Mis tías Ana y Eva

7/48: Cuando el río suena...

A las ocho y media de la tarde se acercó el empleado del tanatorio, que parecía un jardinero.
Fue directo a ver a mi padre, aunque hubiera tratado antes conmigo.
—Cerramos a las nueve. —Informó.
—Vale.
—Lo digo para que vayan desalojando la sala de toda la gente que hay.
Mi padre abrió mucho los ojos; casi parecía que no hubiera llorado hasta hace un momento.
—¿Cómo que toda la gente…?
Bruno, mi padre y yo nos asomamos a la sala porque aún estábamos en la parte de la cristalera y el féretro.
Decir que había medio centenar de personas era quedarme corta, os lo juro.
—¡Cuánta gente ha venido desde que he llegado!, ¿no? —Bruno tenía muy buena perspectiva desde su altura.
Miré la hora, aunque el del tanatorio ya la había dicho.
—Llevas menos de una hora aquí, cariño.
—Por eso lo digo, Sabrina.
—Y ahora se tienen que ir. —Jon negó con la cabeza.
—Veo vecinos, ¡un montón! —Me salió solo.
—Vecinos o no, hay que cerrar. —Bruno suspiró y se adelantó hacia el gentío—. Caminar con sutileza mientras les vamos dirigiendo a la salida, ¿lo probamos?
—¿Pretendes hacerlo con tanta gente? —Pensé que era buena idea, pero mal momento de ejecución; me reí—. ¡Qué fe!
Bruno se acercó al primero y empezó a hablarle con condescendencia mientras daba un paso hacia la puerta cada veinte segundos o así. Le salió la jugada bastante bien porque iba recogiendo a más personas por el camino.
Jon y yo le imitamos dentro de nuestras posibilidades. Me tocó “recoger” a Lidia, que iba con Miguel y sus hijos, y a ellos no me hizo falta decir nada porque mi padrastro sabía ya el maldito protocolo del tanatorio.
Llegamos a la puerta más pronto que tarde y, al pie del umbral, Bruno sonrió con satisfacción.
—Somos un buen equipo, ¿verdad? —dijo.
Respondí con una sonrisa y se agachó para darme un beso.
—Aún no me acostumbro. —comentó mi padre con algo de desdén.
—Pues llevamos tres años juntos, ¡te está costando! —replicó mi chico.
El tono del reproche era jovial; pero algo en la voz grave de mi padre me decía que no era broma en absoluto.
Nosotros también nos fuimos a casa, porque al día siguiente había que estar a las ocho, cuando abrieran de nuevo la sala.
Bruno no quiso cenar y Jon tampoco. Les bastó un sorbo de leche para llenarse el estómago. No les culpo; aunque yo al menos me bebí el vaso entero.
Cada uno se fue a su habitación. Porque tanto yo, a mis veinticuatro años, como Bruno a sus veintitrés, no tenemos mucha solvencia para poder emanciparnos.
A las once de la noche me alarmé por el estruendo de una caída en el baño.
Yo acudí, sí, pero mi padre y el otro también.
La mampara de la ducha se había caído al suelo.
—Menos mal que era solo cristal y no un espejo. —comentó Bruno con muy poco acierto.
Le di un codazo.
Miré a Jon, tenía los ojos enrojecidos. Le abracé, y Bruno me imitó.
Me da mucho coraje abrazarles; porque cuando lo hago, mis brazos les llegan por las costillas, y tengo una sensación rara de dar una impresión equivocada. Pues ese momento fue así.
—Todos la echamos de menos, papá.
—Ella puso la pieza. —respondió.
Me quedé blanca.
—¿Y eso a qué viene?
—Ella lo escogió y ahora está roto porque no lo supo enganchar. ¡No deja ni siquiera que la recordemos sin contradicciones, joder! —me replicó.
A Bruno le hizo gracia porque se lo noté en un leve movimiento. Jon también lo debió notar porque carraspeó para corregirle. Y el joven respondió yendo a por el cepillo de barrer.
Volvimos a nuestras habitaciones para retomar el descanso y se hizo el día siguiente.
Pudimos vestirnos con algo más acorde, pues Bruno había acudido con el uniforme del trabajo. Que, al ser el jefe y el que llevaba los papeles, vestía un traje. Pero no dejaba de tener publicidad en la espalda, el logo bordado en el bolsillo del pecho y un llamativo color rojo.
No tenía traje y optó por una camisa gruesa de color azul marino y unos pantalones vaqueros negros. Era la ropa más oscura que gastó de siempre.
Yo solo gasto ropa de adolescente por mi tamaño y me tuve que poner un vestido vintage que heredé de mi madre y que solo usó para acudir a una boda familiar. A la Lidia de catorce años le quedaba genial, pero a la Sabrina de veinticuatro le hace parecer desubicada en un entierro pese a ser completamente negro.
Jon se puso una de sus tantas camisas de color crema y uno de sus trajes negros. Si se hubiera puesto pajarita, habría podido pasar por una versión edulcorada de Luis Tosar. Tal cual.
Desayunamos algo ligero y nos pusimos rumbo al tanatorio de nuevo.
Observé a mi padre y desprendía la sensación de que se esperaba cualquier cosa por cualquier flanco. Supongo que por eso no le volví a ver llorar desde el día anterior. Y el incidente de la mampara de la ducha fue lo que le cerró en banda.
Pero fue bajar del coche tras aparcarlo y llevarnos la enésima sorpresa.
¿Os imagináis quién podía ser? Pensad mal y acertaréis.
Ana y Eva.




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