Mis tías Ana y Eva

13/48: A la vanguardia de un buen chisme.

Al parecer, sería muy cantoso que Bruno o mi padre llamaran para hacer una reserva y me tocó a mí.
¿Creéis que aceptaron mi negativa? ¡Pues no!
Así que llamé y nadie me cogió el teléfono.
¿Punto a mi favor? ¡En absoluto!
Me quitó la tarjeta de la mano y apuntó la dirección en el GPS de su móvil.
—Bruno, con lo seco que has sido antes, vas a parecer un loco con tantos cambios de humor.
Me echó una mirada asesina.
—Vamos a darle distracción a tu padre y me tachas de loco —dramatizó—, ¡lo que hay que oír!
Jon esbozó una leve sonrisa. Me habían convencido.
A las diez y media de la noche ya estábamos en la puerta del hotel.
Un gran letrero con las palabras Phalaenopsis y Estuardo enmarcaba el logotipo de una orquídea.
La firma de hoteles era muy conocida entre la gente famosa. Me sorprendió saber que un primo de Bruno trabajara para una empresa tan grande.
Mi chico era el actual dueño de una pyme de transportes, pero era calderilla comparado con lo que el tal Lope manejaba.
Maldije a los abuelos de Bruno por dejarle de lado.
¡A lo que iba!
Íbamos a entrar al restaurante cuando tres personas, dos chicas y un chico, pidieron la mesa reservada para Mario Ruiz Montenegro.
Yo me sorprendí por la coincidencia. Y no sé qué se le pasó a Bruno por la cabeza, que se escondió tras uno de los setos de la entrada al hotel.
Mi padre se escondió tras él y segundo y medio más tarde lo hice yo.
—¿Qué haces, Bruno, por qué te escondes?
—¿No es obvio? Ninguno de esos es Mario.
—¿No habías dicho que la reserva era para ocho? —Intenté aportar luz.
—Claro, chaval, no tienen por qué venir todos los invitados juntitos. —Mi padre me ayudó.
—¿Ah, no?
Yo rodé la vista.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Tú vas a pedir mesa para tres. Y lo más cerca posible de la suya. —Jon me señalaba con el dedo pese a tenerme a medio metro.
—¿Yo, por qué?
—Para que no nos vean tan chismosos. —Bruno se encogió de hombros—. Aparte de que somos el viudo y el huérfano de su tía muerta.
—¡Valiente tontería! —Me enderecé—. ¿Se puede ser más infantil?
Intenté parecer digna; pero en verdad, acabé accediendo.
Cuando la maître afirmó al respecto de una mesa libre para tres personas, Bruno y Jon se pegaron a mí como lapas.
Nos sentamos al otro extremo del restaurante y no pudimos oír nada.
He de decir que el menú, para ser la cena, era casi de degustación. A precio cerrado y pudimos probar un montón de platos.
Pregunté al camarero y me comentó que habían inaugurado esa misma mañana con todos los platos en formato canapé.
En plena cena estuvimos pendientes de la escena que ocurría en la mesa de doce sillas para ocho personas en la que el primo Mario se había sentado con su familia.
Yo estuve tentada a sugerir que nos sentáramos con ellos. Mi padre se adelantó y Bruno lo negó. Preferí callarme.
En cierto momento, la supuesta madrastra de Mario se levantó, dijo una pequeña frase y el primo la agarró de la cintura. Todos celebraron y se dispusieron a felicitarles.
Como yo era quien haría de vanguardia durante la noche, me tocó hacer el paripé de ir al baño.
Afortunadamente, la zona donde estaba su mesa también estaba cerca de los aseos. Así no tenía por qué mentir.
A una relativa distancia, pude escuchar algo de su conversación, como una maruja de las que tanto odio.
—No os pido consejo, solo os estamos dando la noticia porque sois nuestra familia. —Impuso la mujer con severidad y dulzura.
Si supiera que se estaba enterando incluso la familia que no invitó, ¿qué pensaría?
La camarera se acercó con los postres y tuve que meterme en el baño para no ser descubierta.
Me lavé un poco la cara con agua fresca y volví a salir. Saqué el móvil para darme una excusa en la lentitud del paso.
Debería haber llamado a alguno de los de mi mesa para que lo escucharan ellos mismos, pero en ese momento no lo pensé.
—¡Yo quiero un nieto que herede GODANE!
El hombre mayor, algo más que Jon y con unas canas que le hacían aún más guapo, irradiaba felicidad con aquella frase.
—Y yo quiero a esta mujer; con o sin embarazo —el primo Mario mostraba determinación abrazando a su madrastra—, y aunque esta realidad no pueda salir de esta mesa.
La chica a la mesa, que parecía Risto Mejide por su pasotismo, se incorporó.
—Mario, ¿de qué realidad hablas?
Todos se giraron hacia ella, incluso yo.
—Pues de que con quien está casada Marta es con mi padre y no conmigo —respondió el primo Mario a la chica.
—¡Pues que se divorcien, ya ves tú qué problema más grande! —para ella parecía ser bastante sencillo—, no creo que tu padre se niegue a estas alturas.
El pragmatismo de la chica era asombroso. ¡Cómo había dejado caer en la misma frase que Mario estaba liado con su madrastra y que debían de estar embarazados! ¡Y sugiriendo el divorcio, nada menos!
Quise correr a contarle todo a mi novio y a mi padre, pero la voz del primo Mario me frenó y seguí escuchando con el móvil en la mano sin desbloquear.
—Pero no es tan fácil con la cláusula que incorporé.
La mujer mayor se sentó; miraba a Mario con mucho amor.
—¿Es que crees que incorporaría algo tan injusto, sabiendo que cualquiera de los dos, en un desliz, podríamos perder el trabajo de toda nuestra vida? —replicó el hombre canoso al primo.
Debía ser el padre de Mario.
El primo se derrumbó en la silla y me di cuenta de que Libertad, la niñera que tuve de pequeña, se acercaba; así que no tuve más remedio que acercarme de vuelta a nuestra mesa y dejar la pantomima.
Al sentarme a nuestra mesa, mi padre ya había pedido la cuenta.




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