Mis Dos Maridos

Capítulo 35

Capítulo 35

 

Entre las cosas que a Frank le parecieron a bien dejarme figuraba el Imperial International Hotel & Casino. Recuerdo que llegué a contarle alguna vez que viví con mi madre en el estacionamiento de ese hotel. Ese día le aclaré que El Chustro no era ningún hotel sino el nombre de mi viejo auto.  Fue una historia que me  costo  mucho confesar porque fueron quizás los días más difíciles de mi vida. Que ahora yo pasara a ser dueña de ese hotel me parecía una ironía de la vida. La rueda da muchas vuelta, a veces algunas de esas vueltas no se pueden imaginar.

Nunca lo hubiera pensado pero es muy difícil cuando la fortuna llega así de golpe. Uno puede agobiarse en gran manera. Antes hubiera sido impensable que yo dispusiera de semejante riqueza, ahora era propietaria de un gran emporio. Que eso sucediera de un día para otro me resultó difícil de asimilar. En especial porque costó la vida de un ser humano al que amé y que perdió la vida intentando recuperarme. No sé si algún día lo podré superar. Cada vez que pienso en Frank, también pienso en que pudimos haber sido muy felices si el destino no hubiera sido tan caprichoso. Pero la vida tiene maneras insondables de torcer nuestros destinos.

—Ay, Kat…ahora tenemos sitios de sobra donde vivir…quien lo diría…esto supera cualquier novela que haya leído. Ni en Booknet se ven estas cosas…—decía mamá sin poder creer aquella torcedura del destino.  

Yo reía divertida ante sus comentarios pero siempre conservaba un deje de tristeza. Desde el día que Matteo y yo nos separamos, nunca mi felicidad se sintió completa. Lo extrañaba cada día más y no podía quitármelo de la cabeza. Él seguía empecinado en no perdonarme. Todavía estaba dolido y su terquedad nos había distanciado. No obstante, comencé a notar ciertos cambios y eso alimentaba mi esperanza. Notaba como ya no era tan reacio a mi presencia y como me hablaba de otras cosas que no eran únicamente sobre el niño. Incluso en una ocasión me besó aunque después lució turbado y se marchó deprisa. Fue un beso dulce que avivó todas mis ilusiones. Pero de todas aquellas pequeñas acciones la que más me alentaba era darme cuenta que aunque estuviéramos separados, jamás mencionaba la opción del divorcio. A todo eso me aferraba.

En cuanto a todo lo demás, me fui puliendo en el arte de empresas y finanzas. Era un mundo nuevo para mí aunque todo lo que había aprendido en mis empleos anteriores me sirvió bastante para ejercer esta nueva posición. Además, podía hablar con los socios franceses sin dificultad. En cierta ocasión, el señor Renaud Lambert, aquel caballero francés que conocí en la primera salida con Frank, vino a visitarme. Luego de darme el pésame, me halagó diciendo que los hoteles no podían haber quedado en mejores manos y que deseaba continuar haciendo negocios con nuestra empresa. Recibí aquellas palabras como un halago y como validación a mi desempeño. Todo marchaba bien.

Alyssa venía a visitarme con frecuencia. Se había convertido no solo en mi hermana sino también en mi mejor amiga. Se había encariñado tanto con el pequeño Randy que asumió en serio su rol de tía y aparecía a cada rato a verlo. Entre nosotras fuimos estableciendo un fuerte vínculo afectivo a la par que nos íbamos conociendo poco a poco. En ocasiones salíamos juntas a almorzar o a dar un paseo. Me contaba cosas que recordaba de su madre y yo le contaba lo que recordaba sobre mi padre. Juntas reconstruimos la familia que quedó truncada por el egoísmo de aquellos dos seres. La sangre no siempre pesa más. A veces, la gente prefiere su egoísmo. Pero nosotras elegimos sanar.

—Si en el liceo alguna vez te traté mal, te pido disculpas. Solía detestar cualquier chica que tuviera una madre amorosa —me confesó alguna vez.

—No te preocupes, eso es el pasado y ya está olvidado —le aseguraba. Nuestra relación de hermanas cada día se afianzaba más y estaba feliz por ello.

***

Una tarde que llegué a la casa después de un largo día de trabajo, mamá me esperaba ansiosa. Me pareció extraña la expresión que vi en su rostro. Intuía que quería decirme algo porque conozco bien ese gesto en su cara.

— ¿Qué te pasa, mamá? —le pregunté.

—Ay, mi niña. Que aquí te ha llegado esto y no parecen buenas noticias —respondió angustiada a la vez que me extendía un sobre cerrado.

Posé la mirada sobre aquel sobre y observé que llevaba el membrete de un bufete legal. Las manos me comenzaron a temblar de inmediato. Me mostré vacilante. Tuve miedo de tomarlo en mis manos y abrirlo. Por más que quisiera negarlo aquello no podía ser otra cosa que la demanda de divorcio. Era el momento más temido por mí y tal parece que finalmente había llegado. Me derrumbé en el sofá como autómata. Me sentía incapaz de leer su contenido. Pensaba que mientras no lo hiciera, quedaba esperanza para mi matrimonio y todavía podía volver a ser feliz. Pero una vez que develara aquel documento ante mis ojos, sería el principio del fin.

—Tienes que abrirlo…es la única manera de saber que contiene —dijo mamá con la voz más convincente que pudo articular.

—Lo sé, mamá. Por supuesto que lo sé…pero es que una vez que lo haga se morirá mi última esperanza —luchaba por que la voz no se me quebrara.

Ella asintió en silencio y se sentó a mi lado. Agradecí no estar sola en aquel instante.

Otra vez titubeé.

—No, mamá. No quiero saber lo que dicen esos papeles…—dije devolviéndole el sobre.

—Tienes hacerlo…—mamá volvió a colocarlo en mi mano.

Reconocí finalmente que no valía la pena alargar el momento. Abrí el sobre despacio como si hacerlo de aquella manera pudiera retrasar el golpe. Era un documento con toda la apariencia de legalidad posible. Estaba cerrado en tres partes que fui desdoblando despacio. Comencé a leer mientras la angustia me atravesaba como espada.




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