Mis Dos Maridos

Capítulo 18

 

Capítulo 18

 

El resto del día lo pasamos angustiadas pensando en todo lo que se nos venía encima. Sin embargo, aunque el asunto de Alyssa era preocupante, tener noticias de Frank era lo que ocupaba mi mente. Ya habían pasado 48 horas desde su desaparición.

—Las desgracias nunca vienen solas, Kat. ¿Te imaginas que otra vez nos quedemos en la calle? —la angustia de mamá era evidente.

Yo estaba absorta en mis pensamientos, mi mente dando vueltas a todos los posibles escenarios. Tragaba mis miedos para no desplomarme con ellos.

—No, mamá. Eso no pasará. Te prometí que nunca más nos quedaríamos en la calle ¿lo recuerdas?

—Claro que sí…pero es que esto es algo que está fuera de nuestras manos. Frank no aparece y esa arpía que tiene por hija no se tocará el corazón para echarnos —respondió y el rostro se le retorcía de coraje cada vez que recordaba a Alyssa y su prepotencia.

—Las cosas no serán así, madre. Aunque lleve poco tiempo de casada algún derecho he de tener. Solo será cuestión de trabajarlo con paciencia.

Mamá suspiró y pude notar como luchaba por mantenerse serena. Era comprensible que le aterrara la idea de volver a la calle y perder la seguridad que nos daba vivir en la casa. Ambas estábamos confundidas y sobrecargadas por tantos imprevistos.

Estábamos en eso, cuando sonó el teléfono y nos causó un sobresalto. Desde que Frank había desaparecido, cada toque de puerta y cada timbrazo nos ponían los nervios de punta.

— ¿Hablo con la señora Katerina Grimaldi? —preguntó la voz masculina al otro lado de la línea.

Sentí un escalofrío recorrerme toda la espalda ante la perspectiva de lo que fuera a decirme. Mi corazón brincó un latido y comenzaron a sudarme las manos.

—Con ella habla. Dígame en que puedo ayudarle —respondí ansiosa.

—Le hablamos desde el cuartel general de la ciudad. Hemos encontrado algunos artículos que podrían pertenecer a su esposo y necesitamos que venga a confirmar —instruyó con parquedad.

El pulso se me aceleró al escuchar aquellas palabras.

— ¿Y él? ¿Y mi esposo? ¿Lo han encontrado? —pregunté.

—No, señora. Todavía no hemos dado con él ni con ninguno de los pasajeros. ¿Cuándo podrá venir? —su tono tan formal, tan acostumbrado a tratar este tipo de cosas me helaba la sangre.

—Ahora mismo. Salgo en este momento para allá —respondí y colgué.

Me volteé a mirar a mamá quien esperaba impaciente por saber que me habían dicho. Su rostro azorado debió ser un reflejo del mío propio.

—Busca tu bolso, mamá. Necesito que me acompañes al cuartel de la policía.

Salimos sin pérdida de tiempo. El camino estaba aún cubierto de nieve y tuve que manejar con sumo cuidado y a poca velocidad. La lentitud con que avanzamos era un alivio y una tortura a la vez. Por un lado, atrasaba cualquier noticia y por el otro me agolpaba la angustia en el pecho. Cuando al fin llegamos, sentí que había atravesado continentes y no recorrido unas pocas calles.

—Disculpe que la hicimos venir bajo este clima…-fue el saludo que recibí al llegar- pase por aquí, por favor…—nos recibió el retén de turno y acto seguido nos dirigió hasta una oficina al final de un largo pasillo.

Observé varios policías, algunos atendiendo llamadas, otros haciendo apuntes en un organizador portátil y otros más en charla amena. Nos recibió un guardia vestido de civil, de esos que van directo al grano y no pierden tiempo en protocolos. Se presentó como el detective Muller.

— ¿Es usted la señora Grimaldi? —preguntó sin más.

Asentí con la cabeza incapaz de responder con las palabras que tenía atoradas en la garganta.

—Pase por aquí —instruyó a la vez que nos condujo hasta un cuarto con un rotulo que leía: “Salón de Evidencia.”

Mamá no se separó de mi lado ni un instante. Ambas quedamos en shock cuando reconocimos la maleta de Frank sobre la mesa. Di un respingo involuntario.

—Es… la maleta… de mi esposo…—logré articular trastabillando con las palabras. El detective asintió, creo que esa era la respuesta que esperaba.

—Como comprenderá, muchas maletas se parecen así que revisaremos el contenido para asegurarnos. Observe con calma todo lo que hay en el interior y dígame si reconoce algo. Tómese su tiempo, no hay prisa —instruyó.

Sobre la mesa se había formado un pequeño charco. La maleta estaba aún mojada y se escurrían pequeñas gotas por las esquinas. El detective abrió con cuidado exponiendo su contenido. Una fuerte emoción me embargó cuando lo primero que vi fue la nota que le había escrito y escondido entre sus ropas. De alguna manera, el papel quedó adherido al interior de tal forma que al abrirse era lo primero que se veía. Las letras borrosas por el agua descubrían mi letra. Un llanto ahogado salió desde lo más profundo de mi alma. No tenía ninguna duda. La maleta recuperada de las aguas era la de Frank.

—Sí, son sus cosas. Yo misma le preparé la maleta y le coloqué esa nota. No tengo dudas…-el llanto me ahogaba al hablar -

El detective cerró la maleta. Quizás estaba acostumbrado a este tipo de escenas pero lo vi tragar fuerte. Mamá me consolaba en un abrazo.

— ¡Ay, mamá! ¡Mi pobre Frank! —atiné a decir llorando sobre su hombro.

—Ya, hija, ya…

El detective cerró la maleta y nos dijo que luego avisaría cuando pasar a buscarla. Luego nos acompañó hasta la salida mientras nos explicaba la ley de búsqueda de supervivientes y recuperación de cuerpos.

—Tenemos que extender la búsqueda activa por dos semanas. Luego de ese tiempo, las personas son declaradas fallecidas.

Me limité a escuchar en silencio. El llanto no me permitía emitir palabra. Me aterraba aceptar que había enviudado a solo 18 días de mi boda. No podía asimilarlo, me negaba a aceptar que mi Frank estuviera muerto aunque todo apuntara a que así era.




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