Jon debió alarmarse por la hora, ya que apareció con su pequeña mochila al hombro.
—¿No nos vamos a casa?
Alberto dio un respingo.
—¿Profesor Sanabria?
Algo desconcertante, la verdad. ¿Acaso era la primera vez que el conductor y mi padre coincidían en la empresa?
—Es el viudo de tu jefa, Al. —Bruno parecía molesto.
—¿Mi profesor del instituto es el viudo de doña Irene?
Entonces caí en la cuenta de que le había llamado profesor y la sensación de que el mundo es un pañuelo aumentó.
—Alberto Brunete. ¡Cuánto tiempo!
Mi padre le tendió la mano para estrechársela de manera genuina, pero el gesto se sintió menos cordial que lo eran sus palabras.
Bruno puso los ojos en blanco. Y fui yo quien rompió el silencio.
—Se ha hecho tarde.
Mi frase pareció como una alarma. Los tres hombres a mi alrededor cambiaron de chip como si fuera un resorte.
El empleado tomó su propio coche para regresar a su casa y nosotros tres también nos fuimos a la nuestra.
Por el camino, mi padre nos preguntó sobre Alberto respecto a su manera de trabajar.
Lo cierto es que no había mucho que decir de los seis meses que llevaba con nosotros en la empresa. Pese a ser un lustro más mayor que Bruno y yo, su carácter dulce y bonachón le dulcificaba con un aire de niño grande que contrastaba con su edad.
Al llegar al portal, nos esperaba alguien conocido.
—¡Llevo hora y media esperando!
—Pues haberte vuelto a tu casa, Ana. —Le respondió mi padre con hastío.
—He venido a daros los pases VIP de mi próxima exposición en persona.
Extendió la mano y nos dio las tres correas con sus respectivas tarjetas.
—No estamos de humor, tía —dije.
Una sonrisa con algo de sorpresa apareció en su rostro.
—¡Es miércoles, cariño! —se cruzó de brazos y amplió su sonrisa—, solo espero que para el viernes por la tarde ya estéis de mejor humor.
Jon resopló. Era más que obvio que la idea no le gustaba.
—El viernes trabajamos, Ana.
Mi tía alzó las cejas. Algo se le había ocurrido.
—Cierto es que yo quiero que vaya Jon; pero toda visita es bienvenida. ¿Por qué no les decís a vuestros conductores que también se pasen?
La cordialidad de mi tía denotaba interés o buen humor. No sé cuál de las dos opciones me daba más grima, la verdad.
Yo miré mi pase desde todos los ángulos. A contraluz me pareció algo infantil, pero ya lo haría en casa.
—¿Tiene truco? —pregunté.
—Truco ninguno. —Juntó las manos y las posicionó como dos conos enfrentados—. Solo pretendo llenar el aforo.
Mi padre la señaló con el mismísimo pase. Le inquiría con los ojos entreabiertos.
—¿No vas a intentar conquistarme como hizo tu hermana en el concierto?
Ana rio como si le hubiesen contado un mal chiste.
—Si no te gusta la música —se encogió de hombros—, quizás te guste la pintura.
Con los ojos en blanco, Jon se metió el pase en el bolsillo de la chaqueta.
—Se decidirá por votación popular.
Mi padre contestó entre dientes, aunque con algo similar a la expectación. Parece ser que el hecho de contar con los demás le agradaba más que la obligación.
—¿Pero van a querer ir Benjamín, Vicente y Alberto? —cuestionó Bruno, muy inoportuno.
Mi padre y yo le fulminamos con la mirada, mientras Ana mostraba su sonrisa lo más amplia posible.
—Se lo diré a la organizadora de la galería para que tengáis un trato especial.
Se dio la vuelta para dirigirse a su coche. No sin antes guiñarle un ojo a Jon. Y antes de montar, ya estaba llamando por teléfono.
Según se fue mi tía, mi padre se quejó.
—¿Cómo se te ocurre decir sus nombres? —resopló—. Pretendía dejarlo pasar, pero ahora, como has dicho sus nombres, me veo en la obligación de preguntarles a los trabajadores de tu empresa si van a venir con nosotros a la galería de arte. Y tengo muy pocas ganas de ir, te lo aseguro.
Se metió la mano de nuevo en el bolsillo con el pase y aceleró el paso hasta el ascensor del portal.
—No te entiendo, Jon, pensé que habías aceptado la invitación de Ana. —Bruno se quedó plantado con una cara de asombro que denotaba su inocencia. —¡Te has metido el pase en el bolsillo!
Le tomé de la mano y tiré de él para alcanzar a Jon antes de que se cerrara el ascensor.
—Es mejor aceptar el pase aunque no vayas a ir, que tener que dar mil excusas para explicar por qué no quieres ir —expliqué al montarnos.
—¡Oh, vale, era eso!
Jon y yo nos llevamos la palma a la frente. Bruno era muy inteligente a la hora de cuidar; pero en cuanto se trataba de protegerse con ironía, era más ciego que un topo.