Francamente, los empleados se habían ganado el trabajo en una tómbola o eran contratados de esa misma mañana.
Me llevé la mano a la cara y me apreté tanto el entrecejo con los dedos que me dejé la marca de las uñas como si fuera un tatuaje en las cejas.
—¿Lo puede mirar? —Puse mi mejor sonrisa, esa que era ironía por completo, pero parecía inocencia pura gracias a mi estatura y mi cara de niña pequeña.
El empleado se puso a teclear como loco en el ordenador de la recepción.
—¿No eres muy joven para intentar emular a los mayores?
Cordialidad y ataque en la misma frase para intentar darme conversación. Hubiera saltado sobre el mostrador para darle un capón en esa nuca despoblada que tenía, pero seguí sonriendo y no contesté.
Cuando dejó de cliquear, se volvió a levantar.
—Indica que es un servicio aparte.
—¿Puede mirar si lo tiene contratado el seguro de Irene Montenegro? —Me estaba empezando a crispar; la explicación debía estar implícita, pero el tipo no se enteraba de nada—. El viudo está muy afectado y me ha mandado a mí para averiguarlo.
—Es muy tierno que pretendas ayudar a tu papá con la muerte de tu mamá, pero necesito hablar con un adulto.
¡Genial! Ahora no solo soy una reinona acaparadora; al parecer soy menor.
—No era mi madre, era mi madrastra y suegra. Repito, ¿el contrato cuenta con ello o no?
Se le pusieron los ojos como platos.
—Eres la… chica de antes.
Fue espabilado al corregirse. No sé cómo iba a llamarme; pero ni lo sé, ni me importa.
—Sí, ¿me mira lo de la esquela?
—Sala doce, un momento.
Volvió a teclear y, voilá, me entregó un folio con el contrato. Y todo para que yo lo buscara, porque él no sabía lo que le había pedido.
Ojeé por encima, y la respuesta fue afirmativa. Le devolví la hoja al hombre del mostrador. Le iba a dar dos lecciones en una.
—La esquela es el anuncio que se hace en la prensa para avisar que alguien ha fallecido —le señalé el papel, y en especial, todos los datos de Irene—, y no creo que debas dar esto a cualquiera. —Sonreí con la emoción de quien sabe que lleva la razón—. Por la ley de protección de datos, ya sabes.
Me di la vuelta y volví a la sala. No le oí replicar, pero si lo hubiera hecho, me habría dado igual.
Cuando entré en la sala, descubrí más de quince personas nuevas; no conocía apenas a un par y eran una pareja gitana. Recordaba vagamente que los vi un par de veces por la empresa de Irene.
Debería haber llamado a Bruno, que para eso estaba en la empresa; pero, por el contrario, me acerqué.
—¿Conocían a Irene?
—Sí, claro. Pero no nos lo creíamos.
—¿Disculpe? —Unos gitanos que no se creían que Irene estuviera muerta. ¿Algo más?— ¿Eran amigos suyos?
—Aquí, mi señora, hacía vestidos de flamenca para la familia que tenemos en Chipiona. —Señaló a su mujer, que afirmó en silencio—. La señora Irene nos ayudaba llevando los trajes en su carromato para perchas.
—Algo me dijo, sí. Me habían dado la sensación de que venían con intenciones insanas.
—¿Dónde está el señorito Bruno? —preguntó la mujer.
La pregunta me desconcertó un poco, y mi instinto se volvió a poner en alerta.
—Está en la empresa, trabajando.
—Los payos son unos desagradecidos; se muere la jefa y no le llora ni nada. —El hombre se cruzó de brazos.
—Irene dejó asuntos pendientes y su hijo los tiene que solucionar; si quieren dar el pésame, el viudo estaba en la puerta. —Extendí el brazo hacia la entrada de la sala.
—¿Y tú le conoces? —La señora sonreía como si le estuviera hablando a cualquiera otra persona.
—El viudo es mi padre; me extraña que no nos hayan reconocido ni a él, ni a mí. —Me acerqué a Jon con la esperanza de que me siguieran.
La pareja se colocó detrás de mí y noté cómo cinco personas, entre ellas una chica joven, les observaban moverse.
—Sabrina, ¿mandaste la esquela al periódico?
¡De vuelta al presente, gracias, papá!
—Ya estaba contratado con el seguro, papá, no te preocupes. —Le ofrecí la mano para darle apoyo, me la tomó y se la apreté con afecto—. Han venido los Carmona para darnos el pésame.
—¿Los gitanos de los percheros?
Rodé los ojos.
—Esos mismos.
El hombre se adelantó y le tendió la mano a mi padre.
—Entre hombres nos entendemos, ¿podemos hablar de un asunto?
Si hubiera sido un conejo, mis orejas habrían empezado a girar como locas.
—Sabrina es la que está enterada de todo; ella puede estar. —Mi padre echándome un capote, era una escena para enmarcar—. Quiero que esté.
—¡Sin problema, jefe! —El señor Carmona empezó a envolver sus manos entre ellas como si se las estuviera lavando—. ¿Para cuándo sería la boda del Bruno con nuestra Lorena?
Si hubiera tenido una bebida, la hubiera escupido en toda su cara morena. En cambio, me dio una tos impresionante. Mi padre puso los ojos como platos, y por un momento pensé que dejaba de ser el viudo desconsolado.
—Sé que Bruno ya tiene pareja, pero de todas maneras, no creo que Irene aceptara semejante idea.
Mi padre no se achantó; es cierto que no me defendió explícitamente, pero defender a Irene y Bruno los alejaba.
Aunque para defenderme, ya me bastaba yo solita.
—¿Qué les interesa a ustedes de mi novio?
Me crucé de brazos, y mi cara marcaba territorio con la intención. Seré bajita, pero en ese momento parecía un chihuahua con la rabia, a punto de morder.