Mis Dos Maridos

Capítulo 34

 

Capítulo 34

 

Sentí que desfallecía de la impresión. Matteo me estaba echando de su vida. Se mostraba inflexible y no le interesaba escuchar mis razones.

— ¿Cómo es que me dices algo así? Admito que cometí un error al no contarte lo que estaba pasando. Fue una estupidez de mi parte. Lo acepto, actué mal pero te pido perdón —mi voz salía desde lo más profundo de mi alma, tenía el corazón lleno de tristeza.

—Ahora es fácil pedir perdón. ¿No te has puesto a pensar en cómo me sentí cuando no aparecías y luego llegó ese hombre a decirme que habías regresado con él? Me dijo que lo preferías a él, que incluso no me molestara en llamarte porque no me atenderías. Luego te llamé, lo hice varias veces y no contestabas el teléfono y tampoco aparecías ¿Cómo crees que me sentí? —ladró lleno de coraje y dolor. Lo pude sentir herido y reconocía que eran justos sus motivos.

Me quedé observándolo con intensidad. Clavé mis ojos en los suyos. Quería decirle, no solo con palabras sino también con la mirada, lo mucho que lo amaba. Necesitaba que entendiera que todo fue un mal entendido. Pero se volteó hacia la pared como si no resistiera sostenerme la mirada. Yo di unos pasos y me ubiqué nuevamente frente a él. Si de verdad no iba a perdonarme, si me iba a sacar para siempre de su vida, necesitaba que me lo dijera de frente.

—Sé cómo te sientes. No solo lo sé sino que lo comprendo. Es entendible que estés dolido, que te sientas mal. Pero te juro que jamás te abandoné. Que no me fui a voluntad propia sino que Frank me entrampó y me llevó a su casa a la fuerza. Tengo testigos de que me retenía en contra de mi voluntad. Además, Frank ya nunca más será un problema…—solté.

Matteo preguntó a que me refería y le conté sobre la muerte de Frank. La noticia le impactó pero igual se mostró intransigente.

—Lamento lo sucedido pero eso no quita tu falta de confianza. Yo creía ser la persona más importante de tu vida, a quien le confiarías todo. Luego resulta que está sucediendo un mundo de cosas importantes y nunca las compartiste conmigo. ¿Cómo crees que me siento? ¿Cómo crees que puedo volver a confiar en ti?

Sentía una gran frustración al escucharlo. Sus reclamos eran válidos pero dolían en extremo.

—Tienes razón. Te he fallado. Quise hacer las cosas a mi modo pero todo salió mal. Te pido, te vuelvo a pedir, te ruego que me perdones y salvemos nuestro matrimonio, nuestra familia —supliqué una vez más.

Lo tenía frente a mí y su mirada gélida congelaba todo mi ser. ¿Es que pensaba echar por la borda todo lo que juntos habíamos construido? Parecía que sí.

—Te amo, Matteo. Eres el único y verdadero amor de mi vida…—añadí abriéndole por completo el corazón.

No respondió nada. Me costaba creer que aquel era el mismo Matteo que luchó por mi amor con tanta paciencia, con el que había construido un hogar tan feliz hasta que Frank apareció. Pero no iba a hacer que nadie cargara mis culpas. Yo le fallé y ahora estaba pagando un alto precio por mi error.

Se mostró imperturbable ante mis ruegos. No hubo un solo momento que lo viera titubear. Quizás mi destino estaba sellado para perder a todos los hombres que había amado en la vida. Solo me quedaba mi hijo, y por él debía seguir adelante y luchar. Pensé en eso y decidí informárselo. 

Me armé valor para despedirme allí mismo. No soportaba tanto dolor.

—Si no puedes perdonarme, lo acepto. Creo que he perdido esta batalla —le dije con una última esperanza de que mi declaración de derrota lo hiciera reaccionar. No se inmutó, ni siquiera lo vi parpadear al escucharme —No puedo seguir rogándote ni pienso hacerlo —continué diciendo.

— ¿Qué piensas hacer? —preguntó cortante.

Suspiré. La frialdad de sus palabras me hizo comprender que no había nada más que hacer ni decir.

—Me iré con mamá y el niño a vivir a otra parte. Te avisaré para que puedas ir a ver el niño cuando quieras —informé.

—No tienen que irse de la casa. No quiero que mi hijo vaya a ningún lugar extraño. Quédate y seré yo quien busque donde irse.

—No tienes que hacer eso, yo puedo resolver mi vida.

—Insisto. No me contradigas, por favor —expresó contundente.

Salí de allí desecha. Otra vez volver a comenzar, otro círculo cerrado, otro dolor…volver a empezar.

Al llegar a casa, mamá me contó que la policía había pasado a regresarme mis pertenencias. Encontraron mi bolso y mi móvil. Estaba sin carga pero luego constaté la inmensa cantidad de llamadas y mensajes que había recibido de Matteo durante aquel horrible día. Hubiera querido no verlo porque ahora nada de eso me servía. Era el pasado y yo tenía un presente al cual enfrentarme. Oscuro, doloroso y sin él.

Le conté a mamá todo lo sucedido.

— ¡Ay, no! No me digas que volveremos a vivir en El Chustro! —se lamentó espantada.

—No, mamá…por supuesto que no. Matteo ha insistido en que nos quedemos y no quise contrariarlo. Nos quedaremos un tiempo y ya veremos. Buscaremos luego a donde irnos. No te preocupes…

—Te digo algo, Kat…no me gustan las novelas con finales tristes. Especialmente, no la nuestra. No, señora —

Logró sacarme una sonrisa con sus palabras. Me acerqué a ella y la apreté contra mi pecho. Otra vez juntas en una nueva odisea. ¿Hasta cuándo?

***

Los días pasaban, luego las semanas. La situación era incómoda; inadmisible a mi mejor entender. La casa le pertenecía a Matteo y yo no me sentía a gusto viviendo en ella sin estar con él. Cada vez que aparecía, yo me refugiaba en el dormitorio y dejaba que mamá se hiciera cargo de atenderlo. Luego ella me contaba que lo veía buscarme con la mirada por todos los rincones de la casa pero yo prefería no tener que enfrentarlo. ¿Para qué? ¿Para hundirme cada día más al ver su indiferencia? No podría soportarlo. Todavía la herida sangraba, todavía lo amaba demasiado.




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