Por el rabillo del ojo, vi que Eva y Ana empezaban a comportarse de manera errática.
Miraban hacia una pareja que se acercó a última hora. Era una mujer madura y atractiva que transmitía serenidad con un hombre joven de la mano y tan atractivo como ella.
Se dirigieron hacia ellas, que empezaron a moverse en el sitio como pollos sin cabeza.
—¡Don Mario, doña Marta! —Eva fue muy cantosa al fingir sorprenderse.
Al oír ese nombre, ya pude ponerle cara a ese jefazo de la empresa donde mis tías eran accionistas. Y que se apellidaba igual que Bruno.
—¿Conocían a Irene? —Oí que se adelantó Ana.
—Era hermana de mi madre. —Respondió el joven, llamado Mario, con tranquilidad.
Eva y Ana no disimularon su sorpresa. Yo le apreté la mano a Bruno para que estuviese pendiente.
Ana pareció darse cuenta del parecido en ese preciso momento.
—Tenían el mismo color de ojos y hacían el mismo gesto ante nosotras.
—Bruno está al principio —Eva señaló con la vista en nuestra dirección—, con el féretro y el viudo. La novia no nos deja acercarnos. —Se secó una lagrimilla inexistente, mirándome directamente.
—Voy a darle el pésame a mi primo; ya nos veremos en las oficinas. —Él les dio una palmadita en el hombro a cada una y se acercaron a nosotros.
Cuando consideraron que mis tías ya no les tenían la vista puesta encima, les vi relajar las manos y entrelazar los dedos.
—¿Has visto que ellas estaban más incómodas que nosotros? —comentó la mujer, llamada Marta.
—A mí también me lo ha parecido. —Él echó un vistazo a mis tías, que se posicionaron tras la comitiva—. ¡Cuánta gente quería a mi tía Irene!
—¿Crees que sabrás reconocer a Bruno? —La mujer se acercó al oído del joven y le comentó algo que no pude escuchar.
Esquivaron a una pareja y a un trío de personas.
Les noté hacernos un chequeo visual mientras que yo les calé de un vistazo.
Mario, según le nombraron mis tías, se le veía guapo y elegante dentro de su apariencia informal. Con el cabello castaño claro y unos ojos grandes y marrones que transmitían la misma vivacidad que los ojos oscuros de Bruno. Y la mujer a la que Ana y Eva llamaron doña Marta tenía el cabello castaño a media melena en ondas ligeras y unos ojos de color avellana rodeados de unas exquisitas arrugas muy bien colocadas que le otorgaban más belleza que vejez.
Hacían una bonita pareja y transmitían un amor sincero y auténtico.
—Esos deben de ser. —le dijo Mario antes de acercarse del todo, con seguridad—. Se parece un poco al abuelo Ernesto.
—Vamos. —Ella le sonrió.
Se plantaron ante nosotros.
—Mi más sentido pésame, soy Mario, el hijo de Marcela. —Extendió la mano ante Bruno para estrechársela.
—¿Quién es Marcela? —Mi chico no entendía sus palabras.
Jon suspiró y se adelantó, estrechando él la mano.
—Gracias, Mario, perdona a Bruno por su negativa. —Tenía los ojos enrojecidos para volver a llorar—. Yo soy Jon, el viudo de Irene.
Tuve que dar un breve discurso porque parecía que era lo que tocaba, y aun así, las mellizas resoplaban en la distancia. Al acabar, todos los demás se fueron yendo poco a poco.
Pude ver que al primo Mario se le desvió la mirada hacia aquellas tres personas apartadas que no se movieron de su posición, aunque ahora, desde nuestra posición, estaban detrás de unos escuálidos abedules que no tapaban nada.
Les sonrió, afirmó levemente con la cabeza a modo de saludo y se acercó más a Marta.
—Volvamos a casa, por favor. —Intentó susurrarle a la mujer a su lado, aunque lo escuché perfectamente.
—Me parece bien. —Le besó y caminaron juntos hacia la salida del cementerio.
En ese preciso momento me di cuenta de que se había sentido incómodo mientras yo di ese breve discurso; supongo porque se esperaría que lo diera el viudo o el huérfano.
Pues oye, lo siento. ¿Qué quieres que te diga? Si querías haber escuchado la bonita voz de tu primo, haber venido a la sala del tanatorio, punto.
—He reconocido a la mujer que iba con Lope y me ha venido un déjà vu de hace casi dieciocho años. —Llegué a escuchar a Mario decirle a Marta mientras se alejaban, sin apartar los ojos del trío inmóvil.
¡Otro cotilleo y hago que me fichen en los programas del corazón, caray!
Miré hacia el grupo del que hablaba, los tres tras los arbolitos esmirriados. El rubio de morado, la morena de coral y el grande, cual muro.
El rubio parecía tener esa chispa en la mirada que acababa de ver en los ojos marrones del que se acababa de ir y en los ojos marrones de Bruno, así que supuse que ese sería el supuesto Lope.
Pero al reparar en los rasgos de la mujer vestida de coral, me resultó tremendamente familiar, aunque no la ubicaba aún.