Mis tías Ana y Eva

6/48: Yo no pedí oír los cotilleos.

El impacto había sido brutal. Lo cierto es que me pareció una coincidencia demasiado rara como para tenerla en cuenta.
Sé que mi padre no sabía nada por cómo me comentó lo de la esquela hacía una hora.
Así que solo me quedaba preguntar a Bruno.
En el velatorio de su madre; muy lógico todo, oye.
Una mano en el hombro me sacó del aturdimiento, y era en quien estaba pensando.
—He podido solucionar lo de Illescas y lo que me faltaba. Lo que queda se puede solucionar por teléfono.
Me tiré a sus brazos y le besé. Lo único que me ataba a tierra para no mandar a todos a la porra era Bruno.
Para que os hagáis una idea, toda la estatura que me falta a mí se la dieron a él. Somos lo que vulgarmente se le llama “el punto y la I” por la diferencia de altura.
—¿Crees que te podría consultar una cosa?
—¡No me dejas ni reponerme de tu salto, perfumita!
Se rio, me reí.
—Es en serio, Bruno.
—Vale, dime.
—Mi padre me ha pedido que ponga una esquela en los periódicos.
Miró la cantidad de gente que se estaba acumulando en la sala de Irene.
—¿Acaso quiere que vengan más personas?
Con eso me dijo todo.
—Nah… —¿Tu segundo apellido es muy común? —tiré por otra vía.
—¿Montenegro? Supongo que no lo será mucho.
—Ana y Eva han estado aquí hasta hace un momento. —Le agarré de la mano y tiré de él hacia la sala—. ¿Te suena Mario Ruiz Montenegro?
—¿Es una persona de verdad?
Pudimos hacernos paso entre la gente.
—Al parecer, es el hijo del dueño de la empresa donde mis tías son accionistas.
Pudimos esquivar el grupo de lectura en el que participaba Irene con nuestro paso.
—Interesante. ¿Pero por qué me lo preguntas?
Y por fin llegamos ante el único que sí sabía lo que yo había empezado a sospechar.
—¿Has traído a Bruno a la fuerza, Sabrina? —Me miraba directamente a la mano con la que sujetaba la muñeca de mi novio.
—Papá, ¿sabes cómo se llama la persona que maneja las acciones de Ana y Eva?
Le pillé por sorpresa. Diría que demasiado.
—¿Debería saberlo? Me da igual lo que hagan esas dos con su sueldo —se cruzó de brazos—, ¡como si quieren hacer grullas de origami con billetes de quinientos euros!
—¡Qué gráfico, Jon! —Bruno le siguió la broma a mi padre.
—¡No me refiero a eso, papá, digo un nombre o una cara!
—¡No! ¿Debería?
—Mario Ruiz Montenegro. —Le respondí.
—¿Montenegro?
—¡Montenegro! —insistí.
—¿Cómo, Irene?
—¿Mi madre? —Bruno también se metió.
—¡Exacto! —contesté.
—¿Podría ser una? —Jon se giró a mirar a Irene, a través del cristal—. ¡Significaría que lo hemos tenido delante todo este tiempo!
—¿De qué habláis? —Bruno bajó a Jon de su vorágine caótica, plantándole en la realidad de su desconocimiento.
—De tus tías.
—¿Quiénes, Ana y Eva? No son mis tías, son las de Sabrina. Lo sabes de sobra.
Miré a mi padre y me devolvió la mirada. Supimos que Irene no le había dicho nada en vida a su hijo.
Considero que eso fue muy cruel por parte de la fallecida; pero cuando acudiera algún familiar, gracias a la esquela, sería peor.
Que yo supiera, el secreto era cosa de mi padre; pero por eso mismo, él era quien debía decírselo también a Bruno. Así que yo opté por otro camino.
—¿Has intentado averiguar algo de tus abuelos?
—Ernesto Montenegro y Florinda Almendro. —Responderme con los nombres era algo muy típico de él.
—¿Solo el nombre?
—A ver, Sabrina, tú sabes lo que me gusta un cotilleo. —Estiró los labios sin sonreír, dejándolo estar—. Pero lo que me dijo mi madre al respecto es que ella no quería meterme en un mundo en el que no quería que yo existiera.
Cuando busqué la réplica en mi padre, suspiró y negó con la cabeza, al mirar al suelo. Eso que dijo Bruno también lo sabía.
—Irene me comentó que su familia renegó de ella por haberse quedado embarazada sin decir quién era tu padre.
Nos miramos entre nosotros. Bueno, Jon y yo no, pero vosotros me entendéis. Todo indicaba que los abuelos de mi chico no eran precisamente permisivos.
Tardó en hablar, pero Bruno fue quien rompió el hielo.
—¿Y a qué viene sacar a relucir eso?
—Ese hombre podía ser tu primo. —Me encogí de hombros; por muy absurdo que pareciera, no era ninguna casualidad, seguro—. Y además, mis tías Ana y Eva han dicho que su madre falleció; o al menos es lo que les he entendido.
—Nos ignoraron toda su vida a mi madre y a mí. ¿Para qué iba yo a acercarme? —Bruno se estiró con la altura que ya tenía—. Saberlo no me importa, pero no pienso mover ni un pelo.
Razón no le faltaba, pero nuestra generación debería estar por encima de los rencores de las anteriores.
—Tu madre me dijo que eran dos hermanas; eso significa que aún queda la otra.
—Me da igual.
Bruno se giró hacia el cristal mientras mi padre me cogía del hombro para llevarme aparte.
—¿Cómo sabes que lo que han dicho las arpías de Ana y Eva es cierto?
—Porque ignoraban que lo estaban diciendo a voz en grito, como hacen siempre.
Jon se llevó la mano a la frente, justo para negar la evidencia y ser práctico con la información. Se llevó la mano a su desnuda nuca.
—Al menos sabemos uno de los nombres que se pueden acercar a saludar. ¿Cómo se llamará la otra hermana de Irene?




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