Mis Dos Maridos

Capítulo 22

 

Capítulo 22

 

—Perdón… ¿Qué has dicho? —Matteo quedó paralizado al escuchar mi confesión. Colocó despacio la taza sobre el platillo y noté su mano inquieta. Luego me miró de frente y puso toda su atención en mí, permaneció inmóvil, sin apenas parpadear.

Sabía que había abierto una caja de pandora pero tenía que hacerlo. No quería ocultarle algo tan importante, no se lo merecía.

Lo imité descansando mi taza y lo miré de igual manera, directo a los ojos. Estaba dispuesta a contarle la razón que me impedía aceptarle una invitación.

—Tendré que hacerte un cuento corto de una historia larga.

Matteo se acomodó en su asiento. Su rostro se tornó sombrío, como si presintiera la pesadumbre de las palabras que iba a decir.

— ¿Voy a necesitar más whiskey?

—Quizás…

Suspiré profundo. Era la primera vez que relataría a alguien lo sucedido y no fue hasta ese momento que comprendí lo duro que era hablar de Frank en el pasado.

—Mi madre y yo pasamos por tiempos muy difíciles donde no teníamos donde vivir. Luego del incidente con el auto, aquel día que nos conocimos, comencé a trabajar en una casa. Con el tiempo me casé con Frank, el dueño de aquella casa. Todo iba perfecto pero cuando llevaba apenas 18 días de casada, mi esposo tuvo un accidente. Iba en una avioneta que cayó al mar y su cuerpo nunca fue recuperado.

Sus ojos ahora reflejan una mezcla de asombro, pena y compasión. No es lo que deseo, pero aprecio su solidaridad. Siento que es justo lo que necesito.

—Espera… ¿te refieres a esa avioneta que cayó el día de la tormenta de nieve? ¿De la que tanto hablaron en las noticias? —inquirió. Ahora el asombro se ha impuesto sobre la pena.

—Sí, mi esposo era uno de los pasajeros. Solo recuperaron su maleta que encontraron flotando, pero nada más.

Matteo se queda pensativo. Toma un sorbo de su café mientras parece meditar las próximas palabras que me dirá. El momento no es agradable, sin embargo, siento mi carga más ligera, me he quitado de encima el enorme peso de guardar un secreto.

—Lo lamento.

—No te preocupes, voy sanando poco a poco.

—Sin embargo…

Dejó el pensamiento incompleto. Comprendí que deseaba decirme algo y yo quería escucharlo.  No me interesaba tener su opinión a medias tintas, así que le pedí que me dijera lo que estaba pensando. Tomó una pausa y completó el pensamiento.

—Sin embargo, no eres una mujer casada, Katerina. Eres viuda —asestó.

Era la primera vez que escuchaba a alguien referirse a mí con ese título. Estaba tan aferrada al sueño del regreso de Frank que no concebía la idea de que me había convertido en viuda. ¡Viuda! Ese era mi nuevo estado civil. Ni siquiera se me había cruzado por la mente. Me estremecí hasta los huesos al percatarme de mi nueva realidad.

—Quizás lo soy. Pero necesito que entiendas que mi esperanza aún no ha muerto por completo. Que mientras él no aparezca -vivo o muerto-siempre existirá para mí la posibilidad de su regreso —expresé con total sinceridad, hablándole con el alma.

—Comprendo que así lo sientas. Pero creo que estás dejándote llevar por lo que deseas y no por la realidad. Los hechos son los hechos y debes manejarlos de manera objetiva. Analiza que si tu esposo estuviera vivo en algún sitio, ¿Por qué no ha regresado? ¿Por qué no te llama o te da una señal de vida? Piénsalo, no tienes fundamento para esperar su regreso. Lo que tienes es una vida por vivir.

Hubo un silencio después de aquellas palabras. Lo que Matteo expresaba era un llamado a abrir los ojos, a apartar el corazón de la razón, a despertar de mi sueño ilusorio.

—Acepto que tienes la razón. Es lo mismo que me ha dicho mi madre. Aunque no lo creas, también me lo he dicho a mí misma en algún momento. Pero la buena noticia es que estoy saliendo de esa oscuridad, que los tiempos han mejorado, que gracias al trabajo mantengo mi mente ocupada y que, en especial,…tengo tu amistad, Matteo Alvize.

Entonces mirándome con los ojos colmados de entusiasmo me dijo algo que no esperaba, lo dijo con dulzura, cuidando cada palabra antes de dejarla salir.

—Y mi amor…porque si todavía no te has dado cuenta…estoy enamorado de ti —soltó suave, tierno y apasionado al mismo tiempo.

La declaración me tomó por sorpresa y no supe reaccionar.

— ¿No te parece que es muy pronto?

—Me parece que es muy tarde —respondió sin titubear —Te lo hubiera dicho desde la primera vez que te vi. Porque creo que desde ese mismo día me enamoré de ti. Y aun así me hubiera parecido tarde porque debí conocerte antes en la vida, debí conocerte desde el día que nací o acaso antes de nacer si fuera posible. Creo que desde entonces, ya estaba enamorado de ti.

¿Qué es lo que se supone que uno responda a esto? ¿Dónde pongo la mirada? ¿La sostengo en sus ojos? ¿La esquivo para no sonrojarme? ¿La mantengo en la pronunciada curvatura de sus labios al hablar y decirme las palabras más hermosas que jamás escuché? ¿Qué hago?

El café comenzó a enfriarse. Él apuró el suyo y yo comenzaba a lamentarme no haber puesto whiskey a mi taza. Lo necesitaba.

—No quiero que me malinterpretes. No estoy pidiendo que te olvides de todo y me aceptes en tu vida. Pero hoy ha sido un día de confesiones. Me has dicho tu verdad y yo te he confesado la mía. Pero sabré esperar el tiempo que necesites. Solo te pido, que no te niegues la oportunidad de vivir por seguir tras un recuerdo, no lo hagas.

***

Aquel día se convirtió en el primero de muchos que compartimos. Fue como un despertar a la continuidad de la vida. Era maravilloso trabajar junto a él, reírnos de bromas tontas, contarnos cosas, estar a su lado. Matteo supo llenar todos los espacios vacíos que la vida me había dejado. Fue paciente, divertido, encantador, y siempre guapísimo. Cada día que pasaba me unía más a él hasta que llegó el momento en que el pasado había quedado tan lejano que se perdió en el horizonte.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.