Fue una gran suerte que nos acompañara Marta. Nos dejó aparcar en el edificio donde tienen la empresa y así pudimos acudir antes de que terminara el recital operístico.
No tardamos más de cinco minutos en llegar al auditorio.
—He de admitir que cuando conocí a Eva el jueves pasado, pensé que era una mujer trofeo, sin oficio ni beneficio.
—Bueno, su carácter es muy superficial.
Nunca entendí muy bien por qué mis tías tenían esas inquietudes artísticas, ya que nunca les pregunté.
—Se comportan como si lo fueran, ¿verdad? —Bruno se giró hacia Marta.
La mujer afirmó y señaló con la mano un edificio austero, de ladrillo y granito. El rótulo minimalista dejaba lugar a dudas.
—Es ahí —dijo.
—¿Por dónde entramos? —preguntó Bruno dando dos pasos hacia atrás y observando la fachada.
—No parece que vayan a abrir hasta que no acabe el recital.
Marta lo dijo con algo de decepción.
Yo en ese momento me acordé del test de embarazo, pero es cierto que nadie de los interesados me había puesto al corriente. Bruno y yo lo sabíamos porque habíamos jugado a los detectives junto con mi padre la noche anterior.
—¿No estarás cansada? —pregunté.
Me tomó de las manos.
—Eres un encanto de niña, Sabrina, pero estoy bien.
No sabía si delatarme o sentirme ofendida.
—No sé yo si con veinticuatro años soy una niña ya —bromeé.
Miró a Bruno.
—¿Y tú cuántos años tienes, jovencito?
—Veintitrés —respondió.
—¿También eres más pequeño que ella?
Cambió de registro como si de una chaqueta se tratase.
Bruno, con el pulgar extendido hacia mí, preguntó:
—¿Respecto a Sabrina, dices? Sí, ¿por?
—Yo tengo casi cincuenta años y Libertad me ha dicho que tiene treinta y cinco.
—No lo pillo.
Lo dije en un hilo de voz. Pero hasta eso me quiso explicar mientras esperábamos a que abrieran el auditorio.
—Cada primo está con una mujer mayor. Eso es lo que estoy diciendo.
Los colores me subieron de repente, como si me hubieran revelado el final de una película que no sabía que estaba viendo. O en su defecto, viviendo.
Era lógico que Marta era mayor que Mario; saltaba a la legua. Pero ella destilaba elegancia y cercanía a partes iguales, y era muy guapa y atractiva. No se podía esperar otra cosa del primo de Bruno más que se enamorara de semejante mujer.
—¿Libertad es mayor que Lope? —intervino Bruno.
—Seis años, o eso me han dicho.
—Lo siento, es que no conozco a mis primos como cabría esperar. —Bruno se encogió de hombros; le noté ese nerviosismo de desubicación que tan poco le gustaba—. Hasta el velatorio de mi madre no supe que tuvo siquiera hermanas.
—Creo que eso se podría remediar, ¿cierto?
La puerta de cristal bajo el letrero se abrió para dejar salir a las primeras personas.
—¡Nuestro turno!
Me levanté del banco de granito de un salto.
—¿Sabrina, Bruno, doña Marta, qué hacéis aquí?
Nos giramos hacia la voz de Ana. Estaba tardando en aparecer y, además, esta vez lo hacía con mi madre.
—Venimos a rescatar a papá.
Lidia se giró hacia Ana.
—¿Y a mí qué me miras? —La pintora se sintió ofendida.
—¿Qué tienes que decir al respecto?
—Soy inocente. A mí que me registren.
Entramos todos. Tanto mi madre como yo, y probablemente Bruno también, sospechábamos de que Ana tenía algo que ver.
Los guardias de seguridad fueron muy amables al dejarnos ir a la puerta que conducía hacia la parte del backstage. Nos pidió que esperáramos allí sin entrar.
La pobre Marta mostraba su cara más condescendiente. Pero yo en su lugar, ya habría reclamado cualquier cosa a la que tenía delante.
—Ana, ¿seguro que no tienes nada que ver? —preguntó directamente.
—¡Lo juro, doña Marta! Yo estaba organizando una exposición de mis cuadros para que... —La noté corregirse—... ¡todos! puedan venir a ver mis obras de arte.
Así que era eso. Lo que le molestaba era que su melliza se había adelantado y pretendía justificarse con su otra hermana para invalidarla.
La suerte de traer a Marta es que eso la descolocó y la pillamos en un renuncio.
En ese preciso momento, salía Eva agarrándole por todo el brazo. ¡Sobaba el brazo de mi padre como si le fuera la vida en ello, qué grima!
En cuanto nos vieron, una alegría perversa en el rostro de Eva apareció al caer en Ana.
Jon hizo un ademán y se la quitó de encima con un simple movimiento.
—¡Ya está, se acabó!
—¿No te gusta mi voz?
—¡De lejos y gracias!
En ese momento me di cuenta de que mi padre solo se defendía si tenía testigos o quizás respaldo.
Ana se cruzó de brazos.
—Quizás quieras compensar yendo a la exposición de mi arte.
Jon observó a todas las mujeres alrededor.
También estaba Bruno, pero parecía que prefería ser espectador.
—No pienso ir solo.
Una declaración de intenciones por parte de mi padre que pareció darle una pequeña victoria a la pintora.
Doña Marta nos indicó a mí y a Bruno que la acompañáramos para recoger el coche.
En el garaje de su empresa, y con un pie dentro del coche, nos lo dijo.
—Ya entiendo lo que os preocupaba del viudo. Pero mientras pensamos una solución, les daré una última oportunidad. —Sonrió con determinación—. No voy a arriesgar la empresa por el simple hecho de tener entretenidas a dos niñas viejas, ¿entendido?
Bruno y yo nos miramos.
—¡Entendido!
Montamos en el coche y lo sacamos a la calle, al pie del auditorio, para buscar a mi padre y regresar a casa.