Mis tías Ana y Eva

10/48: El hijo de Margarita Montenegro.

Y como si se hicieran el relevo, en cuanto se fue el primo Mario, el primo Lope decidió acercarse.
El grandullón pareció contar una anécdota que hizo que el rubio se llevara las manos a la cara.
La mujer sonrió con picardía y le acarició la cabeza, provocándole una cara de placer muy tierna.
El corpulento replicó algo que hizo que la pareja se enderezara como soldados en instrucción. Parecían un grupo cómico. Cuando la mujer volvió a agarrar al primo Lope, pareció recitar un mantra y se acercaron a nosotros con algo más de determinación.
De camino les observé que oteaban a los asistentes al entierro como si les diagnosticaran la lealtad con solo verles la cara. Era raro.
Cuando llegaron a nosotros, parecían que hubiesen alcanzado al jefe final en algún juego de rol cutre.
—Lo siento mucho, soy Lope Estuardo Montenegro. —Y efectivamente, el rubio era el primo Lope.
Bruno no se dejó influir y esperó a que mi padre intercediera, como hizo antes.
—Supongo que tú serás el hijo de la otra hermana de Irene. —Entonó, con voz suave—. Soy Jon, el viudo.
—Mi más sentido pésame. —El primo Lope desvió la mirada, como si intentara acertar a sacar las palabras de una caja imaginaria—. Vengo en nombre de Margarita Montenegro. —Se mordió el labio y tomó aire—. No quiero molestaros, pero no supe de la existencia de Irene hasta que mi madre me mostró la esquela en el periódico ayer mismo. —Miraba directamente a Bruno, que le miró a la cara con su particular curiosidad disfrazada de desdén—. ¿Intentamos una toma de contacto, primo?
Lope extendió la mano y mi novio le correspondió estrechándola.
—Me llamo Bruno, encantado de conocerte, primo.
Lope nos comentó por encima que era el heredero de una cadena de hoteles, nos entregó una tarjeta a cada uno tras presentar a sus acompañantes y se fue por el mismo camino por el que el primo Mario había hecho mutis antes.
—A esa tal Libertad la conozco. —comenté.
—Es que se parece a Lili, una niñera que tuviste cuando tenías cinco o seis años. —Mi padre aclaró mis dudas.
—Vale, papá, es ella. —La vi alejarse y los recuerdos de mi memoria se aclararon como por arte de magia—. Y lo que recuerdo es que jugaba conmigo y yo la llamaba Libertad, no Lili.
—Puede ser que yo lo apuntara mal o que por aquél entonces prefiriera que la llamaran Lili; da igual.
El sol ya era molesto cuando se acabaron yendo los últimos asistentes conocidos de pasada, como los vecinos, clientes y similares.
Miguel se acercó a Jon antes de irse.
—Yo he perdido a mis padres hace poco, e incluso a dos tíos a los que cuidaba también. —Le palmeó el hombro con comprensión—. Si necesitas consejo al respecto, puedes preguntarme.
—Gracias, Miguel.
Y como si le estuviera dando el beneplácito de la fuga, él y mi madre se fueron.
Antes de salir, quise saber una cosa y se lo pregunté:
—Miguel, ¿qué te ha dado el señor Carmona hace un rato?
—Una tontería. —Debió de ver que no me conformaba con su respuesta y la especificó—. Ha debido de ver que su hija y Alejandro han congeniado, y me ha regalado una falda flamenca para mi hija.
Casi me da un cortocircuito en las neuronas. ¿El gitano quería ganarse a mi padrastro con un regalo? Se me escapó una sonrisa.
—¿Pero a tu hija le gusta el flamenco? —pregunté, aunque me sabía la respuesta por mi madre.
—¡Qué va! —Se cruzó de brazos, con condescendencia—, pero no quita que sea un gesto de hermandad, por muy desubicado que sea.
—¿Lo has mirado? —La intuición preguntó por mí.
—No, ¿por?
—Ellos hacen trajes de flamenca y la empresa de portes de Irene lleva trabajando tres años con ellos para las ferias de Andalucía.
—¿Insinúas que han sido lo más considerados posible?
Afirmé:
—Y quién sabe, quizás los colores —hice el gesto de las comillas con los dedos—, sean del agrado de mi hermanastra.
—¡Cierto, lo tendré en cuenta!
Miguel se acopló a mi madre, que nos había escuchado la conversación a unos dos metros para no molestar, y se fueron.
Cuando volví con mi padre y mi novio, el pobre Bruno intentaba apartar a Ana y Eva del pobre Jon.
—Creía que estaríais en la empresa esa en la que sois accionistas. —Me crucé de brazos, interponiéndome entre ellas y mi padre.
—¿Un domingo? —preguntó con ironía la soprano Eva.
—¡Por favor, no nos hagas reír! —concluyó la pintora Ana.
—Sabrina, fueron ellas. —Bruno las acusaba con ira.
—¡Oh, valiente mentiroso! —se quejó Eva.
—¡No le hagas ni caso a tu hermano! —dijo la otra.
—¡Os he oído quejaros hace un momento! —Él seguía defendiendo su postura.
Francamente, de ellas me creía menos que nada, pero si me cerraba en banda, lo iban a negar todo.
—¿De qué os está acusando?
Intenté parecer lo más crédula posible y Bruno me pilló al vuelo.
—¿Me queréis hacer ahora a mí el gaslighting? —preguntó al poner su mano en mi espalda en señal de que me seguía el juego.




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