Mis tías Ana y Eva

19/48: Muy mayor para cantar por Miley.

¡Vaya odisea de lunes, caray!
Y tampoco es que hubiera sido un jardín de tulipanes el fin de semana, pero es que ya era una incidencia tras otra.
Llegamos a casa sin abrir la boca, o casi.
—He podido conocer un poco a Lope y a Mario; no me he sentido incómodo ni nada por el estilo.
Estábamos entrando en el portal cuando Bruno lo dijo.
—Como tenga que escuchar otro gorgorito, me voy a volver loco. —Replicó mi padre.
Yo resoplé por compañerismo, pero es cierto que Eva, por muy bien que cante, le pierde ese carácter que tiene de querer impresionar cuando algo le gusta. Con ella no hay término medio.
Bueno, ni con ella ni con la otra. Sencillamente, se adelantó a su hermana.
La noche cayó con aplomo y caímos rendidos los tres.
La mañana del martes empezó con la rutina una vez más. Bruno y yo a la empresa. Jon se fue a enseñar al instituto.
Entre mi novio y yo quedamos en que a la hora de comer me acercaría al instituto y recogería a mi padre para llevarle a casa sano y salvo.
A las dos me dirigí al instituto directamente.
No tardé más de media hora en recogerle y llegar a casa. Ya habíamos alcanzado el ecuador del día cuando una notificación de voz apareció en su teléfono.
—¡Anda! ¿Y esto?
—¿De quién es? —pregunté.
—No tengo el teléfono en la agenda de contactos.
Era un mensaje de voz por WhatsApp, y no sospechamos nada porque era un teléfono sin proteger de los que se ven todos los números, y el símbolo era el del "play" de una grabación de audio normal y corriente.
—¿Le vas a dar? —insistí.
—Es un audio, Sabrina, ¿qué pasa si lo escucho?, luego lo elimino.
Le dio sin reticencia alguna al botón de reproducción.
—¡Rompiste mi corazón cual bola de demolición!
Una voz lírica, de sobra conocida, entonaba una frase en español, adaptando la canción "Wrecking Ball" de Miley Cyrus.
Yo misma no supe si reír o llorar. Era algo demasiado ridículo, pero era una pesadilla también.
—¡La mato! —Jon saltó con desesperación—. ¡Te juro que la mato!
—Ya suponía yo que no se deben abrir los mensajes de voz de los números desconocidos.
A ver, yo lo dije con algo de picaresca; intentaba restarle importancia. Jon, sin embargo, me fulminó con la mirada.
—Sabrina...
—No ha sido un mensaje fraudulento ni de hackeo, papá, tranquilízate.
—¡Me lo ha mandado desde otro teléfono porque sabía que la tengo bloqueada, joder!
Era algo lógico para la impulsividad de la juventud, pero no para alguien maduro como se supone que es mi padre.
—¿Bloqueaste a Eva?
—¡Anoche!
Me hizo gracia. ¿Qué pasaría ayer en el auditorio para que mi padre tomara esa decisión?
—Vale, bloquea ese número también y listo.
Le vi trastear con la agenda y la lista de contactos, con la pantalla de bloqueo preparada.
—¿Y si solo le ha pedido prestado el teléfono a algún compañero?
—¿Y qué más da?
—¿Puedes averiguarlo?
Puse los ojos en blanco. ¡Jon siempre fue demasiado considerado!
Era fácil de averiguar. Mandé un emoticono casi aleatorio a mi tía Eva. ¿Cuál? La cara del alien era lo más parecido a lo que pensaba de ella sin que pillara la indirecta. Lo envié.
Ese mismo número me respondió una simple interrogación de texto.
—Sigue teniendo el mismo número. —Dije.
Él resopló.
Ahora me tocaba hacer de detective con el nuevo número. ¡Pues iba a tocar esperar porque había que comer!
Un filete con patatas, algo simple. No sé qué comería Bruno, pero ya me lo diría cuando volviera por la tarde al trabajo.
Tras la comida, ya era la hora de que yo volviera al trabajo y mi padre no quiso sacar el tema.
Al llegar, le conté a Bruno lo ocurrido con el dichoso mensajito y se echó a reír.
—Obviaré la burla y no le contaré a mi padre de tu reacción.
—Pues se va a extrañar si dices lo contrario.
—El caso es que Eva ha obrado mal, piénsalo.
—A ver, es que mandar un audio con una canción así no me parece lógico.
Esperé cinco segundos.
—¿Cuándo han actuado alguna de mis tías con lógica?
—Pues también es verdad.
La tarde pasó rápido entre llamadas de pedidos y entregas.
A la hora de cerrar, Bruno recibió una llamada que no me dejó ver y la colgó.
El viaje a casa fue silencioso. Yo diría que hasta se podía masticar el ambiente, y eso nunca me gustó.
Al entrar en casa, hasta Jon detectó el mal rollo.
—¿Os habéis peleado? —Directo al grano.
—No.
Los dos lo dijimos a la vez. Yo con condescendencia y Bruno con sequedad.
Mi padre nos miraba alternativamente a ambos.
—¿Qué ha pasado? —insistió.
Yo me encogí de hombros.
—Nada, exactamente eso. —Bruno se fue enfadado a su habitación y dio un portazo.
Jon hizo un leve movimiento de cabeza, dándome a entender qué era lo correcto, y corrí tras Bruno.
Abrí la puerta de su habitación.
—¿Quién te ha llamado al móvil cuando hemos salido?
Abrió los ojos como platos y se le empezaron a humedecer con rabia. Había acertado.
Pasé a su habitación y cerré despacio la puerta, dispuesta a escuchar lo que me tuviera que decir.




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