Mis Dos Maridos

Capítulo 27

Capítulo 27

 

— ¡No! ¿Pero cómo se te ocurre? —respondí tan veloz como me fue posible.

Frank sujetaba el osito de peluche azul con su mano y me miraba como buscando una explicación. Me vi en un aprieto al tener que confesarle una verdad para la que todavía no me sentía preparada. Pero no había manera de explicarle sin darle un baño de realidad.

—Es cierto que tengo un hijo pero, como comprenderás, ha pasado demasiado tiempo. No es posible que sea tuyo —solté intentando llevarlo a la realidad de los hechos, a que usara la lógica.

Su cara se descompuso al escucharme. No respondió nada y otra vez se instaló entre nosotros aquel silencio que me atormentaba.

—No tengo manera de saber qué edad tiene el niño…podría ser mío —insistió.

—Es apenas un crio que no cumple todavía su primer año. Frank, por amor al cielo, entiende que tardaste demasiado en regresar.

Entonces su expresión cambió de súbito. Se le enrojeció la cara y chasqueó la lengua por el disgusto.

— ¡No fue mi culpa! ¡Tuve un accidente! —gritó alterado. Nunca me había levantado la voz de aquella forma.

Quise calmarlo. Traté de hacerle entender que no servía de nada alterarse, que los hechos no iban a cambiar. 

—Lo comprendo. Pero entiende tú también que te esperé, que te lloré creyéndote muerto y aun así no me di por vencida fácilmente. Yo seguí aferrada a tu regreso aun cuando no dabas señales de vida. Hablé con la policía cada vez que tuve que hacerlo. Todo sin éxito, callejones sin salida, batallas perdidas. ¡Y la vida sigue, Frank!

De nada sirvieron las explicaciones, hizo caso omiso a mis palabras.

— ¿Quién es el padre? —Preguntó con sequedad, — ¿Es él el dueño de esta casa? Bastante trabajo que me dio conseguirte y ahora te encuentro instalada en esta casa como la gran señora. Dime, ¿es él?

—Sí, él es mi esposo. Tal como lo has dicho… —riposté. Se habían acabado los buenos modales y la camaradería entre nosotros, nuestras palabras se convirtieron en puñales.

—Así que esas tenemos… ¿Te casas con cada dueño de casa que conoces? Claro, cualquier cosa es mejor que vivir en un auto —sus palabras fueron un golpe bajo.

—Te ruego que moderes tus palabras y no me ofendas —respondí sin poder evitar el dolor que me causaba escucharle decir eso.

No se retractó. Por el contrario, parecía cada vez más furioso.

—Te diré una cosa. Lo que has hecho se llama bigamia y es penado por ley. No puedes casarte con un hombre estando ya casada con otro —advirtió.

Era inconcebible. ¡Qué bríos los suyos venir a reclamarme de aquella forma! Además, esa explicación sobre las leyes… ¿Qué quería decir? ¿Pensaba acusarme?

— ¿Es que no comprendes? ¿Es que tengo explicarte lo obvio? Ante el mundo y ante la ley yo era viuda. No hay fuerza legal que me acuse.

—Eso lo veremos, Katerina. Yo estoy vivo y eres mi esposa. Nuestro matrimonio fue primero y es el único válido. Además…—hizo una pausa—además…

— ¿Además qué?

—Además yo todavía amo. Me jugué la vida por ti y voy a luchar con las armas que tenga. Todo se vale en el amor y la guerra. Todo. ¿Entiendes? ¡Esto no ha terminado! ¡Te quedarás conmigo quieras o no! —gritó vehemente con los ojos encendidos en llamas.

— ¡Vete de mi casa! No tienes ningún derecho a venir aquí a amenazarme.

— ¡Claro que me iré! Pero sabrás de mí. Eres mi esposa y voy a exigir que anulen tu matrimonio —ladró antes de marcharse dando un portazo que hizo retumbar las paredes.

La tensión se apoderó de mí. Jamás hubiera imaginado el regreso de Frank de esta manera. Ese que acababa de marcharse no era el hombre que yo conocí y al que amé con locura. Mamá entró con el niño poco después. Me encontró estupefacta sentada en el sofá intentando recuperar la calma.

— ¿Qué pasó, Katerina? Los gritos se escuchaban hasta mi casa…

—Era Frank, mamá. Regresó…está vivo…—respondí todavía absorta en mis pensamientos.

Mamá colocó a Randy en el sofá, en medio de nosotras. El niño tomó el osito de peluche azul entre sus manos. Increíble pensar que un objeto tan inocente hubiera sido el detonante de la ira de Frank.

—Lo vi llegar por la ventana y casi muero de la impresión, Kat. ¡No podía creer que estuviera vivo! ¡Ni en las mejores novelas que leo pasan cosas así! Pero, cuéntame lo que pasó. No quise venir para que no viera el niño pero…cuéntame…

Le conté todo lo que me dijo y como supo que tenía un hijo.

— ¿Hablas en serio? ¿Qué le pasó? ¿Se volvió loco con la caída de la avioneta? ¿Cómo se le ocurre acusarte de bigamia? ¿Qué pretende? —mamá negaba con la cabeza. Ella tampoco podía creer lo que acababa de pasar.

No sabía qué hacer. Aquella situación me puso los nervios de punta. Frank no se parecía en nada al hombre que conocí y tampoco parecía dispuesto a darse por vencido. ¿Qué hacer? Seguro necesitaba asistencia legal con el asunto de la acusación de bigamia. ¿Llegaría a ese extremo? ¿Será cierto eso de que el único matrimonio válido era el de Frank? La cabeza me daba vueltas.

Mamá me aconsejó que buscara asistencia legal. No conocía ningún abogado, mucho menos uno que se dedicara a este tipo de asuntos. Busqué información en internet y no me gustó lo que encontré. Una página especializada en asuntos civiles establecía que se encontraría culpabilidad a menos que el marido anterior hubiera estado ausente durante cinco años sin que en dicho tiempo le constatara a la esposa que su cónyuge vivía. Ese no era mi caso, Frank había estado ausente menos de cinco años. Más allá de eso, también declaraba que podrían ser hallados culpables el nuevo esposo y hasta la persona que ofició la ceremonia. Comencé a asustarme. ¿Sería Frank capaz de denunciarme y enviarme a la cárcel? Me costaba creerlo pero reconocía que Frank ya  no era el mismo hombre que yo conocí. Saberlo me devolvía a la realidad.




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