Parecían dos busconas de resaca. Principalmente porque parecía que solo se hubiesen puesto una rebequita por encima por el frío mañanero. ¡La ropa era la misma, por favor!
El entierro estaba programado para las doce del mediodía, así que una trabajadora del tanatorio nos abrió la sala.
La mujer parecía tener demasiada edad para estar trabajando, y aun así, la preferiría mil veces antes que al sabihondo de la tarde anterior.
Lidia y Miguel no tardaron en llegar.
Al parecer, a mi padrastro lo tenían en muy alta estima en su trabajo y podía pedirse un día de asuntos propios. ¡Qué envidia me dan algunos adultos!
A lo que iba. Al parecer, Miguel quería hacerse amigo de Jon como antes de eso lo eran mi madre y mi madrastra. ¿Qué le habrá contado Lidia? ¡Porque es la primera noticia que me llega! Apenas se llevaban de manera cordial.
Entendedme, no se llevaban mal ni nada por el estilo; pero amigas no eran.
Así que ahí estábamos todos. El viudo, el huérfano, yo, la exmujer del viudo con su actual marido y las dos hermanas cazahombres de esa exmujer. Ni Toulouse Lautrec, ni Coolidge o Dalí se podrían imaginar el bodegón.
En casi una hora ya se había plantado allí tanta gente como el día anterior. Y solo repetimos lo que os he dicho o casi.
Porque recibimos la visita del señor Carmona, le entregó un paquete a Miguel y se fue por donde vino. Al verle alejarse, él solito, en su furgoneta, casi no me lo creo.
Yo intenté mantener a raya a mis tías, pero como a las nueve y cuarto las perdí de vista. No me preocupé demasiado porque mi padre estaba a mi vera. ¡Y en qué momento se me ocurrió!
Estaba hablando con un cliente de la empresa de portes de Irene, cuando la trabajadora de la empresa se acercó a los tres y nos reunió, por así decirlo, a hablar aparte.
—Hemos podido adelantar hora y media la ceremonia, como nos pidieron.
Mi padre, mi novio y yo nos miramos sorprendidos.
—¿Quién lo ha hecho? —cuestionó Bruno.
—Yo no he sido, he estado aquí todo el rato. —Respondió Jon.
Las culpas recayeron en mí.
—¡No me he movido de la sala, lo juro! —me defendí.
—Sí que ha sido usted, por teléfono.
—Yo no he hecho tal cosa.
—Me ha dado sus señas, mire.
Me enseñó una hoja con mi nombre y apellidos. Y mi número de teléfono también estaba.
—¡Yo no he hecho tal cosa! —Me cabreé muchísimo.
La mujer sacó el teléfono de su empresa y, con la destreza de un informático, me mostró los movimientos de llamadas del móvil de la empresa.
A las nueve y veintidós.
No me podía creer. ¿Acaso se había desplegado la realidad y lo había hecho en un mundo alternativo? ¡Yo no habría hecho eso ni en broma!
Bruno me vio la cara de desconcierto que debía de tener y se apartó de mí para ir al asiento y traerme el bolso. Tenía mucha más cabeza fría que yo. Y aun así, no paraba de demostrarme cuánto me quería y me cuidaba.
—Si es tu móvil… —Empezó a entonar mi padre.
—Será porque alguien lo ha interceptado. —Le dirigió mi novio la frase.
Jon parpadeó dos veces.
—Eso es más propio de ti, la verdad. —Terminó de decir.
Le eché una mirada acusatoria a mi padre.
—De todas maneras, tras ese cambio, ya no podemos reordenar de nuevo los tiempos. Lo siento.
Era indignante. Mi mirada recorrió la sala. Arriba, en una esquina, descubrí algo que parecía providencial.
—¿Puede cerciorarse por las cámaras de seguridad de dónde he estado a esa hora?
A la señora le incomodó lo que le pedí, estoy segura; pero mi prioridad en ese momento era la de demostrar que no salí de la sala y que no tenía el móvil en la mano.
Mirándolo con distancia, quizás debería haberme asegurado de que vigilaran mi bolso, pero es lo que tiene que pienses que te hacen gaslighting (luz de gas), y no phishing (suplantación).
Regresando al tema, Bruno quiso acompañarme al mostrador de recepción, a donde esa empleada me llevó. Y desde allí, la mujer mayor llamó al jefe de seguridad.
Se pudo aclarar por las cámaras que yo llevaba media hora hablando con las únicas vecinas del edificio que tenían mi edad.
Estaba libre de toda culpa; pero la hora del entierro se había cambiado bajo mi nombre y yo no lo había hecho.
Hubo que hacer el mismo sistema de barrido de masas que en la noche anterior, solo que catorce horas más tarde y en dirección al cementerio.
Como compensación por su error, la empresa permitió que mi padre estuviera más tiempo ante la tumba tras cubrirla.
El paseo fue solemne y silencioso. E incluso todos los que estaban en la sala nos acompañaron.
Fue bastante emotivo el discurso de su hijo, pese a lo friki y sarcástico que solía ser Bruno.
Media hora más tarde, todos los asistentes se fueron yendo lentamente. Aunque aun así, me fijé en que un hombre rubio que vestía de morado, junto a una mujer morena que vestía coral y gala, junto a otro hombre, alto y corpulento, observaron el final de la ceremonia desde lo lejos.