Llegamos más bien tarde a casa. Yo tenía una sensación agridulce respecto a mis tías en ese momento.
Por un lado, me habían quitado el móvil para llamar por mí; pero por el otro, si no lo llegan a hacer, varias personas se hubieran topado con un desfile vacío y sin féretro.
Llegó a las cinco el repartidor con la pizza gigante que pedí para comer. Y como era domingo, el cansancio pedía siesta.
Bruno y yo nos acurrucamos en el sofá, ante la televisión encendida en algún canal de documentales.
Mi padre se fue a su habitación.
Os admitiré que me tenía algo preocupada y, a cierto momento en el que me excusé con ir al baño, me acerqué a su puerta y le descubrí dormido y hecho un ovillo.
Se hicieron casi las ocho de la tarde cuando mi chico y yo empezamos a escuchar movimiento, y era porque se había despertado.
Bruno ignoró el ruido por un momento para desperezarse y desbloquear el teléfono.
—Habrá que animar a tu padre.
—¿Eh?
—Acaba de tirar el cojín enorme tan horroroso que tenía mi madre en la cama.
—Le tenía puesto en el otro lado de la cama. ¿Estás seguro?
—Un golpe sordo de algo contra la pared y luego un ruido amortiguado contra el suelo. —Sonreía con suficiencia—. Estoy seguro.
Me acerqué de nuevo a la habitación de mi padre y pregunté a través de la puerta:
—Papá, ¿estás despierto?
—Perdona, Sabrina; te desperté.
—No estábamos dormidos ninguno de los dos. ¿Tú estás bien?
Tres segundos para responder.
—Voy a quitarle la funda al cojín de Irene y lo voy a usar de almohada. ¡Dejará de estorbar!
No tenía nada en su voz que me hiciera sospechar.
—Pero papá, ¿estás bien?
Tardó otros tres segundos en responder.
—Perfectamente.
Mentira. Abrí.
Tenía los ojos enrojecidos y gesto de resignación. Pero la funda del cojín vacía en sus manos y estirándola para desgarrarla fue lo que me alertó.
—No, papá, no estás bien —dije—. Irene ha muerto y estás devastado. ¡Es lógico!
—¡Lo sé! —Empezó a respirar fuerte, casi hiperventilando—, ¡lo que no es lógico es que las cosas que recuerde de ella sean nefastas!
Parpadeé. La mampara de la ducha antes y ahora el cojín. A menudo, hay maneras curiosas de recordar a la gente.
Bruno apareció tras de mí.
—Jon, deja la funda del cojín. —Esta vez parecía él el padre.
Me puso la mano en la espalda, esperando que yo le siguiera el juego. Pero no iba a tratar a mi padre como si fuese mi hijo por una rabieta de duelo de lo más comprensible. Negué con la cabeza.
—Papá, todos queríamos a Irene; pero el cojín no tiene la culpa.
A lo tonto, sonaron nueve golpes en el reloj del salón.
—Tengo hambre.
Jon soltó lo que tenía en la mano, se sentó en la cama y se puso el cinturón y la chaqueta.
—Espera, Jon. ¿Dónde vas? —le intentó parar Bruno cuando nos alcanzó en la puerta.
—A cenar fuera.
Mi chico y yo nos miramos. Parecía algo ofuscado, pero la brusquedad era algo nuevo en mi padre.
—Vamos contigo —sugerí.
—¿Para qué?
Me daba mala espina su nueva actitud.
—No sé, quizás… ¿por que somos tu familia?
—Ahora mismo quiero estar solo.
—¿Y que hagas alguna estupidez? ¡Nanay!
—¡Eres mi hija, no mi madre!
—Te estás portando como mi hijo y no como mi padre.
Me crucé de brazos. Al final era una versión más seria de lo que pretendía Bruno, pese a mis reticencias.
—Jon.
Bruno estaba serio. No parecía autoritario; era más bien como un médico antes de darte los resultados.
Mi padre levantó la vista y su ira aminoró poco a poco.
—Dime —pidió en un hilo de voz.
—Irene era tu esposa. La adorabas y la seguías en todos sus momentos. —Me pareció notable que fruncía un poco el ceño y que sus córneas se humedecían—. Pero estás acaparando todo el dolor. ¿Crees que a mí no me duele haber perdido a mi madre?
Noté que ambos se derrumbaban.
—Yo no menosprecio tu sufrimiento, pero el mío necesita soledad. —Jon se quejó como un niño pequeño.
—¿Y quién te ha dicho que estés acompañado?
Mi padre dio un ligero salto.
—¿Vosotros?
—Espera, ¿de qué soledad estamos hablando? —Bruno estaba realmente extrañado.
Su móvil sonó con una notificación.
—¿Yo, de qué estás hablando tú? —Mi padre estaba algo contrariado.
Bruno miró su móvil por su capacidad innata de aligerar temas. Su rostro mostró una ilusión algo extraña.
De repente, el duelo había pasado a un segundo plano.
—¿Quién era? —pregunté.
—Lope me ha dicho que Mario ha reservado mesa en su hotel para ocho personas.
Le miré con detenimiento. Aún ocultaba algo.
—Eso solo indica que ellos ya se conocen.
—Al parecer, es para dar la mejor de las noticias.
—¿Cuál?
—No sé. Es lo que ha dicho.
—Tu primo Mario ha reservado mesa en el restaurante de tu primo Lope para dar la mejor de las noticias —resumí.
—Tus primos parecen muy crípticos —se quejó Jon—, ¿qué noticia puede ser esa?
Yo los observé detenidamente. Hasta hace un momento estaban debatiendo si la muerte le dolía más al viudo o al huérfano. Y con la pesadumbre de la muerte, lo contrario me vino a la mente.
—¿Una nueva vida?
Sus caras de sorpresa eran un cuadro. Pero tres segundos más tarde, Bruno me trajo a la realidad.
—Mario era el que iba de la mano de su madrastra. ¡No tiene sentido!
Me llevé las manos a la boca. Era cierto.
Jon, por el contrario, sonrió.
—Quizás un poco de marujeo me distraiga.
Puse los ojos como platos cuando vi que Bruno parecía estar de acuerdo.
¡Y luego dicen que los programas del corazón son para mujeres!