Mis tías Ana y Eva

16/48: Y la última cayó.

No era por llevar la contraria. Yo hubiera seguido lo que el coqueteo había empezado; pero el estómago pidió paso.
—Vale, ¿te invito a un bocadillo en el Pans que hay a la vuelta?
Un bocadillo de pollo, rúcula y brie era tentador.
—Delicioso, guapo.
—Tú sí que sabes cómo convencerme.
Los dos reímos. Echamos el cierre y fuimos al restaurante indicado.
Estábamos llevando nuestros menús a una mesa cuando Bruno recibió una llamada de un número que no tenía en la agenda del teléfono.
—¿Allô?
¡Ni que fuera francés!
—¿Quién es? —Intenté preguntar con tan solo gesticular mis labios.
Con una sonrisa me levantó la mano en señal de espera y le cambió el semblante.
Parecía ser una mala noticia.
—No te preocupes, lo entiendo —dijo—. Si necesitas ayuda con algo, pregúntame. Lo tengo muy reciente como para olvidarme de algún detalle.
El tema parecía serio. Demasiado, quizás.
Esperé un poco a que Bruno colgara.
—¿Quién era? —pregunté.
—Lope.
—¿Tu primo?
Asintió.
—Su madre ha fallecido hace como una hora.
Me llevé las manos a la boca.
—¿Puede ser que fuera la última de las hermanas que quedaba con vida?
Bruno volvió a responder con el mismo movimiento de cabeza.
—Ahora... ¿Qué vas a hacer?
—Supongo que poner mi experiencia a su disposición.
Fruncí el ceño. ¿Eso es lo único que se le ocurría?
—Supongo que le apoyarás también, ¿no?
Levantó la vista. Tenía los ojos llorosos.
—¡No sé cómo actuar, Sabrina! Yo siempre estuve solo.
Eso me dolió.
—¿Perdona, yo qué soy?
—Mi apoyo y mi vida, pero esto de los primos me viene grande.
Me mantuve callada un ratito mientras dejaba el bocadillo a medias sobre su caja, y le acaricié la cara para sujetarle por la barbilla.
—Solo tienes que ser tú mismo. —Le ordené.
—¿Yo mismo? —Parecía dolido—. Soy un payaso que solo sabe hacer chistes con todo a mi alrededor... ¿Cómo voy a consolar a un primo recién descubierto en algo así?
Sabía que se sentía desubicado con algunas situaciones, pero siempre sabía decir lo correcto.
—Pues de la misma manera en la que me ayudas a mí.
—¿Con mimos?
Me sonrojé. No eran abrazos en lo que estaba él pensando precisamente, y respondí con una sonrisa:
—Como le beses como a mí, te dejo.
Me mostró media sonrisa.
—Ni loco.
—Sabes darle la perspectiva menos pesada a las cosas, Bruno; haz eso y ya está.
—¿Qué haría yo sin tí, colibrí?
—Agobiarte por todo, gavilán. —Le di un beso y miré mi móvil, acordándome del otro hombre de mi vida—. ¿Se lo diremos a Jon?
Abrió la boca, la cerró. Replicó la cantaleta en bis para terminar respondiendo en silencio con sus hombros, elevándolos un momento.
—Es el viudo de la hermana —puntualicé.
—Que ya ha fallecido. —insistió.
—¡Pero solo dos días antes! —le recordé.
Me miró desde sus ojos entrecerrados como en un duelo del lejano oeste.
—¿Habrá ido Margarita al entierro de Marcela hace tres años?
Le observé con curiosidad.
—¿A qué viene eso ahora?
—Estuve husmeando por internet sobre la empresa de Mario, antes y después de la fusión con la de su madrastra Marta.
—¡Eres un mapache!
—¡Culpable de curiosidad, señorita!
Me había hecho gracia imaginármelo como al mapache de Pocahontas. Aun así, me apagué un poco.
—Primero le pasó a tu primo Mario; antes de ayer falleció Irene; y justo hoy le pasa a tu primo Lope.
Miraba sin punto fijo al suelo y solo pude abrazarle.
—Le he dicho que me pregunte si tiene alguna duda sobre lo que hay que hacer.
—¡Pero qué morro tienes! —Le di un ligero golpe en el tórax—. ¡Pero si lo hice yo todo porque tú estabas con la empresa y mi padre estaba hecho un trapo en un rincón!
Sonrió.
—No tendré los datos, los teléfonos y esas cosas; pero sabes que me pierdo observándote.
Un comentario algo invasivo quizás, pero tan dulce como él.
El primo Lope no llamó hasta después de las ocho de la tarde, justo cuando estábamos echando el cierre del local junto con el único conductor que había llegado a tiempo.
—Gracias por avisarme, Lope —comentaba Bruno mientras echaba el cerrojo de la persiana—, ahora nos pasaremos por el tanatorio norte.
El conductor, con el contraste de una apariencia delicada y la barba pelirroja de tres días, me miraba con curiosidad.
—¿Vais a ir de rutas por los tanatorios ahora, o qué? —cuchicheó.
—Vicente, eres un cotilla. —Le miré con acusación.
—A ver, es que doña Irene falleció anteayer. ¿Ahora vais al del norte?
—Ha fallecido la única tía que le quedaba, ¡chismoso!
—Pero si la jefa nunca habló de hermanas.
—Vicente, ¿puedes cerrar el pico un momento? —Bruno le frenó en seco—. Estoy hablando con mi primo.
El pelirrojo dio un paso atrás y se dirigió a su coche sin decir una palabra.
—Vale, Lope, dime. —Prosiguió mi chico al teléfono.
Yo intenté escuchar a través del teléfono y no escuché nada.
—Lope, mi más sentido pésame. Nos pasaremos por ahí en cuanto me quite este traje rojo del trabajo. Lo siento de veras.
Bruno colgó.
—¿Ves cómo sabes qué decir?
—¿Eh?
—Ahora nos vamos a casa a volver a ponernos ropa oscura; se lo contamos a mi padre, y ya veremos si vamos dos o tres a ese velatorio.
—No creo que Jon esté por la labor.
Cuando llegamos a casa, nos la encontramos vacía. Hicimos lo propio para no desentonar mientras yo llamaba a mi padre para avisarle.
—Papá, la tía que le quedaba a Bruno ha fallecido al mediodía.
—A mí me ha secuestrado tu tía Eva con la excusa de que tengo que escucharla en un concierto y no puedo salir.
Lo dijo apresuradamente, como si estuviera siendo observado.
Miré a Bruno tras colgar la llamada con Jon.
—Eva ha movido ficha y ha debido coger a mi padre para llevárselo a algún concierto suyo.
Se puso blanco.
—¿De cuánto tiempo disponemos?
—Parecía que el concierto ya había empezado. Así que supongo que hasta las once de la noche.
Nos fuimos al coche para cumplir con lo prometido con el primo Lope. Pero muy pendientes de la hora para llegar al Auditorio Nacional de Música de Madrid cuando terminara el concierto y recuperar a mi padre de las garras de mi tía Eva.




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