Llegamos a casa y nos fuimos a descansar. Los tres madrugábamos.
Jon iría directo al instituto a dar clases de literatura a los de bachillerato en una pequeña localidad al sur de Madrid.
Bruno y yo iríamos a la empresa. Mientras mi chico manejaba las finanzas y a los clientes, yo me dedicaba a hacer las veces de secretaria y recepcionista.
El desayuno sentó como un tiro porque habíamos dormido muy poco.
Al mediodía recibí la llamada de mi madre.
—Sabrina, ¿sabrías decirme si ese señor de los trajes de flamenca es de fiar?
Al parecer, el señor Carmona se había puesto pesado con creer que mi hermanastro Héctor ya quería ser su yerno.
—Sí. Quizás algo insistente, pero es buena persona y puede que demasiado complaciente con su familia. ¿Por qué lo dices?
—Hoy hemos vuelto a recibir otra falda para la pequeña. ¿No es pasarse?
—Pues como no quieras preguntarle el motivo de la insistencia, no se me ocurre más.
—¿Y si se sienten ofendidos?
—No sé qué decirte, mamá.
—Bueno, solo te llamaba por eso, gracias.
La llamada fue breve, sí. Pero me dio más información de Irene de lo que la propia Lidia se creía.
¿Cuánto tuvo que luchar la madre de Bruno para que el patriarca gitano no irrumpiera antes?
Una del par de arpías me llamó al móvil.
—Sobrina, ¿cómo estás?
—¿Ahora o hasta que me has llamado, tía?
—Ay, cariño, qué amargada te oigo tan de buena mañana.
—Son más de la una y media, tía Ana. ¿Buena mañana, en serio?
—Hija, es lo que tiene trabajar ante un lienzo, que tu horario lo estableces como te da la gana.
Resoplé.
—¿Qué quieres, tía?
—¿No puedo preocuparme por mi sobrina favorita?
—Soy tu única sobrina si no cuentas a la hija del marido de Lidia. —Era una persona bastante predecible y no me la iba a colar—. Repito, tía Ana, ¿qué quieres ahora?
Tardó un poco en contestar.
—No quisiera que te hubieras llevado una imagen equivocada de mí.
Me reí tapando el micrófono del móvil justo cuando mi jefe, novio y hermanastro estaban entrando en la oficina.
—¡Por favor, Ana, en absoluto!
—¿Ah, no?
—¡Por supuesto! —Quería colgarle, pero seguirle el juego también—, seguro que Jon estará encantado de saber que me has llamado para aclarar el malentendido.
—¿Se lo dirás?
—¡Por supuesto!
Yo lo negaba con una vehemencia silenciosa mientras Bruno se acercó para escuchar.
—Oh, gracias, Sabrina. Eres la mejor sobrina del mundo.
Y mientras me alejé el teléfono para colgar, acerté a decir un "lo sé" antes de finalizar la llamada.
¿Pero se podía tener más morro en la vida?
—¿Cuál te ha llamado primero? —quiso saber.
—Ana. Pero Eva no creo que tarde mucho.
Se hicieron las dos de la tarde y cerramos la oficina hasta la tarde, aunque solo fuera de manera física.
La otra prefirió llamarme en horario de descanso, muy maja ella, oye.
—¡Tía Eva!
—¿Cómo sabías que era yo?
—No sé, ¿reconocimiento de llamada, quizás?
—¡Pero si lo tengo quitado!
Puse los ojos en blanco.
—Para eso tendrías que aparecer como número privado, Eva, y me salía tu nombre en la pantalla.
—¿Y aun así me cogiste la llamada?
Me pareció genuinamente inquieta.
—¿Y por qué no te iba a responder? —Quise tantear el curso de la conversación—. Ya me ha llamado Ana.
—¿Qué te ha contado? ¡Nada bueno, seguro!
—¡Que soy la mejor sobrina del mundo!
Tardó en responder, como si le costara asimilarlo.
—Eso seguro que te lo ha dicho para que intercedieras con tu padre a su favor.
Me reí. Esta vez no lo oculté.
—Ya veo que tú no estás interesada en mi padre y que crees que yo podría ser mejor sobrina.
Picarlas me sacaba una sonrisa.
—¿Eso te ha dicho? Pues es mentira, que lo sepas.
—Ya, ya.
—No te preocupes, Eva, que ya le diré a Jon que te has interesado por él, ¿vale?
—¡Sí, eso! ¡Eres un encanto, Sabrina!
Me colgó antes de que pudiera replicarle.
Bruno me observaba con curiosidad.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—No, nada.
Sonrió.
—Me miras como si fuera una famosa por la calle, es raro.
—Eres mi chica. Es lógico que te mire.
Se puso en pie y se reclinó hacia mí, poniéndose a cinco centímetros de mi cara. Gesticuló la sonrisa del gato de Cheshire y me plantó un beso.
—¿Y esto a qué viene? —cuestioné.
He de admitir que me gustó. Pero me dejó de piedra y reaccioné en consecuencia.
—Me gusta la cara que pones cuando juegas a no saber nada.
Mi rostro se tornó hacia la burla.
—Estamos en el trabajo y ahora eres mi jefe; ¿qué van a pensar los compañeros?
Ahí volvió a salir el gato.
—¿Lo dices por el administrador o por la coordinadora? ¿Quizás nos pille la secretaria del nuevo jefe?
—El hecho de que tengamos tres conductores a cargo no es para bromear. —Estaba siendo sarcástica y creo que me salió mal.
Me volvió a besar.
—Somos cinco en la empresa, cariño. —Replicó.
Y le respondí con otro beso.
—¡Pero mira que eres tonto cuando quieres!
—Pero soy tu tonto favorito.
—Eso no lo dudes.