Mis tías Ana y Eva

5/48: Ríete de las verdaderas intenciones.

5/48: Ríete de las verdaderas intenciones.
Procuraron ser cordiales. Me siguieron los pasos como dos niñas obedientes.
Hasta que llegamos ante el cristal.
Mi padre estaba de espaldas al féretro, saludando y dándole las gracias a todas las personas que se iban acercando a la pantalla.
Pero mi indeseable escolta dejó de serlo para acercarse a Jon.
—Estarás desolado, pero has de pensar que la vida sigue. —Eva fue la primera.
—Entiendo que Irene era el amor de tu vida, pero eres un hombre apuesto… ¿Vas a llorarle toda la vida que te queda? —Ana tampoco es que fuera más sutil.
—¡Ay, Irene! —Y el hombre había desaparecido para dar paso al niño.
—¡Ana, Eva, fuera! —les grité desde la puerta.
—¡Solo queríamos consolarle, Sabrina! —Eva se llevó la mano al pecho, fingiéndose ofendida.
—¡Pues habéis hecho que se ponga peor!
Ana le puso la mano, intentando parecer comprensiva.
—Jon, sabes que puedes llorar en mi hombro cuanto te plazca.
La pintora era más sutil, o eso creía mostrar.
Él levantó la vista y la miró a los ojos. La otra mostró una leve variación en su gesto, seguramente provocado por los celos.
Pero mi padre frunció su ceño y, pese a tener los ojos vidriosos, logró mirar al cristal.
—Paso.
¡Zasca! Le agarró la mano por la muñeca, apartándola con hartazgo y, a continuación, completó el giro para colocarse ante el féretro.
—Ya le habéis oído, tías. —Intenté ser cordial yo también, pero siempre me acababan exasperando.
Mostré una falsa sonrisa, que no me molesté en ocultar, y extendí el brazo hacia la puerta.
Eva pretendía regresar al lado de Jon. Me interpuse.
—Es bueno desconectar, Jon, y serías bienvenido a cualquiera de mis conciertos. —La cantante se valió de su trabajo.
—¡Le estáis incomodando! —insistí.
Las saqué a empujones de la salita y, pese a ello, intentaban volver al lado de mi padre.
La gente nos miraba como si fuéramos un pasacalles con alguna escena ensayada. Desgraciadamente, su vestuario daba pie a ello. Una conducta reiterada hasta que volvió a hablar mi padre, obvio.
—Eras la persona más dañada que conozco; y aun así eras capaz de ver el más pequeño atisbo de bondad en todas las personas. —Tenía las manos en la mampara de cristal enmarcando su cara—. ¿Qué hago si quiero despellejar a dos arpías? ¿Quién me va a frenar ahora, Irene?
Era plenamente consciente de que la retórica habitual de mi padre era burda y desubicada si la usaba en el día a día. Y sin embargo, aquí la había soltado con una amenaza bastante visible y muy protectora hacia mí.
Todos lo entendimos menos las que debían darse por aludidas.
—Jon, te puedo dar clases de arte para que puedas expresar esa rabia… —Ana al ataque con su forma de expresarse.
Por un momento, las mellizas se miraron. ¡Como si se hubieran percatado de algo demasiado tarde!
—¿Tú también? —se preguntaron al unísono.
Os juro que verlas percatarse de que la intención de la otra era real fue impagable. Iban como hora y media más tarde de la vida.
Lidia, que se asomaba por el arco junto a su nueva familia al completo, se dio una palmada en la frente. Mi madre biológica materializando un meme era algo para enmarcar.
Y como si fuera contagioso, yo también caí en algo que se había dicho antes.
—¿Y vosotras no llegábais tarde a algún sitio?
Parecían llegar tarde, siempre, a todas las cosas.
Las vi, genuinamente, con ganas de quedarse por la manera en que miraban a Jon. Aunque mi padre ya había dejado claro que quería arrancarles la piel a tiras.
—La junta de accionistas puede esperar. —Ana hizo incluso el ademán para quitarle importancia.
—Nos presentan a la otra junta de accionistas. ¡No será para tanto! —La otra siguió la misma sintonía.
A mi espalda oí un leve jacto con la voz de mi padre y me giré. Pero parece ser que fui la única que lo oyó.
—¡Qué pérdida de dinero!
Todos los demás le miraron como si le hubiera salido un alien literalmente de la boca al estilo de la primera película de los hombres de negro.
—¿Jon? —Hasta mi madre se sorprendió de lo desubicado que quedaba el comentario de mi padre—. ¿A qué te refieres?
—¿Formar parte de una junta de accionistas y despreocuparte del dinero que has invertido no es un poco como regalar el dinero que has ganado con tu esfuerzo?
Ana y Eva quedaron desenmascaradas de un plumazo. ¡Bravo, papá!
—¡Confiamos plenamente en Manuel y en su hijo! —Eva no sabía dónde meterse.
—¡Cómo Alejandra Fiódorovna con Rasputin! —respondió mi padre.
Las mellizas se miraron. Un baño de historia, muy oportuno, por parte de Jon.
Lidia sonreía. Su mejor amigo sabía usar sus conocimientos con exactitud milimétrica, aunque muchas veces parecieran desubicados.
—¡Rasputín! —les chilló mi madre a sus hermanas.
Se dirigieron a sus chales y bolsos para irse del tanatorio.
—¡Nos hemos fiado de que es el viudo de Marcela, Eva! —vociferó Ana.
—Lo han hecho tan bien hasta ahora, que nos hemos relajado. —Le contestó la otra.
Las contemplé alejarse entre la gente de la sala y mi instinto me llevó a seguirlas. Supongo que con la premisa de evitar que volvieran. Pero escuché algo que me dio dolor de cabeza.
—¡Mario Ruiz Montenegro siempre se ha portado bien con nosotras desde que Marcela falleció! —Eva elevaba las manos con indignación mientras su hermana le abría el coche.
El coche salió del recinto, sí, pero me dejó un regusto mental de títere que me costó dar un paso hacia cualquier dirección.
Ese tal Mario sería el hijo del viudo de esa Marcela; pero eso significaba que esa tal Marcela se apellidaba Montenegro.
Como la fallecida Irene.




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