Intenté poner mi mejor cara de niña buena.
—No pasa nada, tampoco creo que sea tan grave. —Sonreí.
—¿Lo digo yo, o lo admitís vosotras? —Sonrió Bruno con obviedad.
—¡Pero qué niño tan insolente! —se quejó Eva.
—¡No le creas nada, seguro que es todo mentira! —exclamaba Ana mirándome.
—¡Oh, claro! —Intenté interponerme por delante de Bruno y junté mis manos a la espalda—. ¿Qué es lo que no debo creer, exactamente?
Pusieron los ojos como platos. Eva hizo el amago de hablar, pero solo abrió la boca. Y sin embargo, Ana ladeó la cabeza y mostró algo más de chulería.
—No sé, sobrina, cualquier cosa de la que pueda acusarnos. —Se puso la mano en el escote y cerró los ojos—. Soy una mujer digna.
Eva miró a su hermana un segundo; había algo de desprecio en sus ojos de avellana.
—¡Como yo, no te jode! —replicó la soprano.
Ahí entendí que eran malas mintiendo, pero que aún eran peores por separado.
—Alguna ha tenido que hacerlo, ¿cuál de las dos? —insistió Bruno.
—¡A mí que me registren, no tengo nada que ocultar! —Ana levantó las manos en un gesto dramático.
—La voz no se puede esconder en una caracola, Úrsulas de AliExpress. —Mi chico las señalaba alternativamente—. Alguna le cogió el móvil a Sabrina y adelantó la hora del entierro de mi madre. —Puntualizó.
Se quedaron blancas como la nieve.
—¡Yo no he hecho nada malo! —rompió tía Eva el silencio—. ¡Me gano la vida con ello!
—¡Ah, soberana arpía! —Ana le dio con el dedo en el hombro a su hermana—. ¡Yo sí que no he sido porque mi voz no se parece a la de la niña!
—¡La idea ha sido tuya, pintamonas!
—¡Eso es mentira, cacatúa!
—¡Frida de chichinabo!
—¡Caballé del todo a cien!
Empezaron a tirarse de los pelos y los que aún quedaban se giraron a disfrutar del espectáculo.
Con la perspectiva de la distancia, puedo decir que daban más risa que vergüenza ajena, la verdad. Pero no quería alargar aquello más de lo debido.
—¡Me habéis usurpado la identidad para adelantar la hora! —Les agarré de la solapa de sus cárdigan a ambas—. ¡Ninguna es inocente, me da igual quién haya hecho qué!
Las tiré de la ropa con un amago de empuje para darles a entender que se habían pasado de la raya.
No emitieron apenas palabras y, mientras se dirigieron a su coche, Jon me llamó la atención.
—¿Qué ha pasado?
—Cogieron el teléfono de Sabrina de estrangis y llamaron para adelantar el entierro haciéndose pasar por ella.
Bruno había respondido por mí antes siquiera de que yo ordenara los hechos en mi cabeza.
—¿Habían sido ellas? Joder, eso no se hace; pero menos mal que lo han hecho.
Miré a mi padre porque me desconcertó.
—¿A qué te refieres?
Me mostró el periódico abierto por la página de la esquela. Lo leí.
En ella se decía que el entierro era a las diez de la mañana y no a las doce como habíamos estipulado con la empresa de decesos.
—¿Las diez, en serio? —pregunté.
—O ellas lo sabían, o tienen una potra que no se lo creen. —Bruno se cruzó de brazos, con la vista puesta en el hueco de aparcamiento que habían dejado ellas.
—No hacen cosas buenas de manera genuina, será pura chiripa. —Resoplé.
Mi padre levantó la mano para mirar la hora en su muñeca.
—Entonces será esa suerte la que nos ha librado de una buena. —Nos tomó de los hombros, dirigiéndonos con las demás personas que quedaban en el cementerio.
—No sé yo. Quizás no habrían venido los primos de Bruno, pero la inmensa mayoría ha venido por aprecio a Irene.
—¡Es verdad! Esta tarde voy a investigar un poco sobre Mario y Lope.
—Respecto a Lope, lo que te puedo decir de Libertad ya te lo conté, lo siento.
Me mostró una sonrisa de complicidad.
—Quizás la empresa me sirva para retomar el contacto. ¿Qué oíste de tus tías respecto a la empresa de Mario?
—Que son accionistas en la empresa de tu tío y tu primo. Creo que era de publicidad, aunque no estoy muy segura.
—¡Eso está muy bien! Estaría genial que ambas empresas pudieran mantener el contacto, ¿verdad?
—¡Caray, Bruno! ¿Y ese calculador interés repentino por tu sangre? —Mi padre se enderezó y miró con seria curiosidad a mi chico.
—Bueno, a ver, cierto es que los abuelos renegaron de mi madre y de mí. Pero ellos mismos han dicho que no sabían nada del tema. —Mostró una sonrisa de disculpa—. ¿Y quién me dice a mí que no podamos establecer el contacto desde ahí?
Me pareció un gesto muy dulce y tierno. Como si fuera un niño reaccionando tarde ante un regalo insulso que después se da cuenta de que le va a gustar usarlo.
Quise darle un beso y un abrazo allí mismo; pero con los robustos brazos de mi padre agarrándonos por los hombros a ambos, me fue imposible.
—O sea, que el contacto de tus primos es ese estuche de la K-pop, ¿verdad?
Puso los ojos como platos, se sonrojó un poco y reaccionó como un niño grande.
—¡Oye! ¿Por quién me tomas?
Eso me confirmó varias cosas: Bruno me había entendido esa retorcida comparación; quería esconder la emoción de tener más familia bajo supuestos enlaces comerciales; ¡y que le gustaba esa película de la plataforma de streaming!
¿Cómo podría no quererle?