. Vamos a darle tiempo a que regrese…—intenté sonar convincente, apelar a sus sentimientos de alguna manera, ganar tiempo. Cualquier cosa menos estar en guerra con la hija de mi marido.
—Soy una persona muy práctica. No me dejo llevar por sentimentalismos. Lo único que sabemos con certeza es que él iba en esa avioneta que cayó al mar. Entonces la lógica dice que debió fallecer. ¿No crees?
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Editado: 11.03.2024