Mis tías Ana y Eva

14/48: La vida continúa.

Mientras esperábamos a que nos trajeran la receta de recuerdo con el precio de la cena, pudimos ver cómo el otro chico joven, sentado a la mesa, parecía marcar territorio.
—¡Alto ahí, mamá! —se pudo oír desde nuestra mesa el grito que pegó—. ¡GODANE es una sociedad limitada!
Siguió su monólogo, pero ya no pudimos escuchar nada en claro del resto.
Vimos cómo tanto ella como el canoso se relajaban con júbilo.
La camarera nos trajo la cuenta de casi doscientos euros en total, que para ser un restaurante de un hotel de lujo me pareció incluso un regalo por parte del Phalaenopsis.
Tuvimos que irnos sin muchos aspavientos para que el primo Lope, que se acercó a esa mesa, no reparara en su otro primo, mi Bruno.
La puerta del restaurante pillaba entre su mesa y la nuestra, por lo que, aunque no pudimos escucharlo del todo, aquella conversación dejó el mutis para convertirse en un hilo lejano de voz.
El primo Lope pareció felicitar al primo Mario al reparar en algo sobre la mesa y ya pudimos oír ese susurro lejano entre ellos dos, justo antes de salir.
—Ya que he podido encontrarme contigo después de tanto tiempo separados —Mario abrazaba a Lope—, me gustaría celebrarlo también con Bruno.
—Lo intentaremos juntos, primo, felicidades por la noticia.
—Gracias —respondió.
Me cabreé bastante con mi novio. ¿Acaso no se daba cuenta de que él era el único aislado de esa generación?
Le di un codazo para que siguiera andando e incluso le empujé para que saliera del local. ¡A mí no me volvía a poner de correveidile!
—Disculpe, señorita —alcancé a escuchar de una voz grave y varonil que no había escuchado antes—, en vez de invadir el espacio personal de una persona de esa manera, ¿por qué no lo hace como los demás y me da su teléfono o me pide el mío?
Mientras Bruno y yo ignorábamos aquella conversación que nada tenía que ver con nosotros, mi padre se había quedado un segundo más mirando el interior y, cuando salió después, tenía una sonrisa dibujada en su cara, como si le hubieran dado un pacífico tónico.
Ya en la calle, con la intimidad que nos daba la nocturnidad del domingo a punto de acabarse, pudimos hablar con soltura entre nosotros.
—¿Y bien? —Bruno se frotó las manos como un comensal hambriento de la Edad Media—. ¿Qué salseo se trae la familia de mi primo Mario?
—¿Pero tú eres tonto o qué te pasa? —le increpé.
—Sabrina, no te pongas así.
Mi padre seguía a lo suyo.
—Yo he entendido que tus primos están intentando acercarse, y a ti solo se te ocurre espiarles, ¡joder! —dije.
—Eres injusta conmigo, Sabrina. —Replicó Bruno.
—¡Como tú lo has sido con ellos, coño!
Estaba muy cabreada. Era el cúmulo de cosas, lo sé. Pero aquel gesto entre Lope y Mario nombrando a Bruno había sido la gota que colmó el vaso.
Mi padre me trajo a tierra, o más bien al momento y el lugar en el que estábamos.
—¿Qué has escuchado cuando has ido al baño?
—Pues que Godane es la empresa en la que mis tías son accionistas. —No me gustaban ese tipo de coincidencias, pero no podía hacer nada al respecto—. Y que Mario ha dejado embarazada a su madrastra, de eso no hay duda.
Les dejé estupefactos y, en cambio, señalé nuestro coche para poder seguir cotilleando en su interior y no pasar frío en plena calle a la una de la madrugada, bien entrada la noche de mediados de marzo.
Se puso mi padre al volante y no quiso arrancar hasta que no les contara todo lo que escuché con pelos y señales.
Así fue que les conté sobre el hombre canoso y su ilusión de ser abuelo.
Jon se enrojeció un poco y desvió la mirada por un momento, como si empezara a barajar esa posibilidad de repente.
Me hizo gracia.
Continué con lo de la empresa y Bruno la buscó en internet. Al parecer, era la unión de otras dos que estaban bien asentadas en el sector de la publicidad desde una posición modesta.
Cuando seguí con lo que comentaron los dos jóvenes, coincidimos en que debían de ser los hijos de la señora; Bruno y mi padre sonrieron con picardía.
¡Qué cotillas, por favor!
—Usar una cláusula para asegurar la fidelidad es algo muy típico en las telenovelas. —Subrayó Jon—. Menos mal que no lo usó.
—Me gusta que la vida se abra paso. —Bruno miraba sin punto fijo hacia la fachada del hotel—. Aunque tengo la sensación de que, si no llega a ser por el embarazo, Mario no dice nada y se queda siendo innecesariamente el amante hasta el final. ¿Verdad?
Mi padre asintió con la cabeza. Yo opinaba igual.
—¡Eh, que salen! —les llamé la atención, señalando con mi mano izquierda.
Por el gesto, ellos se giraron hacia donde yo señalé y yo miré mi reloj.
Ellos bajaron un poco las ventanillas para escuchar. Yo me di cuenta de que llevábamos hora y media sentados en el coche como unos detectives aficionados. ¡Qué vergüenza me daba yo a mí misma!
Una mujer mayor iba cogida del brazo del hombre canoso, contándole algún chiste al oído de manera coqueta.
El chico joven que había defendido la empresa hablaba con una delicada rubia que había pasado desapercibida en la mesa.
La otra mujer, silenciosa y seria de la mesa, sonrió cuando el chico alto y tímido se ofreció a llevarla a su casa.
Todos parecían estar emparejados en aquella peculiar reunión familiar en la que faltábamos los tres curiosos.
La única chica sin pareja, la pragmática hija de la protagonista de la velada, observó con detenimiento a su madre, los primos, Libertad y un hombre alto y robusto que estaba quieto tras Lope.
—Mamá, creo que a papá le gustaría Mario —dijo.
La mujer se sorprendió. El primo Mario la atrajo hacia sí y desvió la mirada con algo de inocencia.
—Pues vale. —Soltó con algo de vergüenza.
—¡Eso es bueno! —Ella le tomó de la cara y le besó—. ¡Me encanta tu ternura, aunque nunca te lo haya dicho!
La mujer madura le volvió a besar; a lo que la joven, desde su postura con un pie dentro y otro fuera de su coche, aplaudió.
—¡He sido testigo del primer beso de mamá y su novio, y Julián no me va a quitar ese puesto! —Se metió en su coche eléctrico y arrancó—. ¡Toma ya!
Se fue sola y hacia el Paseo de la Castellana rumbo al sur.
El rostro de sorpresa gratificante que mostraba la mujer era impagable. Empezó a reír, contagiándolo a todos menos a Mario, que tenía una sonrisa pletórica pero sin carcajadas.
Libertad, que en ese momento me fijé que llevaba un vestido de cóctel bajo la chaqueta de chef, entró al local.
El primo Lope y el corpulento entraron después; para que inmediatamente el primo Mario y su bella dama ingresaran tras ellos.
Les vimos salir del garaje en menos de tres minutos. El primo Mario conducía un Mercedes de gama media y le siguió ella con el mismo de color ceniza, ambos hacia el norte.
En breve, otro Mercedes negro de gama alta y conducido por el hombre corpulento se dirigía al noroeste.
Nosotros no tuvimos más remedio que dirigirnos al barrio de Villaverde para poder descansar en casa.




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