Bruno se sentó en la cama. Yo me puse a su lado.
—Aarón.
Intenté mantener la compostura.
—¿Pero no estudiaba en Canadá?
—¿Por qué te crees que reaccioné así al entrar en el tanatorio anoche?
Noté que mi rostro se endurecía al perder el color, con el mismo tipo de agobio que hacerse un test del COVID, pero lo sentía hasta en la nuca.
—Es decir...
—Sí, te vio ayer y ha contactado conmigo hoy.
Como Bruno y yo hemos vivido siempre juntos, nos hemos ido enamorando con el tiempo. Pero no siempre hemos sido solo nosotros dos.
Aarón siempre estuvo con él, incluso desde antes de que Jon e Irene se fueran a vivir juntos con hijos a cuestas.
Pero Aarón no me observaba con curiosidad ni envidia; ni siquiera me miraba con cariño, ironía o burla. Lo suyo era otra cosa.
Cuando empezaron los primeros smartphones, él ya tenía mi rostro en su fondo de pantalla.
Yo en un principio pensé que era curiosidad por la nueva hermana de su mejor amigo. Más tarde llegué a pensar que podía gustarle y hasta le rechacé. Se rio en mi cara y desapareció casi un mes.
Era algo siniestro, pero él mismo se había ido, así que me relajé.
Justo en el año en el que yo ya había acabado el instituto y ellos aún estaban en cuarto de la E.S.O., yo recibí un supuesto mensaje de parte de Bruno en el que me declaraba su amor.
Llevábamos tiempo saliendo ya, pero por no enrarecer la convivencia, decidimos no decírselo a nadie.
Aquel mensaje no encajaba con la manera de expresarse de Bruno; era muy explícita y desequilibradamente macabra.
Bruno copió el mensaje en su móvil y tal cual se lo enseñó a los padres de Aarón.
Al día siguiente le habían mandado a Canadá.
No dijimos nada a Jon e Irene porque lo habíamos resuelto Bruno y yo antes de que se hiciera más grande. Pero he de admitir que llegué a tener pesadillas al respecto.
—Estás pálida y fría, Sabrina.
Bruno me trajo de vuelta.
—¿Qué sentido tiene que sus padres le hayan traído de vuelta?
—No tengo ni idea. —Chascó la lengua con fastidio—. Pero algo se podrá hacer, digo yo.
Le volví a dar vueltas. Quizás no barajamos todas las opciones la otra vez. Pero ocho años más tarde, no se me ocurría nada nuevo que no hubiésemos hecho ya.
¿O sí?
—¿Y si se lo decimos a Jon?
—¡Ha fallecido mi madre, Sabrina!
—¿Qué tendrá que ver?
—Está en pleno duelo y tú le pretendes dar más preocupaciones.
—Bruno, piénsalo. Tú y yo creímos que no debíamos preocupar a tu madre, pero de mi padre no dijimos nada.
—Porque se lo hubiera dicho a Irene.
—¡Exacto!
—¡Es tu padre!
—¡Por eso mismo, Bruno! ¿Podría, acaso, darnos más ideas?
Infló una mejilla, con resignación. Parecía haberse dado por vencido.
Se lo comentamos con la cena.
Se cogió un cabreo monumental con el tema, pero también nos dijo que habíamos estado inspirados al reaccionar tan rápido por aquel entonces.
Una de cal y otra de arena, vaya.
—No se puede denunciar ya, ocho años después. Pero con bloquear ese número en todas las plataformas donde lo tengas debería bastar.
—De acuerdo.
Me miró a mí.
—Y tú, señorita, irás de casa al trabajo y del trabajo a casa.
Toda una vida de responsabilidad sobradamente demostrada para tirarla a la basura por un enfermo, genial.
Estiré la cara; no me gustaba, pero era lo que había que hacer.
Bruno tiró de mí y me abrazó como en la puerta del tanatorio.
—No es justo.
—Tampoco creo que fuera justo que nos lo ocultárais a Irene y a mí.
Tocados y hundidos, punto.
Me quedé a dormir abrazada a Bruno en su habitación. Yo quería y, además, él me lo pidió.
El cobijo de sus brazos me tranquilizó y dormí de un tirón.
Le di la bienvenida al miércoles con los ojos marrones de Bruno mirándome.
—Buenos días, gavilán.
Me sonrió con una ligera tristeza en su rostro.
—Buenos días, colibrí.
Le respondí con un beso y nos levantamos, aún con la ropa del día anterior puesta.
—Mi padre me puede pedir que no salga de fiesta sola, pero tampoco es que lo haga, la verdad.
—No bromees, Sabrina. Si por mí fuera, no saldrías de casa.
—Si tú no aligeras la conversación, lo hago yo.
—No es algo con lo que se deba hacer la gracia. —Me apretó contra él y no me dejaba mirarle a la cara—. Estamos hablando de Aarón.
—Era tu mejor amigo.
—Y por eso lo digo. Sólo yo podría saber lo que era capaz de hacer cuando se obsesionaba con algo… —Me tomó de la barbilla y me miró a los ojos, los suyos estaban inundados—, o alguien.