Mis Dos Maridos

Capítulo 25

Capítulo 25

 

Los primeros días fueron de ensueño. Matteo besaba mi vientre en cada oportunidad y mamá cuidaba de que yo no hiciera el mínimo esfuerzo.

—Ya basta ustedes dos. Estoy embarazada, no enferma —les repetía con frecuencia aunque mis palabras siempre cayendo en oídos sordos. Actuaban como si me hubiera convertido en lisiada y no en una mujer en sus plenas facultades. Era insólito aunque por otro lado, no voy a negar que apreciara el amor y los cuidados.

La felicidad por la noticia de mi embarazo apenas me duró unos días cuando recibí una llamada de la policía. Comencé a temblar en cuanto escuché la voz aplomada al otro lado de la línea. Aunque pienso que las noticias deben darse sin rodeos, me tomó por sorpresa su estilo directo y escueto.

“Lo sentimos mucho, los restos encontrados no muestran evidencia de ser los del señor Grimaldi. Han dado positivo en pruebas de DNA en pertenecer a dos personas distintas. Se trata del piloto y el copiloto de la avioneta. Todavía nos falta corroborar…” Ya no escuché nada más a partir de ahí. Todo se volvió borroso, hasta tuve que sentarme porque comencé a sentir ligera la cabeza.

Es tan difícil explicar lo que siento. No es que me hubiera gustado que fueran los restos de Frank pero deseo dar cierre a esta historia. Por desgracia, el final se escabullía cada vez que lo tenía cerca. Era el cuento de nunca acabar. Le di las gracias al funcionario y colgué con un leve temblor en las manos.

Le había contado a Matteo sobre la visita de la policía aquella tarde y sobre la posibilidad de que los restos encontrados fueran los de Frank. Se mostró comprensivo pero creo que no le dio mayor importancia. Tal vez el hecho de haberle dado dos noticias simultáneas, hizo que se enfocara en la que le causaba felicidad y echara a menos todo lo demás. ¿Qué ganaba con preocuparse? ¿Por qué entristecerse por una muerte cuando debíamos celebrar la vida que venía en camino? Era de suponer que pensara así. Al fin de cuentas,  hay cosas que no tienen remedio y la muerte es una de ellas. De la muerte no se regresa y Frank estaba muerto, fueran aquellos sus restos o no. En cuanto a mí, tenía que aceptar que aquel episodio de mi vida era un túnel oscuro, de esos en los que no brilla una luz al final. Así debía aceptarlo y continuar con mi vida. Por el bien de todos.

Mi vientre iba creciendo. Mamá lo media cada día con una cinta métrica. Estaba obsesionada con la idea de tener el bebé entre sus brazos.

—Cuando llegaste a mi vida ya tenías dos añitos, Kat. Nunca he tenido un recién nacido en brazos y estoy ansiosa esperándolo —decía.

Decoramos el cuarto del bebé con colores neutrales. Contrario a otras parejas, decidimos que no queríamos saber el género del bebé hasta el día que naciera. Eso nos daba otro motivo para charlar y mantenernos a la expectativa. Mamá deseaba un varón, yo una niña y Matteo sería feliz con cualquiera de los dos.

Los meses volaban. La panza crecía. Los nervios se acentuaban.

Hasta que llegó el grandioso momento. Los dolores de parto llegaron de manera inesperada, incluso unas semanas antes de la fecha que había establecido el ginecólogo. Fue un alumbramiento natural y laborioso. Ambos, Matteo y mamá, pudieron estar presentes en la sala de parto. Me agarré de sus manos con fuerza y así traje al mundo a mi hijo. ¡Un hermoso niño! Sus pequeños pulmones se llenaron de aire y lanzó el primer llanto. Era un niño sano y robusto, completo con todas sus extremidades y hasta conté sus dedos para asegurarme que no le faltaba ninguno. Mamá soltaba lágrimas de felicidad, Matteo estaba estremecido hasta los huesos. Y yo estaba jubilosa. Nunca en mi vida había sido tan feliz.

Le llamamos Randy,  una versión diminuta de Randolf, el nombre de mi padre. Cuando lo llevamos a la casa me parecía que no podía existir mayor felicidad que aquella. Desde el primer momento el pequeño se apoderó de nuestros días y nuestras noches. Era vigoroso y saludable. Crecía a una velocidad pasmosa y más pronto de lo que pudimos imaginar, ya andaba a gatas y se desplazaba por toda la casa. Su risa y su llanto se escuchaban con frecuencia uno seguido del  otro. Dejaba sus juguetes regados por todos lados. La vida se había convertido en una caóticamente hermosa.  

La tarde que él regresó me tomó por sorpresa. Después que pasa el tiempo suele llegar el olvido, como nubes que ocultan el sol. Así que él se había convertido en humo, en una sombra, en una silueta oscura e indefinida. Su recuerdo se había desdibujado en mi memoria de tal forma que me parecía pertenecer a otra vida, una que no era la mía.  

Un día cualquiera, cuando menos lo imaginé, tocó a la puerta. Mamá se había llevado al niño a su casa, Matteo estaba trabajando y yo me encontraba sola, haciendo los quehaceres del hogar. Todavía sostenía el pomo de la puerta en mi mano y tuve que sujetarme de él para no perder el equilibrio. Nunca se prepara uno para recibir un fantasma.

No sé cuánto tiempo me duró el estupor. Acaso unos segundos aunque se sintieron como siglos.

— ¡Frank…! —logré articular, nerviosa, con una leve inflexión de voz, tensa como las cuerdas de una guitarra.

Estaba allí bajo el umbral de la puerta. Lucía más delgado que la última vez que lo vi, su cabello recortado y su piel con un tono un tanto más pálido. Pero era él. No quedaba duda, era Frank. Mi marido estaba vivo.

— ¡Katerina! ¡Qué alegría! ¡Creí que jamás volvería a verte! —Su voz denotaba la emoción contenida, los ojos humedecidos. Vacilamos sobre qué hacer. ¿Solo un saludo? ¿Bastaría una sonrisa? ¿Un estrechón de manos? ¿Un beso? ¿Un abrazo? Al final no hicimos nada.

¿Puedo pasar? —inquirió.

Me eché a un lado.

—Disculpa…claro, por supuesto…

Frank se notaba nervioso. Supongo que no todos los días se regresa de la muerte y se va a visitar a los que dejaste en el pasado. Y también supongo que yo no estaba preparada para recibirlo.




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