Mis tías Ana y Eva

21/48: Dolor de sienes.

Bruno fue muy protector. Me estuvo dando la mano durante el desayuno. De camino al trabajo, estaba más hablador que de costumbre en el coche. Incluso se ofreció a ir conmigo al instituto para buscar a mi padre al mediodía.
Jon, por su parte, pidió expresamente venir con nosotros a la oficina de la empresa para corregir unos exámenes y pasamos la tarde los tres juntos.
Entre llamadas me asomaba al trabajo de mi padre y descubría lo dispar que era la juventud de hoy en día.
Tan pronto tenía tres exámenes de calificación general, como se topaba con un examen recargado de sintaxis u otro con errores dignos de enmarcar.
—¿Te hace gracia lo que responden mis alumnos? —preguntó al verme asomada por quinta vez y con una sonrisa en la cara.
—¿Quién responde con Cristóbal Colón ante la pregunta de la sílaba tónica de América?
Mi padre plantó las manos tapando la respuesta.
—Invades la intimidad de mis alumnos, Sabrina.
Me dejó descolocada. Entiendo que él es el experto al respecto, pero llamarlo intimidad me pareció exagerado.
Observé el nombre del alumno, Adrián Torres. ¿De qué me sonaba a mí el nombre de un adolescente?
Lo dejé pasar para no darle a mi cabeza más quebraderos de los necesarios.
El cotilla de Vicente entró por la puerta, arramplando con todo lo que pillaba.
—¡Sabrina, Sabrina!
Me dio un buen susto.
—¿Qué pasa?
—Es Alberto, le han arrestado en la comisaría de Illescas.
Fue saber el nombre de la localidad y echarme la mano a la frente.
—¿Los trajes de flamenca?
Vicente afirmó.
Me levanté y salí con el pelirrojo de las oficinas, dejando tranquilo a Jon.
Llamé de nuevo al señor Carmona para que se presentara en el sitio y explicara por enésima vez el cargamento.
¿Irene tenía que lidiar con estos problemas todo el tiempo?
Tuve que poner al corriente a Bruno, a quien no le agradó la idea. Y mi padre lo escuchó todo.
Cuando se arregló todo, decidimos que tendríamos que rescindir el contrato con los Carmona o pasar por otra autovía hasta Madrid.
A la hora de cerrar y con la jornada de Alberto trastocada por ese maldito imprevisto, tuvimos que esperar a que el empleado llegara para cerrar el local.
Llegó una hora más tarde, pero enterito y con ganas de contar anécdotas.
Para ser relativamente alto y ancho, Alberto transmite candidez y ternura con su piel clara y su corto cabello oscuro.
Aun así, no era tan alto como mi Bruno.
—¿Era un agente con el cabello muy corto, ojos marrones y barriga?
Quise comprobar si ya se había vuelto un hábito.
—¿Conoces al agente que me detuvo?
—La jefa me comentó una vez que tuvo que lidiar con un agente prepotente. Supuse que sería el mismo.
Irene comentaba las cosas de pasada, como si fueran anécdotas aleatorias. Al parecer, el agente de carreteras obsesionado con las furgonetas IRNO que pasaban por la A-4 era una anécdota ligera.
—Pretendía confiscar el perchero como una prueba. —Alberto se quejó como un crío.
—Ya me lo imagino. —Caí en la cuenta de algo—. ¿Es la primera vez que haces la ruta con el envío de los trajes de flamenca del señor Carmona?
Afirmó en silencio. La inmensa mayoría de esos viajes los hacía Benjamín, el tercer conductor de la empresa; un hombre mayor con aspecto de guarda de seguridad, pero siempre con un chiste y un chicle en la boca.
Yo suspiré. No creo que el agente de carreteras tuviera reparo en interceptar todos los envíos de nuestra empresa a Sevilla, ¿O sí?
—Vicente me ha comentado que a él le paran siempre, pero que a Benja le suelen soltar.
—¡Para un buen cliente que siempre ha cumplido, leche!
Bruno se acercó a nosotros e intervino.
—¿Puede que sea porque ese agente tiene prejuicios?
Miré a Alberto, pensé en el señor Carmona y en Benjamín. Cuando me giré hacia Bruno, sabía a lo que se refería.
—Ese agente está empeñado en que traficamos. —Me crucé de brazos—. Es la única excusa que encuentro a su comportamiento.
—Con eso sé a qué atenerme.
La pareja miramos sorprendidos a Alberto.
—¿A qué te refieres? —preguntó Bruno por mí.
—Quiero entender que ese agente de carreteras debe tener unos prejuicios muy graves. —Alberto se encogió de hombros—. Ha debido de enterarse de que por esa autopista siempre llevamos el cargamento de ese cliente y por eso nos para.
—¡Qué asco de prejuicios, coño!
—¿Pero qué droga se puede esconder en unos vestidos de flamenca? —insinué.
Mi pregunta era retórica, pero a Bruno le sentó como si hubiera sido una afirmación. Me miró con el ceño fruncido.
Alberto saltó en mi defensa, levantando las manos.
—¡No, si lo dijo bien clarito cuando habló de armas blancas!
Bruno y yo nos miramos.
—¿Navajas de Albacete?
—¿Se puede traficar con eso? —Alberto tampoco se lo creía.
—No creo, tendría que ser mucha cantidad. —Bruno se llegó a rascar la nuca, incrédulo.
—¡Ni que fueran bandoleros en la época de Curro Jiménez, no me jodas!




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