Mis tías Ana y Eva

17/48: Tramposas casualidades.

Llegamos al elegante tanatorio en cincuenta minutos. Teníamos unos quince para darle el pésame al primo Lope e irnos al Auditorio Nacional para recoger a mi padre.
Era literalmente una carrera contrarreloj.
Cuando salimos del coche, nos dimos cuenta de que estaba rodeado por residencias estudiantiles.
Chicos y chicas de nuestra edad entraban y salían de los edificios como si nada.
Justo antes de entrar en el recinto, noté un extraño picor en la nuca. Bruno, que en ese momento estaba de cara a mí, miró por encima de mí y me abrazó con egoísmo. Fue un gesto extraño en él, pero más comprensible de lo que parece cuando luego lo entiendes.
A lo que iba, el velatorio de Margarita Montenegro.
Habían pocas personas si lo comparábamos con el de Irene. Pero estas personas sí se veían realmente afectadas.
Me llamó la atención el hombre grande que siempre parecía acompañar a Lope. Se le veía tan afectado como al viudo o al huérfano.
En un rincón reconocí a la que fue mi niñera y me acerqué.
—Buenas noches, ¿te llamabas Libertad, verdad?
Sus ojos parecieron despertar.
—¿Cómo me has llamado?
No entendí su desconcierto.
—Creo recordar que te llamabas Libertad. Quizás me equivoqué y te llamas Lili.
—¡No, no, no! —Se puso en pie—. Me llamo Libertad; Lili solo es un estúpido mote que nunca me gustó.
Sonreí, comprensiva.
—Me alegra saber que mis recuerdos son reales.
Me respondió con una sonrisa.
Tras ella, apareció la mujer madura y atractiva que conocía gracias a mis tías.
—¿Conoces a la chef Libertad con anterioridad?
La mujer era bellísima y transmitía serenidad. Mi propio recuerdo de la noche de espías del día anterior trajo un test de embarazo a mi mente.
—He de señalar que soy la única hija que tiene la hermana de sus accionistas Ana y Eva. —Informé.
Marta mostró una ilusión algo infantil al darse cuenta de quiénes nombré.
—El mundo es un pañuelo.
—Me suenas de algo —intentó entonar Libertad—, ¿quizás te haya cuidado cuando eras pequeña?
—¡Exacto, me llamo Sabrina!
Extendí la mano y se la estreché junto con un par de besos en las mejillas. Con Marta hice lo mismo.
—La sobrina de Ana y Eva, cuando se lo cuente a Mario, no se lo va a creer. —Volvió a entonar Marta.
Me encogí de hombros y admití:
—Seguramente ya se lo dirá Bruno.
Me devolvió una sonrisa.
Pudimos hablar de cosas banales durante menos de cinco minutos cuando Bruno se acercó a mí.
—Sabrina, hay que recoger a Jon.
Miré el reloj.
—Cierto, está en la calle Príncipe de Vergara. —Le informé.
—¿El qué? —se interesó Marta.
—El Auditorio Nacional —respondí.
—Eso está muy cerca de la sede de nuestra empresa, ¡qué coincidencia!
—Pues es donde Eva está haciendo ahora mismo un recital.
—¿La accionista de nuestra empresa?
—¡La misma!
—¿Pero toca algún instrumento?
—¡Toca las narices! —contestó con rapidez Bruno.
—Es soprano. —Intenté disculparme.
—¿Ana también? —se incorporó Mario a la conversación.
—Esa es pintora. —Respondí antes de que Bruno volviera a ser descortés.
La cara de Libertad iba alegrándose según intercambiábamos datos de mis tías. Al parecer, debía resultarle curioso el elenco.
—El caso es que la mujer ha pillado a Jon y se lo ha llevado al recital o como se llame, engañado o a la fuerza. —Bruno lo aclaró de un plumazo.
—No me gusta este tipo de publicidad para la empresa. —Mario cogió de la mano a Marta y la atrajo hacia él—. GODANE es una empresa seria.
Una cadena de acontecimientos me vino a la mente y, con algo de miedo, frené lo que pude entender.
—¿Vais a expulsarlas de la junta de accionistas? —me apresuré a preguntar.
—Gente así dañaría la imagen de la compañía. —Mario me respondió con el semblante muy serio.
Miré a Bruno con el miedo a que, sin algo que la entretuviera, mi tía se aferrara aún más a intentar conquistar a mi padre.
Me entendió sin palabras, probablemente porque pensaba lo mismo que yo.
—¿Y qué haríais con Ana después? —tanteé.
—Quizás así acuda más a las reuniones de accionistas.
Mario y Marta cruzaron una mirada condescendiente. Lo que insinuaban le daba la razón a Jon al llamar a mis tías derrochadoras.
Yo lo negué en rotundo.
—¿Unas mellizas que no paran de competir por todo?
Bruno me tiró de la manga, o al menos, lo que alcanzó desde su altura.
Libertad nos seguía mirando como si fuéramos la película más interesante del cine.
—Colibrí, tu padre.
—Ya, Bruno, lo sé.
—¿Y si les proponéis algo que les obligue a no competir? —Libertad por fin intervino en la conversación.
—Libertad, no te metas. —Lope intervino con cara de apuro.
—Puedo acompañaros y tantear el terreno. —Se ofreció Marta.
Lope le echó una mirada acusadora a Libertad. Pero Bruno y yo nos miramos con algo de complicidad.
Lo que había sugerido apenas era una vaga idea, pero tanto a su sobrina, que soy yo, como a su jefa, Marta, nos había parecido una excelente manera de controlarlas.
—¡Pero doña Marta, no debería ir! —se interpuso el grandullón, que de repente parecía estar cuidando de todo el mundo.
—Es muy tierno que te preocupes por tu suegra, Mauro, pero solo quiero ir a escuchar la magnífica voz de la accionista de mi empresa. —Marta sonrió.
El hombre se puso rojo como un tomate. Y eso, en alguien de su tamaño, era muy cómico.
—¿Co... co... cómo... ha dicho? —tartamudeó.
Bruno aceptó la idea de Marta. Libertad se mostraba triunfal. Lope intentaba tranquilizar a Mauro con un par de palmadas en la espalda. Y Mario le hizo una señal a Marta para que le llamara con las novedades.
—Ya sé que apenas nos conocemos, Marta, pero probablemente nos hagamos un mutuo favor si nos presentamos juntos ante Eva.
—Estoy completamente de acuerdo, Bruno.
Y cogimos la avenida hacia nuestro siguiente destino con un Mercedes de color gris ceniza pisándonos los talones.




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