Capítulo 20
—Le juré que volvería por mi auto y aquí estoy —solté a forma de saludo.
—Lo sé y la esperé cada uno de esos días —respondió saltándose el saludo él también.
Nos quedamos mirando un rato y pronto comenzó a inquietarme su mirada sobre mí, escudriñándome con una expresión de alegría en el rostro. Temí que él percibiera la misma expresión en el mío.
—Ya me dijo el empleado que el auto no está. No me sorprende, en realidad vine por insistencias de mi madre.
—Fue un mes muy largo —dijo y luego dibujó una tímida sonrisa.
—Vaya que lo ha sido. Pero no se preocupe, yo comprendo. Me he tardado demasiado en regresar y bueno…era de esperarse.
—Se tardó bastante más de un mes.
—La vida a veces se complica.
—Supongo…
Otra vez nos quedamos mirando ¿Qué hacer? Era embarazoso estar frente a él sintiéndome así de nerviosa y sin saber por qué.
—No le quito más su tiempo. Disculpe la molestia y que pase un buen día —me despedí y reanudé mis pasos en dirección a la salida.
Quería irme de allí lo antes posible. El corazón lo llevaba a galope y las manos con un leve temblor. ¿Qué tontería era aquella? Absurdo, totalmente absurdo.
Me mortificaba no poder negar que aquel hombre me trastornaba de una manera que no conseguía comprender. Quise alejarme porque, al fin de cuentas, llegué tarde, ya había perdido el auto y nada se podía hacer.
Casi llegaba a la calle cuando de pronto volví a escuchar su voz llamarme.
— ¡Señorita Katerina, espere!
Me detuve. ¿Ahora qué?
Él caminó hacia mí. Traía una amplia sonrisa, como si en una fracción de segundos todo hubiera cambiado y tuviera una buena noticia que darme.
Por increíble que parezca, así fue.
—He guardado su auto esperando que volviera a buscarlo —espetó escueto y sonriente.
Mi sorpresa no pudo ser mayor. Quedé estupefacta. Sí, esa es la palabra que mejor lo describe.
— ¿Qué está diciendo? ¿Todavía lo tiene? ¿No lo he perdido? ¿Está aquí? —las preguntas me salieron a tropel, atropelladamente una encima de la otra.
Él volvió a sonreír, tenía un aire triunfante.
—Así es. Lo retuve escondido en mi estacionamiento privado con la esperanza de que usted volviera por él. Y ya ve…no me equivoqué —se mordió el labio inferior al pronunciar las últimas palabras. Era perturbador verlo hacer eso.
— ¿Me está hablando en serio? —dudé por un momento.
—Lo juro por mi vida –dijo colocando solemne su mano derecha sobre el corazón- acompáñeme, vamos a verlo —invitó al tiempo que señalaba el camino con la mano.
Lo seguí hasta un pequeño estacionamiento privado que quedaba detrás de su oficina. Bajo techo, ventilado y victorioso allí estaba El Chustro compartiendo honores con su auto. Me causó verdadera alegría verlo sano y salvo.
— ¡Esto es estupendo! ¡No imagina la alegría que me causa! —expresé con humildad. Recordaba la actitud que mostré con él cuando tuve que dejar el auto y la paciencia que él demostró. Guardó mi auto a pesar de todo.
Abrió la portezuela para que yo pudiera examinarlo.
—Revísalo, está todo completo tal y como lo dejaste.
—No hace falta. Estoy segura que así es.
—Ahora tenemos que ponerlo al día para que lo pueda manejar libremente por las calles y que cumpla con la ley ¿De acuerdo? —preguntó satisfecho al ver mi cara de alivio y felicidad.
—Así lo haré. Estoy realmente agradecida.
Firmé todos los papeles necesarios y pagué el dinero para que volviera a ser mío. Fue un alivio enorme saber que no lo perdí y le expresé mi agradecimiento más veces de las que puedo recordar.
—Ya…ya está bueno. Sé que me lo agradeces.
—Es que usted no se imagina todo lo que he vivido. Significa mucho para mí que de pronto una persona tenga un gesto de bondad desinteresada.
Se puso serio al escuchar aquellas palabras. En seguida temí haber dicho algo incorrecto.
—Ni tan desinteresado…—respondió.
¿Qué quería decir? Por un momento sentí temor de lo próximo que diría. Fruncí el ceño y lo miré con desconfianza.
—Verá…el auto es suyo y yo me siento complacido de haber ayudado a que no lo perdiera. Ya me ha dado las gracias muchas veces. Pero a mí lo que en verdad me haría feliz es que me aceptara una invitación a salir, a tomar un café…no sé…a lo que usted quiera…
Aquello me dio mala espina. No estaba yo para salidas ni coqueteos.
—Vea usted, señor Alvize…yo le estoy profundamente agradecida pero no me malinterprete. Yo no estoy para salidas con nadie en estos momentos. Estoy enfocada en conseguirme un empleo y dedicarme a superar todo lo malo que me ha pasado. No estoy para nada más. Usted disculpe…
Para mi sorpresa, se le iluminaron los ojos en lugar de enfadarse por el rechazo.
— ¿Un empleo dice? ¿Le gustaría trabajar aquí? Estoy necesitando una asistente. Es mucho el trabajo de administrar tanto vehículo en esta ciudad.
Creí que me estaba tomando el pelo…
— ¿Es serio su ofrecimiento? Lo digo porque estoy a punto de aceptar una posición de mesera y, para serle franca, no estoy demasiado entusiasmada. Le pregunto sobre su seriedad porque la otra vez recuerdo que hasta me ofreció quedarme con usted en no sé qué sitio… —respondí.
— ¿Qué le ofrecí que cosa? ¡No! Créame que yo jamás le hubiera hecho un ofrecimiento tan descarado. En todo caso, le hablé de una pequeña casa que tenía desocupada. Usted y su madre hubieran podido vivirla en lo que encontraban donde mudarse.
No supe si creerle o no. El caso es que todo hubiera sido muy distinto de haberlo hecho. Pero ya era muy tarde para aclaraciones. Eso no cambiaba mi presente.
—Pero, volviendo a lo del empleo… ¿le interesa? Tiene buen salario y beneficios. Le aseguro que le gustará —se mostraba más entusiasmado con la idea que yo misma.
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Editado: 11.03.2024