A mí todo me olía a chamusquina. Y aunque tenían pinta de ser legales, el hecho de que quisieron emparejar a mi novio con su hija no me daba buena espina.
—¿Cómo pretendía la señora Irene que fuéramos familia, si su hijo ya tenía mujer?
Con esa pregunta, el señor Carmona respondió a casi todas mis preguntas, y eso que la cuestión había sido suya.
Lidia, Ana y Eva se acercaron más por husmear que por otra cosa.
Me pregunto dónde estuvo en ese momento Miguel y sus hijos, porque habían venido con Lidia; ella se puso a charlar con sus hermanas mellizas y su marido desapareció.
—¿Nos presentas? —pidió Ana.
—Se os ve ociosos —culminó Eva.
Lidia no dijo nada.
—Mucho gusto, señoras. ¿Alguna de ustedes es pariente de Irene? —Y el señor Carmona atacó por el flanco de la madurez física; no sabía dónde se metía.
—Yo soy el viudo, no hay nadie más cercano.
—¡Ay, la virgen! —se dio una palmada en la frente—. ¿Pero la muchacha no era la novia del Bruno?
¿Se daba cuenta ahora desde entonces?
—Y lo soy, señor Carmona. —Dije.
La chica joven se acercó y le tiró del brazo.
—Padre, ya le dije que se había confundido usted de cabo a medias, ¿pues no ve que la señora Irene se casó con el señor Jon, cuando el Bruno ya había nacido?
Lorena me dio la impresión de que era más espabilada que su padre, y no parecía estar de acuerdo con los castillos que se había montado él en su cabeza. Aunque saber lo que sabía me descolocó bastante.
—Le pido disculpas, señor Jonathan. —Y el hombre volvía a patinar, metafóricamente hablando—. De todas maneras, apreciábamos a la señora Irene. Le acompaño en el sentimiento.
Mi padre resopló, volvió a sonrojarse y soltó una corrección antes de irse:
—Mi nombre es Jon, que es Juan en vasco, y no Jonathan como me ha llamado usted, señor Carmona. Ahora, si me disculpa, creo que voy a llorarle un poco a Irene.
Quedó claro que saqué el detalle sacapuntas de mi padre. Le tuvimos que ver correr hacia el fondo, donde estaba la cristalera ante el féretro.
Miré a mi madre y sus hermanas con la orden intrínseca de que se quedaran en el sitio, porque ya iban las tres a consolar a mi padre. Lidia era su mejor amiga y lo entiendo, pero las otras dos arpías no tramaban servirle de apoyo emocional precisamente.
—Mamá, ¿puedes…? No me hizo falta terminar la frase para pedirle que se quedara hablando con la familia Carmona.
Agarró a sus hermanas, una con cada brazo, y sonrió con genuina solicitud al dirigirse al patriarca, ya que yo tenía que lidiar con un padre deshecho.
—Señor Carmona, ¿quiere que le presente a todos los miembros de la familia? —Le oí preguntar mientras me alejaba del foco.
Llegué al apartado donde estaba la cristalera, y mi padre estaba plantado de pie ante ella. Tanto la pantalla de cristal como Irene.
—Papá, ya estoy aquí.
Le observé detenidamente, y no me pudo parecer más infantil. Tenía la cara enrojecida hasta las orejas; los hombros estaban elevados y con los brazos rectos y pegados al cuerpo; pero tenía los ojos cerrados y apretados.
—Vale. —Fue escueto. Se estaba aguantando.
No era mi intención, y sin embargo, resoplé. Me tuve que explicar.
—He procurado que fueran lo más fieles posible a las fotos, papá. Puedes mirar.
—No quiero que la última imagen que tenga de ella sea así.
Me mordí el labio y le abracé. Mi padre lloró sobre mi hombro hasta que se serenó. Se agachó bastante; la lumbalgia ya vendría después.
Aun así, seguía negándose a mirar a Irene.
Y como no había suficiente lío, me llamó Bruno.
—Estoy a punto de salir —me dijo—, hay un trámite con unos armarios percheros que están retenidos a la altura de Illescas.
Fue decir percheros y me acordé de cierta familia que había en la sala; y estaban hablando con mi madre y mis tías. ¡Genial! Así que hacia allí me dirigí.
Cuando llegué ante ellos, se habían acoplado Miguel y sus hijos. ¡Toda la tropa junta! Aunque Lorena estaba realmente interesada en Héctor, el hijo de Miguel, el aura que desprendía Enid, la hija, incomodaba a don Carmona.
El patriarca, junto con su familia, no tardó en irse. Pero justo antes de alejarse con la tarde, me pareció ver a Lorena guiñarle un ojo a mi hermanastro.
No quise darle más importancia, pero estoy segurísima de que Bruno hubiera disfrutado mucho al verlo conmigo. Le envié un mensaje con el chisme.
Me contestó en cinco segundos: “¿Crees que veremos más a Héctor, después de eso, por la empresa?”
“Maybe”, respondí.
Por dentro estaba riéndome de la situación; por fuera, mi cara más seria salió a relucir en cuanto cierto dúo volvió a llamar mi atención.
—Sabrina, cariño, ¿Jon sigue estando ante la fallecida? —preguntó Eva.
—Verás, cielo, es que tenemos que irnos y no querríamos irnos sin darle el pésame como es debido, ¿sabes? —terminó de anunciar Ana.
Miré a Lidia por si me echaba un capote con algún comentario, y sin embargo, estaba comentando algo al oído de su marido.
Sin excusas válidas para desviar sus intenciones; tuve que aceptar que me acompañaran al fondo de la sala, solo para ver a mi padre.